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Entre paréntesis
Cada mañana me pregunto qué demonios haces ahí —donde no es aquí—, si te anhelo a mi lado en ese lugar del amor en el que dejan de tener importancia los ojos hinchados por el sueño, el pelo enmarañado, el pijama viejo doblado cuidadosamente a los pies de la cama —quizás, de nuevo, sin querer—, las arrugas que amenazan con quedarse. Salgo de soñar sueños que no recuerdo, de ejecutar el conjuro de morir por horas para nacer de nuevo a un mundo antiguo, a un desearte nuevo, alocado e impaciente tan viejo como el sol, de pasearte tras mis párpados —mediodespierta-mediodormida— a retazos, como en una película antigua con los fotogramas mal unidos. (Te quiero incluso a trozos). Al acostarme me pregunto qué demonios hago aquí —donde no es ahí—, si lo que ansío es comerte a besos, no dejarte respirar entre risas, que el sueño no nos venza y las ganas nos puedan, el miedo se calle, las palabras se acaben, el deseo nos arrase y las sábanas vuelen. Si sólo pretendo asistir a la liturgia nueva de quererse con poco, de aprender los ritos, de equivocar los nombres, de cambiar las letras, de cruzar las puertas, de encontrar los límites, de pasarlos todos, de jugar a nada, de verte dormir y escuchar tu respiración. (Te quiero también mientras duermes). Día a día te ofrezco la desnuda imperfección que aún no conoces y entierro miedos y dudas tras estas sombras, como tú paseas los tuyos entre luces, risas y alegría, y me van invadiendo las frases que durante años se negaron a salir y me sorprenden en el pasillo del supermercado, mientras conduzco (yendo siempre hacia algún sitio donde no estás —y entonces ¿para qué ir a ninguna parte?—), en la ducha mientras el agua demasiado caliente debería impedirme hasta pensar. Pero no lo hace, y el agua atrae una tras otra palabras que se secan en contacto con el aire. Me ofrezco sin entregarme segura de que sí o no me son indiferentes, sabiendo que gano (ganando no sé qué, no sé cuánto, no sé para qué o a quién) con el simple acto de la ofrenda, segura de que ya las certezas no me engañan ni me confunden, desterrado el siempre de mi vocabulario, preñada de ojalás que contaminan mi seguridad y la llenan de grietas por donde entra la luz (y te quiero mientras la luz —tu luz—me ciega), agarrada a un quizás como se abrazan a la fe quienes desesperan. Vivo entre paréntesis. Te quiero incluso a trozos, te quiero también mientras duermes, yendo siempre hacia algún sitio donde no estás —y entonces, ¿para qué ir a ninguna parte?—, ganando no sé qué, no sé cuánto, no sé para qué o a quién, y te quiero mientras la luz —tu luz— me ciega. Me pregunto qué demonios hacemos tú en tu ahí y yo en mi aquí. Te amo.
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