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La lluvia atronaba cada vez con más fuerza, sin ningún resquicio de esperanza a cesar, y acompañada en todo momento de un fuerte viento, hacía temblar hasta los más resistentes escaparates. Las gotas provenientes del cielo llenaban tu rostro, siendo imposible de diferenciarlas de tus lágrimas durante su recorrido por las mejillas. Y allí, impasible ante todo, seguías de pie, sin mover un solo musculo del cuerpo, sin poder quitarme la mirada en ningún instante. Tu ropa, mojada ya por completo, parecía ser que era la única defensa que te quedaba. Por mi parte, aunque conseguía reprimir mejor mis sentimientos, en el momento que tus ojos miraron directamente a los míos, se me vino a la cabeza todo lo vivido en el último día. Mi llegada en barco, a un sitio del que desconocía hasta el color de las aceras, solo para verte, para estar cerca de ti. El primer acercamiento, que provocó aquel enrojecimiento de ambos, y que me permitió tocar tu mano por primera vez, aquellas con las que tanto me habías transmitido noches atrás. No podré olvidar, horas después de mi llegada, nuestro paseo por la playa. Con el sol coronando cada una de nuestras pisadas por la arena blanca. Nuestras pequeñas miradas. Nuestra conversación sobre nada, y todo a la vez. Pero ¿sabes qué?, cada vez que hablabas, no podía dejar de mirarte los labios. Tu voz, como el dulce canto de una sirena, llegaba a mis oídos y me atraía hacia a ti, a besarte. Pero en el último instante la vergüenza siempre me devolvía a la realidad, a estar sereno. Tras un par de vueltas por la orilla, y viendo como el atardecer iba sucediendo sobre nuestras cabezas, decidimos sentarnos y contemplarlo. En ese momento, pusiste tu mano sobre la mía, y dibujaste sobre mí la mayor sonrisa que recuerdo que haya estado sobre mi cara jamás. Y con un poco de valor, acaricié tu brazo de abajo hacia arriba, lentamente, sin estropear el momento. Con sutileza conseguí pasar el brazo por tu cintura y me acerqué hasta quedarnos los dos juntos, a la vez que nuestra timidez se perdía a través del mar más profundo. El día se había acabado, y nuestras miradas empezaban a acercarse, hasta dejar tu nariz junto a la mía. El reflejo de la luna, se te impregnó en tu lado izquierdo, y sin dudarlo empecé a acariciarlo. Dudé de todo, de que todo fuera verdad. Aquello me había transportado a un mundo de fantasías que nunca creí que existiera. Cerré los ojos, y creyéndome el príncipe de aquel reino, busqué los labios de la princesa a la que siempre anhelé. Saboreé el aroma de un sueño cumplido, el deseo de que todo se detuviera, y que sólo quedáramos tú y yo para siempre. En ese instante, me di cuenta que eras lo único que necesitaba, lo único que quería. Te habías convertido en mi mundo. La noche ya empezaba a caer por completo, lo que significaba que debíamos andar hasta mi hospedaje. Al llegar allí, preparé mis cosas y me dirigí a darme una ducha. Mientras el agua caía sobre mi cuerpo, mi mente no podía parar de temer por tu huida. Al salir, aún seguías allí, sentada sobre el borde de la cama. Me acerqué y besé tu mejilla, a la vez que destapaba aquellas rancias sabanas. Te levantaste, era tu turno del baño. Y en ese momento, yo aproveché para tumbarme. Cerré los ojos, estiré mis brazos a lo ancho y sonreí. La felicidad estaba haciendo acto de presencia, después de mucho tiempo sin aparecer. No había abierto los ojos aún, cuando noté que tus labios se posaban sobre los míos. Como mis brazos se enroscaban sobre tu cintura, y como quedábamos los dos en completa sintonía. Tu cabeza bajó, y se quedó recostada sobre mi pecho. Había sido un día mágico, estaba siendo una noche mágica… no era momento de estropear nada. No había necesidad de ir más allá. Así que alargué mi mano y apagué la luz. En total oscuridad yacíamos, sin poder vislumbrar cuál era el sueño y cuál era la realidad. Pues noches atrás, esa escena pertenecía al otro mundo, y ahora… cualquiera que hubiera sido el sueño, se hubiera quedado corto al despertar. Tú eras mi sueño, y ahora eras mi realidad. Ya había nacido una nueva jornada, el medio día se plasmaba en el reloj de la mesita de noche, y era el momento de despertar. Te acaricié el pelo, y te alenté con un pequeño susurro a que levantarás. Pude ver tu cara dormida sobre la mía, y ya con sólo eso, me habías sacado la primera sonrisa del día. Ni te imaginas cuantas mañanas anteriores había deseado con toda mi alma vivir esa escena al abrir mis ojos, poder verte despertar a mi lado. Las cortinas fueron abiertas, y un día lluvioso se mostró en un gran ventanal. La tragedia de la despedida ya se avecinaba, hasta las nubes habían pedido invitación para el acontecimiento. Y con la sombra a la espalda, pasamos el resto del tiempo sin estar un solo minuto uno lejos del otro. Cinco de la tarde, ya había llegado el momento. La lluvia caía cada vez con más fuerza y tu cara desolada me estaba partiendo el alma en dos. No pude evitarlo, tuve que acercarme de nuevo a ti, envolver nuestros brazos alrededor del cuerpo del otro. Dejar la cara frente a la otra, rozando la nariz, y dejando que las gotas inundarán nuestro momento más triste. Tenía que irme, tú no me dejabas marchar, se te notaba insegura, como si pensarás que no me verías más. Mis manos se dirigieron directamente a tus mejillas, para orientar tu rostro al mío. En ese momento, me fundí contigo en un largo beso, deseando que no tuviera final. “Volveré” te dije con la mano en el corazón. Me hiciste prometértelo, que decía la verdad que volvería ante ti para hacerte sentir igual de querida que este día. Te pedí que cerraras los ojos y así poder susurrarte en el oído cuanto te quería. Sin abrirlos, me respondiste, alumbraste mi corazón con el amor de tus palabras. Así, te dije que cuando lo necesitarás cerrarás los ojos y pensarás en mí, así yo volvería a estar a tu lado. Tras eso, despegándome poco a poco de ti, embarqué de nuevo en el barco. Y ahora, en el viaje de vuelta, deseando estar en el de ida, te escribo esto para que sepas que para mí eres más que una simple ilusión, que un simple sueño. Ahora eres mi realidad, mi mundo. Y no puede haber nada, ni nadie, que impida que vuelvas a estar alrededor de mis brazos.
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