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ÚLTIMA CARTA A LETICIA
Sabes, antes tal vez no me hubiera atrevido a decirte todo esto, ahora el tiempo alterará el sentido de lo que te digo y también de lo que no digo: con fingida benevolencia, trastocará palabra por palabra, búsqueda por carencia, allí donde todo es visible hurgará la vaciedad; indulgente coronará con un cetro de espuma cada verdad desestimada por mi lengua insegura, tachará cifras, nombres, versos hostiles como calles o labios y esto a nadie le importa, un retórico tic, al fin y al cabo, la dudosa continuidad del poema: balbuceos, frases triviales de angustiosa dicción, inventariadas por una polvosa, intrusa conciencia vigilante. Juzga lo que te digo, con temerosa indulgencia, apenas un sobresalto como un zarpazo de musgo y el dudoso decoro de un rito incesante: ¿cómo me gustaría abreviarte esta travesía, consumirla en esta inesperada fatiga de palabras, negarla en el éxtasis impune de una falsa vigilia…? Juzga lo que te digo sin reconocerme a mí misma, negligente centinela en una indolente tierra de nadie: un ave cayendo en llamas como un luminoso artificio quebrantando la paz de tu cielo otoñal. Sabes que lo que te digo es mucho más que el vuelo de una interrogante o un ángel y nadie negaría este revuelo de nubes grises y anecdóticas, que no interesan ni vienen al caso. No es tuyo este impulso vehemente, ni este ceniciento inventario de pudores con tu rostro sin nombre, no es cierto este silbido de extrañeza, esta mirada perdida en el revés de las sombras, estos dedos largos, estos años disueltos en el hartazgo de tus pasos sedentarios. Esta carta es sólo un enigma reptante con textura de agua y sigilo de fiebre, o un requiebro de mi memoria enjoyada de lugares comunes, el tiempo que mantiene en tus ojos un tic recurrente y retórico, aros de fuego desposando una rutina anhelante que te explica mi celo. ¿Cabrá aludir a tu ilegible transcurso en mi vida, a tus ojeras de lodo, a tu desfigurado rostro afrentando mi balbuceante convicción que anima esto que ahora con dudosa y quebradiza elocuencia te digo? Cómo me gustaría abreviar esta travesía, sabes, borrar de mi memoria todo lo escrito, saber que este alegato innumerable de la lluvia, en el húmedo rumor de un remoto e insaciable deseo, es el ahogo recurrente de mi nostalgia, el gozo y el padecimiento: tan persistente y tan inevitable... Se han detenido aquí las formas de mi sueño: ha llegado la hora de buscar otros puertos, de alejarse de los rostros de siempre, para viajar olvidados de uno mismo hacia lo que nace eternamente. Cómo me gustaría abreviarme este momento, consumirlo en esta inesperada fatiga de palabras: el fin de un día puede ser el fin de una época y la mañana con sus placeres escondidos nos llama para que descubramos otras orillas venturosas. Ésta será la noche más larga para mí y para ti también, furtiva entre las sombras, apenas una excusa para la lenta travesía: retorno y me alejo de este instante que te prefigura y te disuelve: desde aquí nuestros mudos horizontes nos hablan y el tiempo nos aguarda afuera/adentro. Antes tal vez hubieran podido hacerte daño estas maquinaciones ciegas de mi espíritu sobre mi propia carne estremecida; ahora la distancia anula la saboreada miel con que relamo mi lengua en el acuario de tu boca y anulará también el suelto crepitar de tus cabellos y el dorado encendido de tu espalda, luminosos artificios pretéritos sin rostro. La rutina me hace buscarte desfallecida sin saber quién soy yo ni quién eres tú, confundidas las dos en un único sueño, mí cercenada estela surgiendo en cada línea, desapagado fuego de ceniza y de grava, innumerables seres dispersos como granos de arena en un inmenso océano… ¿Sabes que la infinita mentira es el refugio de esos innominados años presentidos en el ahogado rumor de mi diálogo a solas?, ¿habremos de alcanzar aquellos nombres que alguna vez tuvimos, nuestros rostros y voces, nuestras manos, inventario plural de lo imposible?, ¿habremos de percibir nuestra ausencia en la remota lluvia o la transparente acechanza de lo absurdo en la calcinada parábola del tiempo?, ¿habremos de apresar lo que entrañablemente nos interroga y urge, la persistente fábula que nos amortaja y nos suspende en una levitante y eufórica nostalgia? Éste es nuestro paraíso, secreto e insaciable, que se niega a morir y se suplanta a sí mismo: escarbo en mi memoria y las imágenes vuelan enmohecidas… No te sorprenda ya el tiempo de la soledad, ni el abandono ni la dicha inesperada… Ahora llueve y el viento se ha callado… Y tú seguro sonríes, con el mismo cariño y afecto, a las contemplativas sombras de fantasmas que se unen a mí en el comienzo de la eternidad.
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