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CUANDO TE FUISTE
Decía un filósofo que las cartas de amor se empiezan a escribir ignorando lo que se va a decir, y se acaban sin saber lo que se ha dicho. Si el filósofo hubiese leído estas palabras, jamás habría pronunciado tal desatino. Sé lo que voy a decir en esta carta y la terminaré sabiendo lo que he dicho. ¿Cómo no iba a saberlo? Lo que quiero decir es tan sencillo como esto: Te amo, Ángel.
El problema es que lo sencillo, cuando se entromete la vanidad, se complica hasta extremos inimaginables.
¿Cómo permití que te marcharas sin mover ni un dedo para impedírtelo? ¿Por qué tuve que esperar a tu ausencia para percatarme de lo mucho que te amaba? Unas preguntas que, parafraseando un proverbio indio, sólo podría haberlas respondido si previamente hubiese caminado mil millas con los mocasines de una mujer confusa y engreída.
Cuando aquella triste mañana de primavera, con la luz del sol entrando a raudales por todos los resquicios de la casa, te vi hacer las maletas, sentí de pronto un enorme vacío en mi interior, como si una depresión fulminante me hubiera absorbido las ganas de vivir, sensación que, con nula lucidez, atribuí exclusivamente a la lástima que en esos momentos me inspiraba tu figura alicaída. Un hombre que se iba de su propia casa persuadido de que allí ya no había amor para él. Y te fuiste sin levantar la voz ni pronunciar una mala palabra: “Adiós, Adela. Gracias por todo”.
Me dabas las gracias a mí, a la mujer que, de manera inopinada, unos meses antes, había pasado, en unas pocas semanas, del amor a la indiferencia más absoluta. Te aseguro, Ángel, que, cuando te dije que ya no te quería, estaba convencida de que mis palabras se correspondían exactamente con mis verdaderos sentimientos. Abrumada por un par de reveses consecutivos, no supe separar el grano, el amor, de la paja, las vicisitudes propias de la vida en común de centenares de miles de millones de personas, y mezclé todo de mala manera.
Llevaba semanas acuciada por diversos problemas, de los que apenas te ofrecí detalles. El nuevo director del colegio discrepaba de mis métodos de enseñanza, y me urgía a que me amoldara a la línea del centro; en otras palabras, menos pedagogía progresista y más enseñanza tradicional. Debía haberle mandado a freír gárgaras, pero, recelosa de mis posibilidades profesionales, no me atreví a hacerlo. Opté por la sumisión, y mi autoestima se resintió. Con la moral profesional por los suelos, tuve que afrontar el ingreso de mi hermana en el hospital por una sobredosis de drogas. En fin, Ángel, que la sinrazón de la razón prevaleció sobre mis sentimientos hacia ti. Hecha un lío, concentré todas mis energías en lo que acontecía en mi cabeza. Mi corazón, entretanto, se quedó helado, y yo achaqué su frialdad a que tu presencia ya no le estremecía.
“¿Qué te pasa, Adela?”, me preguntaste la primera noche que, en vez de arrimarme a ti como hacía siempre, me desplacé al otro extremo de la cama. “Nada. Cosas del colegio. Ya te contaré. Estoy cansada”, te respondí lacónica. Pero mis palabras hablaban con menos elocuencia que mi conducta. La relatividad no sólo afecta al tiempo, el espacio tampoco se libra de sus efectos. Una cama de poco más de un metro y medio de anchura puede convertirse en el desierto de Gobi. Lo supe aquella noche. Aunque apenas me había separado unos centímetros de ti, me encontraba en las antípodas.
Mi actitud indiferente, casi desdeñosa, con la insensatez manejando a su antojo los hilos de mi conducta, fue creciendo con el paso de los días, las semanas, los meses. Tú, mientras tanto, sin perder los estribos, esperabas pacientemente a que volviera a ser quien siempre había sido. Pero no lo fui, no en tu presencia.
A los seis meses, tomaste la iniciativa, y me anunciaste, sin alzar el volumen de voz, con suavidad, que si las cosas seguían así, te irías de casa. “A no ser que quieras que me vaya ahora mismo. ¿Me voy, Adela?” Fue el momento clave de mi vida, y no estuve a la altura de las circunstancias. En vez de lanzarme a tus brazos, y suplicarte que no se te ocurriera marcharte nunca de mi lado, increíblemente, me limité a decir: “Quizá sea lo mejor para los dos”, tal vez convencida en mi fuero interno de que no serías capaz de hacerlo.
No habían pasado ni cinco minutos de tu partida, y ya te echaba de menos. En las horas siguientes, el corazón empezó a reclamar lo suyo a mi razón descabalada. Ésta se resistió al principio (mi hermana, en un centro de desintoxicación, parecía decidida a enderezar el camino de su vida; en el colegio, por el contrario, las cosas iban de mal en peor). Sin embargo, los sentimientos, encorajinados, irrumpieron como un vendaval en mi cabeza, y, al amanecer del día siguiente a tu adiós, me levanté de la cama dando tumbos. El cerebro lo tenía en el corazón y el corazón en el cerebro, y, con la capacidad de raciocinio vapuleada por la nostalgia, me limité a llorar y llorar, hasta que ya no me quedó ni una lágrima, bien entrada la noche. Desde ese día, ya sólo tuve una preocupación en mi cabeza: tú. Tu ausencia me perseguía a todas partes.
La vida, sin ti, se trocó en una rutina cansina, insípida e incolora. Y, sin embargo, pese a ello, no tuve valor para ir a buscarte. La vanidad prevalecía sobre mi pena: “Tranquila, Adela, volverá, tarde o temprano volverá”. Mientras tanto, sin lágrimas, me limitaba a trabajar como un autómata y a pensar en ti, en el aula y en la cama, en la vigilia y en el sueño.
Cuando por fin recuperé la cordura y me deshice de la vanidad que a la sazón yo llamaba orgullo herido, ya era demasiado tarde. Habían pasado casi cinco meses, y las personas cambian, algunas al menos. A veces, han de transcurrir muchos años para que se produzcan los cambios; en otras, se opera una transformación radical en poco tiempo. Ese fue tu caso. Tus sentimientos hacia mí habían tomado las de Villadiego. Yo me encontraba en el Sur, y ellos se dirigían a grandes zancadas hacia el Norte. Me di cuenta de ello al minuto de volver a verte. No te dije nada porque la cosa no admitía dudas. No estabas enamorado de nadie en particular, pero tenías la certeza de que el amor tuyo se encontraba en el mañana, no en el ayer.
Qué misterio más insondable es el amor. Yo había necesitado un poco de futuro para percatarme de que el amor mío estaba en el pasado, en el lugar de siempre; tú, en cambio, habías necesitado el pasado para darte cuenta de que el amor tuyo te aguardaba en el futuro.
Eres un hombre extraordinario que se merece lo mejor. Necesitaba escribir estas palabras para que, al menos, la verdad del amor de Adela, de tu pasado, te lleve en volandas hacia los brazos del amor futuro. Ha sido un honor compartir contigo diez años de mi vida. Te llevaré conmigo, siempre. Eres el amor. El filósofo no tenía razón, no en mi caso. He empezado la carta sabiendo lo que iba a decir y la he terminado sabiendo lo que he dicho: Te amo, Ángel, siempre te amaré.
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