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Querida Vitalina: De nada vale que ilumine la noche de mi casa, de nada vale que mire tu retrato y observe la luz fosforescente de tus ojos. Conozco todas tus artimañas amatorias, porque te ocultas en los espacios perdidos del recuerdo y restauras las ausencias futuras: el miedo, el desamor, la soledad, la muerte…
Tú eres la luz de todas las mañanas, el reguero de incienso, la manzana del árbol del Edén, aquella que fuíste la musa ardorosa de mis versos. Tú eres la belleza que aguarda en cualquier sitio, la playa que no he visto, el timón de mi barca, el norte de mi brújula. A veces el deseo es como el vidrio transparente, que traspasa las noches de vigilia. Es como una llama incandescente, que te empuja hacía el abismo lúdico, donde anidan los velos que ocultan el placer, la osada y terrible tiranía de tu cuerpo…
Quizás solo busque rescatar, contemplando tu foto, ese aroma de los placeres jóvenes, mi juventud obscena y exquisita, cuando leía a Baudelaire y contemplaba las estrellas en la ciudad lejana. La hora es diferente, pero el momento idéntico. Recuerdo algunos de tus gestos y aquella hermosa ciudad y sus Campos Eliseos, me repitan el eco de tu nombre prohibido, donde solo pronuncio palabras de un amor infinito, buscando metáforas que definan el calor de tu piel, tu delgada elegancia, cuando cantabas las hermosa canciones de tu tierra, recordabas Kiev y pronunciabas las duras palabras del exilio…
A veces imagino que se enciende la noche, esas horas rituales de ruegos y delirios y el vino me desvela el camino secreto, los paseos por la Gran Vía madrileña que lleva mi soñada plegaria a tu regazo…
Uno busca en las horas vacías un espejismo y percibe el fulgor de la amada, el vacio de su vientre que descubre sus nalgas, el compás sincopado de sus dulces lamentos. Uno sueña cada mañana, esperando los pasos del amor que regresa y siente en el silencio el roce de tus dedos, la dulce estela que arrastra con la ausencia, el sabor de tus besos. Es la hora del amor y la vida, cuando contemplas las horas del eclipse y te dás cuenta que estás preso en la cárcel del amor, esperando el regreso de unos labios de seda…
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