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Profecía
¯«Y me bendijo a mi mare; y me bendijo a mi mare. Diez séntimos le di a un pobre y me bendijo a mi mare. ¡Ay! qué limosna tan chiquita, qué recompensa tan grande. ¡Qué limosna tan chiquita, qué recompensa tan grande!»
¿A dónde vas tan deprisa sin desirme ni ¡con Dió!? Me puedes mirá de frente, que estoy enterao de tó. Me lo contaron ayer las lenguas de doble filo, que te casaste hase un mé y me quedé tan tranquilo. Otro cualquiera en mi caso, se hubiera echao a llorá, yo, crusándome de brasos dije que me daba iguá. Y ná de pegarme un tiro ni liarme a mardisiones ni apedrear con suspiros los vidrios de tus barcones. ¿Que t'has casao? ¡Buena suerte! Vive sien años contenta y a la hora de la muerte, Dios no te lo tenga en cuenta. Que si al pie de los artares mi nombre se te borró, por la gloria de mi mare que no te guardo rencor. Porque sin sé tu marío, ni tu novio, ni tu amante, yo fui quien más t'ha querío, con eso tengo bastante. _ _ _
-¿Qué tiene er niño, Malena? Anda como trastornao, tié la carilla de pena y el colorsillo quebrao. Y ya no juega a la tropa, ni tira piedras al río, ni se destrosa la ropa subiéndose a coger níos. ¿No te parese a ti extraño, no ves una cosa rara que un chaval de dose años lleve tan triste la cara? Mira que soy perro viejo y estás demasiao tranquila. ¿Quieres que te dé un consejo? Vigilia, mujé, ¡vigila!
Y fueron dos sentinela los ojitos de mi mare. -Cuando sale de la escuela se va pa los olivare. -Y ¿qué busca allí? -Una niña, tendrá el mismo tiempo que él. José Migué, no le riñas, que está empesando a queré. Mi pare ensendió un pitillo, se enteró bien de tu nombre, te regaló unos sarsillos y a mí un pantalón de hombre.
Yo no te dije "te adoro" pero amarré en tu barcón mi laso de seda y oro de primera comunión. Y tú, fina y orgullosa, me ofresiste en recompensa dos sintas color de rosa que engalanaban tus trensas. -Voy a misa con mis primos. -Bueno, te veré en la hermita. Y qué serios nos pusimos al darte el agua bendita. Mas luego en el campanario, cuando rompimos a hablar: -Dise mi tita Rosario que la sigüeña es sagrá, y el colorín, y la fuente, y las flores, y el rosío, y aquel torito valiente que está bebiendo en el río; y el bronse de esta campana, y el romero de los montes, y aquella línea lejana que la llaman... ¡horisonte! ¡Todo es sagrao: tierra y sielo porque así lo quiso Dió! ¿Qué te gusta más? -Tu pelo. ¡Qué bonito me salió! -Pues, ¿y tu boca, y tus brasos, y tus manos reonditas, y tus pies fingiendo el paso de las palomas suritas? Con la puresa de un copo de nieve te comparé; te revestí de piropos de la cabesa a los pié. A la vuerta te hise un ramo de pitiminí, presioso y a luego nos retratamos en las agüitas de un poso. Y hablando de estas pamplinas que inventan las criaturas, llegamos hasta tu esquina cogíos por la sintura. Yo te pregunté: -¿En qué piensas? Tú dijiste: -En darte un beso. Y yo sentí una vergüensa que me caló hasta los huesos. De noche, muertos de luna, nos vimos por la ventana. -¡Chssss! Mi hermaniyo está en la cuna, le estoy cantando la nana.
¯«Quítate de la esquina, chiquillo loco, que mi mare no quiere ni yo tampoco».
Y mientras que tú cantabas yo, inosente me pensé que nos casaba la luna como a marío y mujé.
¡Pamplinas! ¡Figurasiones que se inventan los chavales! Después la vida se impone: tanto tienes, tanto vales; por eso, yo al enterarme que llevas un mes casá, no dije que iba a matarme, sino que me daba iguá. Mas como es rico tu dueño, te vendo esta profesía: tú, por la noche, entre sueños soñarás que me querías, y recordarás la tarde que mi boca te besó y te llamarás "¡cobarde!" como te lo llamo yo. Y verás, sueña que sueña, que me morí siendo chico y se llevó la sigüeña mi corasón en su pico. Pensarás: "no es sierto ná, yo sé que lo estoy soñando"; pero allá en la madrugá te despertarás llorando, por el que no es tu marío, ni tu novio, ni tu amante, sino el que más te ha querío. Con eso tengo bastante. Por lo demás, tó se orvía. Verás cómo Dios te manda un hijo como una estrella; avísame de seguía, me servirá de alegría cantarle la nana aquella:
¯«Quítate de la esquina, chiquillo loco, que mi mare no quiere ni yo tampoco».
Pensarás: "no es sierto ná, yo sé que lo estoy soñando". Pero allá en la madrugá te despertarás llorando.
Porque sin sé tu marío, ni tu novio, ni tu amante, yo soy... quien más t'ha querío... ¡Con eso tengo bastante!
Romance de los ojos verdes
-¿De dónde vienes tan tarde? ¡Dime, di! ¿De dónde vienes? -Vengo de ver unos ojos verdes como el trigo verde. El sueño juega y se esconde en la plaza de mi frente; cabalgo por las ojeras de unos ojos en relieve. El cuarto se va llenando de mar, de barcos y peces, acuarium improvisado sobre el barniz de los muebles, mientras que la media luna de junio roja y solemne se suicida sobre el filo de la mañana que viene. -¿De dónde vienes cantando? ¡Dime, di! ¿De dónde vienes? -Vengo de ver unos ojos verdes como el limón verde. Por el río de la siesta pasa un pregón hecho nieve persianas atravesando: "¡Chumbos frescos, ¿quién los quiere?!" La sábana de la cama en silencio se defiende amortajando suspiros bajo la cal de sus pliegues contra dos cuerpos desnudos que su blancura oscurece; muslos de trigo en mis muslos brazos delgados y ardientes que como ríos morenos iluminados de fiebre se precipitan sin pulso por la llanura del vientre en una lucha romana de mirtos y de laureles. -¿Dónde naciste? -En Tarifa, ¿Y tú? -En Sevilla. Mis sienes están preñadas de olivos como tus ojos de verdes. El silencio apuñalado vuelve a sembrar las paredes y un sueño de torres altas y de relojes ausentes sobre la cama cansada echa su capa de nieve. -¿De dónde vienes borracho? ¡Dime, di! ¿De dónde vienes? -Vengo... vengo de la viña y el olivarito verde. -¿Qué mala hierba pisaste, quién te atravesó las sienes con ese mal fario...? ¡Dime! -Son las cosas de la suerte, unos la encuentran de espaldas, otros la encuentran de frente, y yo me encontré a sus ojos verdes como el trigo verde. -¿Quieres que te haga una taza de hierbabuena caliente? -Quiero su voz, luna y plata diciéndome que me quiere. -¿Quieres que te ate un pañuelo y te lo anude a la frente? -Quiero sus brazos de trigo y su cintura de aceite. -¿Quieres que cante una nana para ver si así te duermes? -Quiero sentirme en el cuello su aliento de flauta breve. -Entonces... mi corazón, dime, ¡por Dios! lo que quieres. -Quiero sus ojos. Sus ojos verdes como el trigo verde, como el limón y la albahaca, como el mar y los cipreses, el romero y los laureles... Si no me traes sus ojos, ¡dile que venga la muerte!
Romance de "La Lirio"
Por la arena de la playa va con un hombre "la Lirio". La tarde pone en sus ojos un barco de plata y vidrio, mientras que Cádiz se enciende a lo lejos como un cirio, en un altar encalado de torres en equilibrio.
-No sé qué sería de mí si me dejaras, mocito-, suspira dulce y lejana y en un sollozo, "la Lirio".
El hombre moreno y alto con voz de viento salino le dice mientras su talle aprieta como un jacinto: -Llevo tu nombre en el brazo tatuado desde niño y en el corazón un ancla de juramento perdido.
Por la arena de la playa viene cantando un chiquillo:
¯La Lirio, la Lirio tiene, tiene una pena la Liro y se le han puesto las sienes moraítas de martirio¯
Cádiz, de cal, a lo lejos, huele a guitarra y a vino. "La Bizcocha" es una vaca con sortijas en los dedos, voz de aguardiente de Rute y cintura de brasero. "La Bizcocha" lleva siempre en su labio amarillento una colilla colgada y una blasfemia en acecho.
-¿No vino "la Lirio"? -No-, responde una voz en eco -¡Mardita sea...! La colilla cae de los labios al suelo, como un sucio equilibrista que cayera de un trapecio. Y por la taberna va un taco de carretero que se clava en la flamenca de un cartel de toros viejo.
En una mesa, con sorna, canta un viejo marinero:
¯Se dice si es por un hombre, se dice que si es por do; pero la verdá del cuento ¡Ay, Señó de los tormentos! la saben la Lirio y Dió¯
Sobre el mostrador, borracha, "La Bizcocha" está durmiendo un sueño de peluconas con "la Lirio" de por medio.
-¿Estará el barco en la playa? -Estará al amanecer... -Pos descanse usía tranquilo, que allí se la llevaré. -¿Y si ella no quiere, vieja? -Poco sabe su mersé de las razones que tiene mi "menda" pa convensé... ¡Sincuenta moneas de oro! ¡Vaya rasones, y olé!
Y una voz entre la sombra termina el romance aquel:
¯Qu fue con un bebediso de menta y ajonjolí; que fue una noche de luna, que fue una tarde de abrí¯
-¿Dónde está mi blanca novia, dónde está que no la veo?
(Un barco en la madrugada se va perdiendo a lo lejos...)
-¿Dónde está "la Lirio", dónde, que yo sin verla me muero?
(Mocito, busca otra novia porque esa tiene ya dueño y va en un trono de espuma navegando mar adentro...)
-Mira su nombre en mi brazo, sobre mis venas latiendo, y en mi pulso y en mi lengua y en la punta de mis dedos.
(Para tapar ese nombre ponte un brazalete negro...)
-¡Mira que la llevo aquí crucificada en mis centros!
(Arráncate las entrañas y da tu dolor al viento...)
¡Mira que de no mirarla me estoy muriendo y muriendo!
(Pues encomienda tu alma porque ese amor está muerto...)
Amarga, de Puerta Tierra, viene la voz de un flamenco:
¯A la mar maera, y a la Virgen, cirio, y pa duquitas, mare de mi arma, pa duquitas negras, las que tié la Lirio¯
Caminito de las Indias un barco se va perdiendo. "La Lirio" corta sus trenzas con tijeritas de acero, llenando el mar de suspiros y el aire de juramentos, mientras que, roto, en la playa -veleta de amores muertos-, clavando su desengaño en la Rosa de los Vientos, moreno de sal y luna, llora y llora un marinero.
Romance de aquel hijo que no tuve contigo
Hubiera podido ser hermoso como un jacinto con tus ojos y tu boca y tu piel color de trigo, pero con un corazón grande y loco como el mío. Hubiera podido ir, las tardes de los domingos, de mi mano y de la tuya, con su traje de marino, luciendo un ancla en el brazo y en la gorra un nombre antiguo. Hubiera salido a ti en lo dulce y en lo vivo, en lo abierto de la risa y en lo claro del instinto, y a mí... tal vez que saliera en lo triste y en lo lírico, y en esta torpe manera de verlo todo distinto. ¡Ay, qué cuarto con juguetes, amor, hubiera tenido! Tres caballos, dos espadas, un carro verde de pino, un tren con cuatro estaciones, un barco, un pájaro, un nido, y cien soldados de plomo, de plata y oro vestidos. ¡Ay, qué cuarto con juguetes, amor, hubiera tenido! ¿Te acuerdas de aquella tarde, bajo el verde de los pinos, que me dijiste: -- ¡Qué gloria cuando tengamos un hijo! ? Y temblaba tu cintura como un palomo cautivo, y nueve lunas de sombra brillaban en tu delirio. Yo te escuchaba, distante, entre mis versos perdido, pero sentí por la espalda correr un escalofrío... Y repetí como un eco: "¡Cuando tengamos un hijo!..." Tú, entre sueños, ya cantabas nanas de sierra y tomillo, e ibas lavando pañales por las orillas de un río. Yo, arquitecto de ilusiones levantaba un equilibrio una torre de esperanzas con un balcón de suspiros. ¡Ay, qué gloria, amor, qué gloria cuando tengamos un hijo! En tu cómoda de cedro nuestro ajuar se quedó frío, entre azucena y manzana, entre romero y membrillo. ¡Qué pálidos los encajes, qué sin gracia los vestidos, qué sin olor los pañuelos y qué sin sangre el cariño! Tu velo blanco de novia, por tu olvido y por mi olvido, fue un camino de Santiago, doloroso y amarillo. Tú te has casado con otro, yo con otra hice lo mismo; juramentos y palabras están secos y marchitos en un antiguo almanaque sin sábados ni domingos. Ahora bajas al paseo, rodeada de tus hijos, dando el brazo a... la levita que se pone tu marido. Te llaman doña Manuela, llevas guantes y abanico, y tres papadas te cortan en la garganta el suspiro. Nos saludamos de lejos, como dos desconocidos; tu marido sube y baja la chistera; yo me inclino, y tú sonríes sin gana, de un modo triste y ridículo. Pero yo no me doy cuenta de que hemos envejecido, porque te sigo queriendo igual o más que al principio. Y te veo como entonces, con tu cintura de lirio, un jazmín entre los dientes, de color como el del trigo y aquella voz que decía: "¡Cuando tengamos un hijo!..." Y en esas tardes de lluvia, cuando mueves los bolillos, y yo paso por tu calle con mi pena y con mi libro dices, temblando, entre dientes, arropada en los visillos: "¡Ay, si yo con ese hombre hubiera tenido un hijo!..."
Romance
Yo me acerqué hasta tu vera con miedo, ¿por qué negarlo? En las sienes me latían cincuenta y dos desengaños; gris de paisaje en los ojos, risas sin sol en los labios, y el corazón jadeante como un pájaro cansado. Yo me acerqué hasta tu vera con miedo, ¿por qué negarlo? Te reventaba en la boca un clavel de veinte años y en la mejilla un süave melocotón sonrosado. Cuando dijistes: "Te quiero" fue tu voz igual que un caño de agua fresca en una tarde calurosa de verano. Se me echó encima el cariño lo mismo que un toro bravo y quedé sobre la arena muerto de amor y sangrando por cuatro bersos lentísimos que me brindaron tus labios. De la sien a la cintura, de la garganta al costado. ¡Qué boda sin requilorios sobre la hierba del campo! ¡Qué marcha nupcial cantaba el viento sobre los álamos! ¡Qué luna grande y redonda iluminó nuestro abrazo, y qué olor el de tu cuerpo a trigo recién cortado! El pueblo, a las dos semanas hizo lengua en los colmados, en las barandas del río, en la azotea, en los patios, en las mesas del casino y en los surcos del arado: "Un hombre que peina canas y que le dobla los años". Es cierto que peino canas pero en cambio, cuando abrazo soy lo mismo que un olivo, igual que un ciprés sonámbulo, Cristobalón de aguas puras que atraviesa el río a nado si ve en la orilla unos ojos o una boca hecha de nardos, para cortarle el suspiro con el calor de mis labios. Que me escupan en la frente, que me pregonen en bandos, que vayan diciendo y digan. Tú conmigo; yo a tu lado respirando de tu aliento, yendo al compás de tus pasos, refrescándome las sientes en la palma de tu mano. Centinela de tus sueños, hombro para tu descanso, Cirineo de tus penas Y San Juan de tu calvario para quererte y tenerte en la noche de mis brazos. ¡¿Qué importa que haya cumplido cincuenta y pico de años?¡ ¿En qué código de amores, en qué partida de cargos, hay leyes que determinen la edad del enamorado? En cariños no hay fronteras, ni senderos, ni vallados, que el cariño es como un monte con un letrero en lo alto que dice sólo: "¡Te quiero!" Y colorín colorado.
Pena y Alegría del Amor
Mira cómo se me pone la piel, cuando te recuerdo...
Por la garganta me sube un río de sangre fresco, de la herida que atraviesa, de parte a parte mi cuerpo. Tengo clavos en las manos, y cuchillos en los dedos, y en mi sien, una corona hecha de alfileres negros.
Mira cómo se me pone la piel ca vez que me acuerdo que soy un hombre casao ¡y sin embargo, te quiero!
Entre tu casa y mi casa hay un muro de silencio; de ortigas y de chumberas, de cal de arenas y de viento, de madreselvas oscuras y de vidrios en acecho. Un muro para que nunca lo pueda saltar el pueblo, que anda rondando la llave que guarda nuestro secreto. Y yo bien sé que me quieres, y tú sabes que te quiero, y lo sabemos los dos, y nadie puede saberlo...
¡Ay, pena, penita, pena de nuestro amor en silencio! ¡Ay, qué alegría, alegría quererte como te quiero!
Cuando por la noche a solas, me quedo con tu recuerdo, derribaría la pared que separa nuestro sueño. Rompería con mis manos de tu cancela los hierros con tal de verme a tu vera, tormento de mis tormentos, y te estaría besando hasta quitarte el aliento. Y luego... ¡qué se me da quedarme en tus brazos, muerto!...
¡Ay, qué alegría y qué pena quererte como te quiero! Nuestro amor es agonía, luto, angustia, llanto, miedo, muerte, pena, sangre, vida, luna, rosa, sol y viento. Es morirse a cada paso y seguir viviendo, luego, con una espada de punta siempre pendiente del techo.
Salgo de mi casa al campo sólo con tu pensamiento, por acariciar a solas la tela de aquel pañuelo que se te cayó un domingo cuando venías del pueblo, y que no te he dicho nunca, mi vida, que yo lo tengo; y lo estrujo entre mis manos lo mismo que un limón nuevo, y miro tus iniciales, y las repito en silencio para que ni el campo sepa lo que yo te estoy queriendo...
Ayer, en la Plaza Nueva, - vida, no vuelvas a hacerlo- te vi besar a mi niño, a mi niño, el más pequeño, y cómo lo besarías, ¡ay, Virgen de los Remedios! que fue la primera vez que a mí distes un beso. Llegué corriendo a mi casa alcé mi niño del suelo y, sin que nadie me viera, como un ladrón en acecho, en su cara de amapola mordió mi boca tu beso,
¡Ay, qué alegría y qué pena quererte como te quiero!
Mira: pase lo que pase, aunque se hunda el firmamento, aunque tu nombre y el mío lo pisoteen por el suelo, y aunque la tierra se abra, aun cuando lo sepa el pueblo y pongan nuestra bandera de amor a los cuatro vientos, ¡sígueme queriendo así tormento de mis tormentos!
¡Ay, qué alegría y qué pena quererte como te quiero!
ASÍ TE QUIERO A Conchita Piquer
El día trece de julio yo me tropecé contigo.
Las campanas de mi frente, amargas de bronce antiguo, dieron al viento tu nombre en repique de delirio. Mi corazón de madera muerto de flor y de nidos, floreció en un verde nuevo de naranjos y de gritos, y por mi sangre corrió un toro de escalofrío, que me dejó traspasado en la plaza del suspiro.
¡Ay trece, trece de julio, cuando me encontré contigo!
¡Ay, tus ojos de manzana y tus labios de cuchillo y las nueve, nueve letras de tu nombre sobre el mío que borraron diferencias de linaje y apellido!
¡Bendita sea la madre, la madre que te ha parido, porque sólo te parió para darme a mí un jacinto, y se quedó sin jardines porque yo tuviera el mío!
¿Quieres que me abra las venas para ver si doy contigo? ¡Pídemelo y al momento seré un clavel amarillo! ¿Quieres que vaya descalzo llamando por los postigos?
¡Dímelo y no habrá aldabón que no responda a mi brío! ¿Quieres que cuente la arena de los arroyos más finos? Haré lo que se te antoje, lo que mande tu capricho, que es mi corazón cometa y está en tu mano el ovillo; que es mi sinrazón campana y tu voluntad sonido.
Nunca quise a nadie así; voy borracho de cariño, desnudo de conveniencias y abroquelado de ritmos como un Quijote de luna con armadura de lirios.
Te quiero de madrugada, cuando la noche y el trigo hablan de amor a la sombra morena de los olivos; cuando se callan los niños y las mocitas esperan en los balcones dormidos; te quiero siempre: mañana, tarde, noche... ¡por los siglos, de los siglos! ¡Amén! Te querré constante y sumiso, y cuando ya me haya muerto antes que llegue tu olvido, por la savia de un ciprés subiré delgado y lírico, hecho solamente voz para decirte en un grito: ¡Te quiero! ¡Te quiero muerto igual que te quise vivo!
ROMANCE DE LA VIUDA ENAMORADA
Siempre pegada a tu muro y al filo de tus almenas; siempre rondando el castillo de tu amor; siempre sedienta de una sed mala y amarga de desengaño y arena.
¿Por qué te querré yo tanto? ¿Por qué viniste a mi senda? ¿Quién hizo brillar tus ojos en la noche de mi pena? ¿Qué lluvia de mal cariño quiso convertirme en yedra, que va creciendo y creciendo pegada a tu primavera?
¡Ay, qué montaña de amor tengo sobre mi cabeza! ¡Ay, qué río de suspiros pasa y pasa por mi lengua!
Yo estaba en mis campos hondos, allí en Castilla la Vieja, durmiéndome entre molinos y coplas rubias de siega y era mi vida una noria monótona y polvorienta.
Mis hijos venían del campo con sus camisas abiertas y en el pulso de sus hombros reclinaba mi cabeza. Así, un día y otro día, allí en Castilla la Vieja...
Una tarde (por los nardos subía la primavera...) una tarde vi tu sombra que venía por la senda dentro de un traje de pana, tres vueltas de faja negra y una voz dura y redonda lo mismo que una pulsera.
-Buenas tardes, ¿Hay trabajo? -Sí- te dije toda llena de un escalofrío lento que me sacudió las venas y que me quitó de encima diez años de vida muerta, bordando en mi enagua oscura una rosa dulce y tierna.
-Está bien- fueron tus gracias, y, doblando la chaqueta, te sentastes a mi lado en el borde de la senda.
Vive este amor de silencio y entre silencio se quema, en una angustia de horas y en un sigilo de puertas. El pueblo ya lo murmura en una copla que rueda todo el día por el campo y, de noche, en la taberna.
Dicen que si soy vïuda, y sacan el muerto a cuestas; dicen que si por mis hijos me debía dar vergüenza...
Dicen, tantas cosas, tantas que las paredes se llenan de vidrios y maldiciones y hasta a veces de blasfemias.
Mi hijo el mayor (veinte años, dulce y moreno) con pena me habló esta mañana: -Madre, ese traje no te sienta, ni esas flores, ni ese pelo, ni ese pañuelo de hierbas... Yo no me atreví a mirarlo y me sentí muy pequeña, como si fuese mi madre la que hablándome estuviera.
-Por nosotros, tú no debes vestirte de esa manera...
¡Ay, por vosotros! Os di todo el trigo de mi era; todavía de vosotros mi cintura tiene huellas ¡Sangre mía que anda y vive y a mí me va haciendo vieja!
¿Pero es que yo ya no tengo derecho a querer? ¿Qué ciega ley me prohíbe que al sol deje mis rosas abiertas? ¿Y que me mire al espejo y que me vista de fiesta y que en mi jardín antiguo florezca la primavera...?
¡Ay, qué montaña de amor tengo sobre la cabeza!
¡Ay, qué río de suspiros pasa y pasa por mi lengua!
¡Canten, hablen, cuenten, digan, pueblo, niños, hombres, viejas, que yo de tanto quererle no sé si estoy viva o muerta!
¡Quiero y quiero y quiero y quiero! Están en flor mis macetas; cien ruiseñores heridos cantan amor en mis venas y me duele la garganta y está mi voz hecha piedra de tanto decir: "¡Te quiero como a ninguno quisiera!"
ROMANCE DE LA VOZ EN LA SANGRE
Fue hacia la tercera luna cuando lo sintió en los centros. Estaba sobre la hierba, tumbada de cara al cielo —viendo la tarde morirse sobre sus ojos abiertos— cuando notó en la cintura como un pájaro pequeño, que aleteó por lo oscuro de su vientre unos momentos, y luego vino a pararse sobre su talle, en silencio... Fue hacia la tercera luna cuando lo sintió en los centros... Un ¡ay! de gozo y asombro y otro de duda y recelo salieron de su garganta. Las palomas de su pecho se erizaron de blancura, y un temblor de alumbramiento sacudió de sur a norte todo el mapa de su cuerpo e hizo crujir entre sombras las ramas de su esqueleto... En un brinco de gacela se ha levantado del suelo y ha echado a andar lentamente por la vereda de cedros. Parece tallada en tierra la cara de Sacramento. —Iré a ver a la Jacinta lo mismo que otras lo hicieron... Ella conoce las plantas y sabrá darme el remedio... —¿No te da pena matarme antes de nacer...? ¡Qué miedo le dio al escuchar la voz que le salía al encuentro, envuelta en hilos de sangre cortando su propio aliento! —¿Quién eres que así me hablas...? —Ahora, nadie... casi un sueño; mañana, si tú me dejas, un hombre de cuerpo entero... —¿Y qué voy a hacer, mi niño? —Parirme como un almendro en la mitad de la cama con las entrañas ardiendo. —¿Pero y mi honra? —Tu honra la limpiaré con mis besos: las madres después del parto quedan igual que un espejo... —Pero me faltan seis meses, seis plenilunios completos frente a los ojos que miran y las bocas de veneno. —¿Y a ti qué te importa nadie? Ponte delante del pueblo y escúpele la belleza de llevar un hijo dentro. —¡Temo a las lenguas cobardes! —Y en cambio no te da miedo ir a buscar una planta de sombra —flor de silencio—, para derramar mi vida por el primer sumidero y que no quede del hijo ni una fecha ni un recuerdo... —¡Calla! —No puedo callarme. Una perra no haría eso: me lamería los ojos hasta que los fuera abriendo... Pondría mi piel süave lo mismo que el terciopelo y luego ya, sin saliva, con los dientes en acecho, se tumbaría a mi lado hecha un río dulce y tierno, para que yo la dejara hasta sin cal en los huesos. —¡Por Dios! —Por Él, yo te pido que no me dejes sin cielo. Corta sábanas de holanda; borda pañales de céfiro; aprende nanas azules y planta naranjos nuevos..., y cuando me hayas parido como a un torito pequeño, abre puertas y ventanas, que me contemplen durmiendo lo mismo que un patriarca en el valle de tus pechos... La voz se apagó en la sangre; la cara de Sacramento parece como de barro de oscura que se le ha puesto, y con sus manos sin pulso se toca el vientre moreno... ¡Ay qué monte de alegría! ¡Qué rosal al descubierto! ¡Qué luna bajo la falda! ¡Qué lirio de tallo inquieto! —¡Yo te juro, amor —mi niño—, por mis vivos y mis muertos, que te he de parir un día sonámbula de contento, aunque me escupan a una todas las lenguas del pueblo!
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