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Mi pequeño homenaje Amor, sentada en la soledad de la blanca habitación del hospital, contemplando tu inexpresivo rostro, miro el futuro con incertidumbre. Ya va para un mes que estas nuevamente a mi lado. Nuestro reencuentro no ha sido el que tantas veces soñé, en la tranquilidad de nuestro hogar, mientras esperaba ilusionada oír tu voz por el auricular, para narrarme las mil peripecias del día en tan inhóspito lugar. Si me he decidido a plasmar mis sentimientos en el papel, es, porque en el fondo de mi alma, aún queda un pequeño resquicio de esperanza, la de que algún día podamos leerlos juntos y todo vuelva a ser como soñamos. ¡Dios mío! ¿Cómo pude acceder, sin rebelarme, a que te marcharas a un sitio tan lejano y peligroso? Al recordar aquel nefasto día, en que me diste la noticia, afloran a mis ojos dos gruesas lágrimas. Yo, ya intuía que algo rondaba por tu cabeza, continuamente me hablabas del bien que estaban haciendo los voluntarios en esos países olvidados de Díos o de Alá. Hoy, al recordarlo, me siento culpable. Sí, me siento culpable, por no desanimarte cuando me anunciaste que te marchabas voluntario a Afganistán, para así poder ayudar a tantos niños y mujeres que necesitaban ayuda. Me siento culpable, porque días antes, de tu -digámosle- accidente, al no estar muy claro de donde procedía la bala que hoy se aloja en tu cerebro, me había sentido orgullosa de ti, jactándome entre los amigos, de tu temple y tu coraje por ser capaz de cambiar esta placida vida, por aquella otra, llena de sacrificios. Me duele en el alma, no haberte susurrado al oído lo que de verdad sentí al verte marchar. ¿Por qué no te dije que yo también te necesitaba a mi lado? ¿Por qué no te retuve? Maldigo a este loco mundo. Con su demencia me ha arrebatado lo más valioso que poseía. Los médicos no sé, si por consolarme o porqué es la cruda realidad, me han dicho -eso sí con mucha diplomacia- que no sufres, que tu mente está sumida en una eterna fantasía, y que tengo que aprender a vivir sin el hombre que fuiste. ¡Cómo si eso fuera fácil! Yo, me aferro a los recuerdos, son los que me dan fuerzas para no sucumbir ante el fantasma de la depresión; no puedo permitir que me lleve a su tétrico mundo. Te lo debo, por nuestro amor. Presiento que un día despertarás de esa oscura pesadilla en la que estas sumido, pero si no es así, siempre vivirás en mi corazón como aquél generoso soñador que quiso arreglar el mundo con sus sueños de igualdad. Te recordaré lleno de vida, cuando sin apenas hablarnos recorríamos juntos la alameda de los sueños, en busca de los variopintos enjambres de mariposas que se acercaban hasta el río y calmada su sed, con el néctar de las flores, se alejaban formando pequeñas nubecillas multicolores, meciendo los tallos con sus aterciopeladas alas y desapareciendo sigilosas por el rojizo horizonte. Nunca olvidaré como sentados en la fresca hierba, admirando el lejano firmamento, soñábamos en volar como ellas, para llegar a algún otro planeta, donde no existiera la ambición y el odio. Quizás tú ya has logrado llegar a él -¡Pero a qué precio!- Esté donde esté tu pensamiento, vuelve amor te necesito, para que juntos reemprendamos el viaje, en el tren de la vida.
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