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 La vida por un beso
 Una cucarda roja moraba en un rincón soleado de un jardincito andino. A su lado pasaba un riachuelo dulce, de donde bebían las aves y los tiernos becerros. La sencilla flor fulguraba atrapando la luz del sol en sus pétalos suaves; se mecía con el viento como un pañuelo que dice adiós al que se va o saluda al que viene. La vida de esta flor es tan corta que acaba antes de que nazca el otro día. Desde su posición en medio del rosal y los gladiolos, la primera florecilla nacida ese día divisaba la puerta de una pequeña casita de madera con techo de paja. Allí vivía un hombre de brazos fuertes y mirada traviesa, quien era tan guapo, que la tontuela pronto se enamoró y quería vivir en la casa para verlo a cada instante. Esa mañana el campesino salió muy temprano, el sol atisbando desde atrás de los cerros, y mientras él se alejaba, ella meciéndose con la brisa, pugnaba por ser notada, sin éxito. “Si el viento soplara tan fuerte que me arrancara de raíz, podría llevarme hasta su puerta... ¡Ay que dichosa seria!” se decía, pero el poquito sentido común que tenía la entristecía, pues se daba cuenta que al desprenderse de su tierra y sus raíces, moriría. “Si cuando el sol se levantara, yo liberara mi perfume, tal vez se fijaría en mí, y entonces, de seguro me llevaría para embellecer su mesa,” así diciendo, recordó que no tenía perfume, por lo tanto tampoco servía ese artificio. Ya sin alternativas, desalentada, se disponía a pasar un aburrido día, cuando regresó el campesino silbando su dicha. Había encontrado el amor, lo llevaba de la mano para que viviera a su lado... Ella, la amada, venía riendo feliz, parecía que el arroyo se hubiera convertido en mujer; su cabello volando con el viento, sin otra ilusión que ser bella para él. De pronto sus ojos marrones de ñusta, se posaron en el capullo rojo y se le antojó tenerlo. El enamorado, presto a complacerla, se acercó tierno y ruborizado, y tomando la encarnada flor, la desprendió delicadamente; después de besarla la colocó entre los cabellos negros y la sedosa piel de su bella. ¡Qué feliz fue la cucarda! La había besado… ¡La había besado! Por fin entró en la casa, su morada tan anhelada, para quedarse por toda su vida.
 Enma Díaz |
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Última edición por Enma Diaz el 24 May 2012, 14:45, editado 2 veces en total
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