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13 de febrero de 2012 Querido Fran: Hoy pasé otra vez por el puente del Nalón donde esparcimos tu recuerdo, tal como pediste en alguno de los pocos días que amanecieron capaces de dibujarte una sonrisa sobre el rostro crispado. Me pregunté si los restos exánimes de tu irritabilidad se detuvieron en algún remanso de los meandros o si alcanzaron ya los espacios abiertos para competir con las furias del Cantábrico. Suelo detenerme en este puente para escuchar el silencio. Cuesta creer que haya acabado todo, ahora que la paz crece en casa, se asienta en la piel, como una caricia, se oye por los pasillos. Tus hijos, todavía atenazados por la costumbre del temor, apenas acertaban a bailar sobre tu féretro cuando me confesaban los horrores vividos. Respiraban hondo muy a menudo, lo cual me extrañaba, probablemente habían perdido la sana costumbre de oxigenarse a fondo, y ahora corría a raudales el aire en sus pulmones. Inmóvil por una súbita parálisis escuche cómo el uno al otro se animaron a contarme las palizas recibidas, los gritos, las amenazas; todo ello cuando estaban a solas contigo. A mí no me pegaste nunca, lo intentabas pero me enfrentaba a ti, cobarde, trasladabas tu violencia a los objetos, los muebles, siempre lo que era mío, lo tuyo quedaba intacto. Tus hijos, los indefensos, eran las víctimas fáciles. Callaron todos estos años, por miedo a represalias. Algo me sorprendía encontrarles a veces con heridas o hematomas, cosas de chicos, decías, y ellos bajaban los ojos. Creo que mantuvieron la vista baja siempre, aunque yo les animara a fomentar la expresión corporal de otra manera, no era posible, en su hogar habitaba el terrorismo. Cuando llegaba a casa venía a saludarme Tatia con el rabo entre las piernas, las orejas bajas, la mirada asustada. Te preguntaba si le había ocurrido algo, si la habías reñido, o pegado. Mentías siempre, ahora sé que ella vivió su propio infierno canino. No se repondrá, no habrá un psiquiatra que la ayude, como a tus hijos. El Nalón continuaba su viaje, ignoro si puedes llegar a dañar también este río, como todo lo que te contenía. Acodada en la barandilla, sobre el cemento ajado del puente, me fijé en las hojas de los árboles que componen imágenes sobre la superficie del agua; algunas asemejan rostros humanos, como el tuyo. Una repentina turbulencia me ofreció la visión, ya sin horror, del último momento en que me amenazaste. Volví a evocar tus ojos inyectados, el cuchillo en la mano alzada, y aquella voz necrófila advirtiéndonos de que moriríamos todos, también los chicos. Ignoro en qué momento el cuchillo pasó a mis manos... No esperaba salir absuelta, conociendo la sociedad patriarcal en la que todavía nos movemos. Los vecinos, los amigos, no sabían nada, hipócrita, dabas tu imagen falsa muy bien lograda. Por suerte los chicos hablaron, hablaron como nunca lo habían hecho, hablaron con la calma del animal salvado que se recuesta en un prado para olvidar lo ocurrido. Hoy pasé por el puente del Nalón y recordé que mañana es el día de los enamorados. Cómo cuesta dejar de amar cuando has querido al hombre cariñoso y amable que oculta en un principio su verdadera personalidad y la muestra con el paso de los años, lentamente. Cuán difícil me resultaba marcharme y llevarme a los chicos cada vez que contestabas con ira a cualquier cosa que te dijera, después de cada insulto, cada desprecio, cada expresión de odio, cada amenaza que sólo cumplías en los menores, cobarde, cobarde... Mañana es el día de San Valentín y te escribo esta carta póstuma que arrojaré al Nalón por ver si es posible arrancar del alma, la mía y las de tus hijos, tanto odio depositado, ajeno, sin culpa, sin causa, tanto odio innecesario, por parte de la persona que elegí para que nos amara.
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