Encuentro en la Ciudadela
El tiempo había mejorado mucho en solo unas horas. De repente la primavera se había instalado en Barcelona. Entré en el Parque de la Ciudadela, donde habíamos quedado. No lo conocía, igual que tampoco te conocía a ti. Pero al traspasar aquella puerta en forma de arco, la sensación no pudo ser más agradable.
El sol se abría paso en un jardín de diversas tonalidades de verdes y malvas, y me envolvió un olor suave y ligero que desprendía aquella vegetación.
Quizá esta positiva sensación fuera el presagio de que por fin nuestro encuentro iba a poner las piezas en su sitio dentro de ese rompecabezas, hasta ahora inacabado, que era nuestra vida.
Entonces te vi llegar, ¿cómo no conocerte? Eras naturalmente igual que yo, mi réplica exacta y añorada tantos años, desde que al nacer alguien decidió caprichosamente separarnos, como a tantas otras parejas de gemelos.
