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 Asunto: Carta nº 19
NotaPublicado: 27 Nov 2011, 13:25 

Registrado: 04 Nov 2011, 21:27
Mensajes: 7
Fernando:

Esta noche, por primera vez en toda la semana, el sueño me avisó temprano. No le concedí tregua, ya me conoces, negándome en rotundo a sucumbir a sus encantos de niño caprichoso. Se me había olvidado esa sensación del primer bostezo que llega pero no sale, que toma el aire pero no lo devuelve. Me confunde, con su ritual de pesar en los ojos. Traslada mi mente al abandono de los propósitos e invita al cuerpo a rendirse ante la flojera que ya pronto vendrá… y entonces todo será más fácil, asevera. Entre luces y sombras, promete llevarme hacia un estado que se presupone mejor, pues justifica dar cada noche el día por acabado. Requiere de mi confianza, de la ataraxia de los sentidos, y a cambio me arrastra hacia mis peores pesadillas. Mi sueño es, a día de hoy, mi peor verdugo.

Te saco de mi pecho, entre bostezos y sábanas, averiguando tu silueta sobre relojes que gritan y esparcen sus colores por cada consonante de las paredes. Esta noche te me has atragantado, y ahora ya no hablo del sueño. Debería estar dormida, o quizás sea que lo estoy y sin embargo sueño contigo. Qué sé yo.

Este desconcierto me saca de la cama y me hace bajar a la calle, a la tetería. No me sentía sola, ni tenía miedo, ni había tenido una pesadilla, nada de eso fue. O quizás sí, quizás haya sido una mezcla de todo eso. Alzo la vista en busca de un cielo que explique mi desazón, pero esta noche no hallo cielo sino techo, ni estrellas sino lámparas. Te encuentro en cada mesa, en cada gota de té derramado, en cada titilar de las velas que, por las horas que son, querrían apagarse y dejar paso a la oscuridad. Es una ley no escrita que hay que respetar a la noche y al sueño, y en esto están de acuerdo lo mejor y lo peor de la humanidad. Traficantes y carceleros, hojalateros y chaperos, serenos y beodos, peluqueras y soldados. Todos ellos confían, al menos, en su sueño. Y yo reniego de él a cambio de tener una mínima esperanza de reencontrarme contigo en esta especie de borrachera sentimental que llevo encima. Esta noche me siento retadora.

Encuentro en la tetería a un Joseph diferente. Ilusionado y risueño, pero también agotado y cercano, más que de costumbre. Tras los saludos rituales y el pakistaní con crep me muestra fotos de la pequeña An… Reh… bueno, de su hija. Para aprenderme el nombre necesitaría varias vidas, así que él ha asumido que la llamaremos “la pequeña”.

Se sienta frente a mí. Bueno, no se sienta, se deja caer. Se rinde. Enciende una cachimba y fuma agotado, con los ojos temblorosos y la mirada ida. Cerca de su pequeña, ahí querría él estar, y no entre lámparas y cojines exóticos. Me observa escribir, analiza mi cara, se juntan nuestras miradas en un punto perdido entre la cama en la que tú duermes y la cuna de su pequeña, y entonces se sienta a mi lado. Me ofrece cachimba, la acepto. Fumo algo que debe saber a manzana, o eso dice él. Mis atorados conductos ahora huelen a ambientador de pino cada vez que aspiro, pero no desisto en mi intento de averiguar si realmente las cachimbas tienen efectos alucinógenos.

No, no siento nada. Quizás un poco de mareo, una sensación muy cercana al sueño. Repito el trago, para que no quede el estudio en un mero empeño de desvirginización primitivo, y así hasta tres veces. Ni una, ni otra, ni la tercera, ninguna de ellas me llega. Esta noche, en este sueño elegido a consciencia y robado de mi propio sueño, sólo tú puedes tocarme. Este es tu sueño, y toda esta suerte de heroicidades y confrontaciones no son más que una forma, tosca y desordenada, de decirte que te echo de menos.

Regreso al piso. He dejado las luces encendidas, como solías hacer tú cuando te conocí. Pero no ha sido por olvido, sino por una especie de superstición que me hizo pensar que me apetecería encontrar la luz encendida al abrir la puerta. Acerté, pero no acerté. Yo quería luz, pero no quería bombillas. Quería estrellas, y no interruptores de oficina. No es esta luz metalizada que me acompaña la que tanto ansío esta noche, sino la del brillo de tus ojos. Esa que me alumbra cuando me pierdo y brilla cuando tengo pesadillas. La que me invita a abrazarte, a quererte y a saberme feliz en tu regazo. Siempre.

Al salir de la tetería, Joseph y el chico nuevo se despidieron con un “buenas noches” cálido y acogedor, quizás fingido pero desde luego no forzado. Me gusta de Joseph que es un tipo muy humano, extremadamente noble. Es la primera vez que lo veo con ojeras, con cara de cansancio extremo, con las manos pesadas y el paso lento. Tenía pinta de no haber dormido en un mes. Y sin embargo, cuando marchaba tuvo el detalle de darme, no te lo vas a creer, “mucha salud para mi novio”. Sí, esta vez usó la palabra novio, con plena convicción de que era eso lo que quería decir. No fue profesor, ni compañero, ni amigo, ni puntos suspensivos o eufemismos que hacen entender que hay una relación extraña e indefinible. Fue novio, con todas sus letras. Me lo ha debido notar en la cara, porque nunca antes había pronunciado esa palabra para referirse a ti.

Y me alegro, novio, de saber que tenemos su visto bueno. Y tras haber burlado a mi sueño durante dos horas, al fin me entrego. Quedo consolada por la certeza de que sabrás valorar la importancia de estas líneas robadas de unas horas de sueño tranquilas y confortables. Nunca regalo lo que me sobra, porque no creo en las limosnas. Te entrego, sin embargo, algo que sé que apreciarás mucho más: Dos horas de sueño fácil canjeadas por dos folios llenos de letras que atesoran que pasé la noche pensando en ti.

¡Te quiero!


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