El músico se amordaza los ojos para liberar el sonido a su antojo, llevándola a otro espacio del sentido. En su bohemia rasga las cuerdas como un elefante herido o un suave colibrí que cimbra en su mano que aletea y vuela, vuela más allá de la armonía anémica con sonidos que resuelve su vena académica. Su cuerpo se integra a las cuerdas, con canciones de avenidas, de laberintos y grietas, protestas de blasfemias, sudados amores que revive en su rictus musical de primavera. Perdido entre sus vacuos pentagramas parece golondrina alocada en elíptico planeo. Se enquista en su ademán de piano y deja con pasión uñas ensangrentadas cual si cada tecla fuese puñal honrado. Más nada le place más que sentir su mano incansable rozando espacio de soles o nostálgicas noches degustadas. De los escombros de la nada oxigena su instrumento el agitar de sus fibras internas. Se conmueve con estrépito el cuerpo sin medida de distancia ni tiempo, en la complejidad de una sinfónica o en la simplicidad de una nota que al aire lo eleva.
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