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Inma, voy a contarte una historia de amor sobre dos personas, una aventura que aún no ha terminado y que comenzó una tarde del verano del 71. Franco acababa de nombrar como sucesor al Borbón, y George Harrison, ya sin los Beatles, cantaba para los pobres de Bangladésh. Aquello era el infierno disfrazado de domingo de julio. Así era la tarde en la que mi amigo Rafa y yo nos fuimos a jugar al billar. Partida, revancha, y a la hora exacta esperamos a su novia en una esquina. Comentábamos lo bonito que sería encontrar una chica para mí y salir juntos los cuatro. Sabiéndome número impar pero amparado por su impagable amistad, nos metimos los tres en un cine. Todo lleno, primera fila, ciclo de Chaplin y en el descanso, Maribel vuelve la vista atrás y allí estabas tú, su compañera de COU. Sola, con una trenca a cuadros sobre las rodillas, y la sonrisa más limpia que jamás habían visto mis ojos. ¡Inma!, ¡Maribel! Habías quedado con unas amigas, una a una se fueron rajando y tú decidiste acudir sola.
– Te presento a mi novio, Rafa. – Encantada. – Este es Javier, un amigo suyo. – ¿Que tal Inma? – Muy bien, ¿y tú? – Pues yo más encantado.
El primer asalto ganado a los puntos. Rafa, todo candor e inocencia, propuso que fuéramos a tomar un café hasta que reanudaran las proyecciones, pero Maribel le detuvo de un zarpazo y sugirió que saliésemos solos tú y yo, porque así ellos nos guardarían los asientos. ¿Te acuerdas? Mujeres. Nos marchamos los cuatro del cine, y después, cuando te acompañé hasta tu casa y nos dimos los teléfonos, yo ya estaba coladito por tus huesos. Volvimos a quedar solos otro día, y otro, y otro. Recuerdo que estabas atravesando una profunda crisis. Te escuché; te escuché hasta que quedaste vacía, y luego te hablé. Lo hice durante horas, hablaba y tú te bebías mis palabras. Fumábamos, y de vez en cuando algo te hacía gracia y reías. Así pasaron las tardes y sin darnos cuenta, poco a poco volviste a encontrarte, saliste del túnel y allí estaba yo, a tu lado, deseando que en ese momento se detuviera el tiempo. Faltó poquísimo para que nos besáramos por primera vez, muy poco. Jamás olvidaré aquella decisión tan absurda. Estuve a punto de perderte por pasarme de ángel de la guarda. Habías recuperado la alegría de vivir, cantabas mal, pero cantabas, y yo creo que ya me querías.
- Inma, tenemos que dejarlo. - Pero... ¿por qué? - Mira, nunca he estado tan bien como cuando estoy a tu lado, pero no quiero que creas que pienso aprovecharme de tu crisis para salir contigo. - No, no lo entiendo. - No importa Inma. Yo sé lo que estoy diciendo. Adiós.
Y me fui. Y perdí el apetito, y no dormía por las noches, y me equivocaba constantemente en el trabajo; hasta sentía que inundabas todo mi ser como un mar embravecido. Un día me di cuenta que había dejado de silbar, que nada me hacía reír, y se lo conté a Rafa.
- Pero, ¿tú eres tonto? - Es que creo que mi misión en su vida terminó cuando salió del pozo... - Pero ¿tú eres tonto...? ¡Anda, y ya la estás llamando!
Te llamé, te llamé esa misma tarde y también aquella otra al telefonillo de tu casa, para recogerte con mi coche antes de irnos juntos a la iglesia para casarnos. Cuanta paciencia has tenido conmigo, Inma. Son incontables los días, incalculables las noches en que has cuidado de todos. Una hija, y otra hija y luego dos hijas más, y al final un par de chicos. Amnésica con tus dolores y atenta con los demás, derramando tu vida por cada uno hasta caer rendida en la cama. Alerta al llanto de un niño para llevarlo sonámbula a tu regazo y poder allí darle el pecho.
Han pasado cuarenta años, Inma, seis hijos, hemos llorado y hemos reído. Me hace gracia que te pongas cremas para intentar detener el tiempo, que te tiñas la raya blanca, que te pongas uñas postizas y te depiles los pelos. No me crees si te digo que voy a quererte igual, y me respondes sonriendo -“que eso se lo diré a todas”-, y sabes que no es verdad. Lo cierto es que nos crecen por la noche las arrugas, que el pelo se nos muda sin pagar el alquiler, que más de una muela ha emprendido su éxodo sin retorno, y que cada día que pasa hablamos “menos seguido”. Pero si tengo que vivir sin ti, prefiero antes estar muerto. No puedo ni imaginar un día sin abrazarte, me da pavor el pensar que una noche en nuestra cama no pueda acercarme a ti. ¿A quién le contaré cien veces lo mismo?, ¿quién se sentará a la mesa cuando ya no estén los hijos?, ¿a quién podré yo abrazar y besar de madrugada? No vida mía, aunque no escriba cartas de amor, ni el corazón me de un vuelco al verte, me gusta lamerte en el cuello y sentir como te estremeces. Hay algo que tengo claro: no quiero vivir sin ti. Antes te quería porque te necesitaba, ahora que somos viejos, te necesito porque te quiero. ¿A quién se lo voy a decir si nunca he querido a otra? Quiero comer frente a ti, quiero ponerte el café, quiero ver como el sueño te derrota por las tardes frente a la tele.
Maldita sea la muerte y maldito sea el tiempo, el tiempo que no se detiene y que nos acerca al fin. Sólo pido a quienes queden que nos entierren a los dos juntos, que quiero estar siempre contigo fundido en un abrazo eterno. Porque sé que aferrado a ti sólo cabe estar en el cielo. No hay lugar sobre la tierra, ni en los mares ni en los vientos, en el que cuando tú mueras, puedas por siempre vivir. Sólo estando junto a Dios, vivirás donde mereces, no te separes de mi, jamás dejes de quererme. Bendita sea aquella tarde, y el calor de aquel verano. Te quiero desde ese día, no preguntes por qué; sólo sé que si hay otra vida, que si puedo nacer de nuevo, quiero volver a ese cine y al mismo billar con mi amigo, poder estrecharte en mis brazos, y decirte cuanto te quiero.
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