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Amiga amada: Vuelvo a ti como el amante perseguido por los celos, como el incauto a quién llevan entre la bruma y las prisas, como el turista accidental de tus altares perdidos. Olvidé el momento lejano de nuestro primer encuentro porque adivinaba que significarían unos meses disolutos donde apenas nada obtendríamos del mutuo acompañamiento aparte del recuerdo de un conocido más en un mundo cambiante. Como tantas veces, me sentí diminuto a tu lado como otro conquistador conquistado por tu inenarrable embrujo de sabiduría, belleza y rescoldos intemporales de tropiezos fatales. La poderosa atracción de la aventura juvenil fue la que me inclinó a conocerte a sabiendas que serías un trofeo etéreo e inseguro en la mitad de dos mundos y una espada de agua. Tus vecinos fuman y ríen y venden en el bazar tiempo y olvido; felicidad de rebajas en regateos diarios y divinos que me sumergen en ingenuidad y diligencia camino de algún lugar perdido. El acercamiento me llevó muy adentro desde lo alto de Gálata. Yo que venía para curar las heridas del cuerpo, y me descubro en las cicatrices abiertas del alma cuando a lo lejos me avisas con toque de recuerdos y reflexión que desvían mi atención y retrasan la hora de la cita. Completa mujer de tiempos mejores que acierto a comprender solo en parte cuando tus colores oscuros descubren cicatrices mal curadas por ungüentos de lágrimas y sal. Me dejas tocarte suavemente. Lo haces cada vez que me citas. Me compartes y me mimas para que no huya hacia otros brazos de oro que no puedes asaltar. Disoluta y complaciente, tenebrosa y lasciva. El silencio absoluto no existe cuando estamos juntos. Murmuras, gritas y agitas tu cabello al viento, te revuelves y me invades, aprisionas mis sentidos en mi cárcel de amor y no me quiero defender. Mujer cosmopolita de tiempos mejores, todavía confío que un hilo de racionalidad me de fuerzas para separarme. No despiertas la simpatía de mis amistades, no quieren conocerte porque temen que los seduzcas como a mí. Todos venimos de fuera, cargados de mareos, suspiros y sed, buscando un puerto y un vaso de agua, siguiendo una luz oriental. Cuando paseamos siempre aparece escondido a la vista del trotamundos, un lugar para reencontrarse donde leyendas urbanas de estrellas, cruces y medias lunas hacen su acomodo tan lejos que desde mi tierra natal no se adivina el horizonte levantino de tus edificios. Alegre, arrebatadora y sublime. Tus olores se mezclan con la humareda como el mestizaje de tu piel, a tu sudor salino y brillante de sol, arena y ruina. La cercanía de la acogida me ha ganado y han dejado de dolerme críticas y remedios de aquellos llamados amigos que me hacen huir de ti. Perdí la racionalidad una noche de tormenta artificial cuando las colinas sucumbieron al deseo. Los alfiles hirieron el cielo cuando la tierra guerra quería vencer al azul; entonces comprendí que, inconscientemente, había elegido compartir emoción y riesgo de la mano de los paseos por el bazar, donde mi interior manaba frases y poesías recogidas en libretos sin editar que iba componiendo en el temor y la excitación de convivir en el paraíso infernal equidistante del amor y del miedo. Cuando publico mis sentimientos te descuelgas como una amante descarada, con tus conquistas humanas y divinas que han sucumbido a tu embrujo de mediodía, de crisol de culturas, de sorbos y besos lascivos y viciosos. Así eres tú tan diferente a mí. Me atraes porque te desconozco, aún cuando me muestras todo lo que atesoras, pero también se escapan tus demonios que merodean mi vecindad a su voluntad y que sobreponen mi ánimo a la felicidad del momento. Oh Jerusalen de mis días y mis horas, de latidos acelerados en los cruces nocturnos; en los jóvenes de la Ciudad Vieja o en los colores y sabores de la santidad callejera. Misticismo, barricadas, urbe y carne. Fantasía del superviviente quién cree haberlo vivido todo para poner morir en paz cansado de acumular experiencias y vaguedades. Así me siento yo cuando estoy contigo. Varias décadas han pasado en espera del encuentro entre el viaje y la soledad. El azaroso destino en una nueva jugada ha querido unirnos para que te proteja de la enésima destrucción cuando eres tú quién me ha salvado de la perdición. Ahora te añoro ausente. Cuento los días separados con el sufrimiento por creerte en peligro sin mi presencia; volveré en el siguiente vuelo y te esperaré en los jardines de Getsemaní. Volveré sólo otra vez con la maleta vacía descargada de relatos y poemas, para que el amanecer limpio ofrezca una jornada apasionada, difusa e impredecible que me da la fortaleza espiritual que nunca creí poseer. Tu humilde ocupante: Mario.
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