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Amada mía:
Te escribo estas palabras con la vana intención de aliviar mi alma de este sufrimiento que cada día se hace más insoportable. Hace ya un año que te fuiste pero tu recuerdo se mantiene inalterable en cada rincón de nuestra casa; tu dulce olor aún está presente en tu ropa que permanece tal y como te la dejaste aquel día, cuando me abandonaste, cuando lo abandonaste todo. Con cada día que paso sin ti se engrandece más y más el tormento que me consume y que no me permite vivir. Quiero que sepas que te he amado con todas mis fuerzas y que te sigo amando hasta la locura. Por eso y porque no puedo vivir sin ti, he tomado una decisión que me llena el alma de esperanza y alivio: ir donde quiera que tú estés. Ya sé que lo he intentado más veces y que no te he encontrado, pero esta vez sé que lo voy a lograr. Lo tengo todo planeado para que nada me falle. Ya sabes que cuando me propongo algo al final lo logro. Bueno, no todo, porque no conseguí que permanecieras aunque sólo hubiese sido un día más a mi lado. Comprendo que te tuvieras que ir, tu cuerpo ya no aguantaba más dolor, más desesperación, más ansiedad, más incertidumbre. Sé que he sido un poco egoísta queriéndote retener de esa manera, pero a mí todo me sobraba teniendo cada día el incomparable paisaje de esos ojos verdes que se fueron ensombreciendo injustamente y que un día reverberaban luz y vida. He encontrado un tren y no lo puedo dejar escapar, esta vez no, porque sé que es el que me llevará hacia ti. Sólo tengo que subirme a él y… ya está. Es sencillo. Mañana será el gran día. Te diré lo que voy a hacer: me levantaré temprano y miraré por última vez tu ropa, me acercaré a ella, la oleré y me llenaré de ti. Eso me dará la fuerza necesaria para continuar con mi plan de encontrarte, por si, en el último momento, las piernas me flojean. Después, me vestiré y calzaré y saldré a la calle. Dos, tres calles más y allí estará mi tren, esperándome o…, mejor dicho, yo lo esperaré a él sentado en la vía. Hasta mañana, mi amor.
Tuyo para siempre, tu amado.
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