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“Por una vez en toda mi vida, estaba más nerviosa por algo que no era un examen. Había decidido, en tan solo cinco minutos y el día anterior, confesar lo que realmente sentía a una persona de gran relevancia en mi vida. Por más que no lo supiera esa persona. Ya había tomado la decisión a sabiendas de que tendría que llevarla a cabo dentro de lo planeado si no quería acabar hecha pedazos de la angustia. Sabía que si alargaba más el momento, no podría soportarlo. Había decidido, a su vez, no recurrir a nadie. No quería, como tantas otras veces, preocupar a mis amigos, ni implicarles en más casos que, seguramente, parecían intentos febriles de llamar la atención. Tampoco quería que el rumor se adelantara al hecho. Pero la necesidad humana, o tal vez femenina, de compartir los sentimientos que desbordan, me llevó a dos personas que no tenían contacto con él. Me atacaron por tener la intención sincera de decírselo. Y de decírselo en persona. Consideraban que era mejor una manera impersonal de hacer llegar el mensaje. Yo, al borde del llanto y con un nudo en la garganta, aguanté toda la clase de distancias, puntos, rectas y planos. Pasé el resto del día como pude, sin abrir siquiera el libro de biología para echar un vistazo a un tema que no sabía. Había otra cosa que ocupaba toda mi mente y toda mi capacidad para pensar, razonar, concentrarme e incluso saber qué hacer a cada momento. Tras un examen razonable para la cantidad de ahínco que le otorgué, salí con la mayor sensación de desfallecimiento que había tenido jamás. Seguía pensando en bajar y decirlo, no sabía cómo a pesar de haberlo estado pensando una y mil veces en momentos inoportunos. Seguía pensando en qué decir. Lo que era más peligroso, estaba replanteándome si hacerlo. Mi pulso estaba completamente acelerado, tenía la garganta bloqueada, las manos temblorosas, los oídos taponados, el estómago en un nudo, todo mi mundo al revés, el cielo en el suelo, y mis ojos sólo discernían dos cosas: vacío y a él. La angustia, el miedo y el pánico, pero no sabía de qué. Sabía que no podía hacerlo si antes no hablaba con alguien… Necesitaba ser reconvencida de que era lo mejor, de que podía hacerlo. Isabel y Melanie se alternaban en esta tarea. Tras unos minutos, en los que la sensación abrumadora, desesperada, angustiosa y de desasosiego iba aumentando, me di cuenta de dónde provenía todo ese abanico de sensaciones que iban de los simples nervios hasta el borde de la histeria. Tenía miedo de su reacción. De perderle como persona con la que compartía tiempo. Miedo de que se lo tomara mal y decidiera que yo era una persona de la que había que alejarse por cualquier medio. Y, a pesar de haberlo intentado evitar con toda mi voluntad y fuerzas, aunque sabía que no era correspondida, me había hecho en mi mente una pequeña burbuja de anhelo y esperanza, que encerraba un pequeño sí. Tenía verdadero pánico de saber con certeza que había un “no”, aún sabiendo que se lo decía sólo por liberarme de las cadenas de la angustia y del posible “sí”. Totalmente irónico. Tras un último intento de convencimiento de Isabel, logré, de manera incomprensible y que ahora ni nunca alcanzaré a comprender, reunir fuerzas y valor para guardar a presión bajo una manta todo lo que me angustiaba. Seguía allí, pero lo apagué un poco para avanzar hacia él y con una determinación sacada de la necesidad de dejar de sufrir, le pregunté si podía hablar con él. Su respuesta afirmativa era obvia, así que lo llevé dos metros más allá de su habitual círculo, y comencé a hablar, esforzándome por hallar las palabras y no decir nada que no quisiera decir. Apenas comencé a hablar, todo lo que había guardado bajo la manta volvió a surgir, obviando mi deseo de mantenerme tranquila. Mis palabras fueron prácticamente vacías. Por alguna razón, él ya sabía mi intención, y eso me descolocó completamente. Tras un par de frases, con la mirada baja pero luchando por evitarlo, conseguí levantar la vista, fijar mis ojos en los suyos e intentar decirle sólo con la mirada lo que realmente sentía, hacer que entendiera aquello que dos palabras tan suaves y poco llenas de significado no podían decir. Cuando clavé mi mirada en sus ojos claros, brillantes, toda aquella sensación que me mantenía en tensión y atrapada, toda la agonía, desapareció de pronto, sólo para deleitarme y detenerme un microsegundo en su mirada, con la intensidad con la que no podría volver a hacerlo a sabiendas de que él no me quería. Y lo dije. “Me gustas”. Palabras débiles y vanas para tan sutil, enorme y puro sentimiento. El resto del diálogo no me importó demasiado… No lo había dicho explícitamente, pero quedaba claro que no había nada de su parte. Pero al menos me comprendía, lo entendía. Y, lo que fue más importante, me demostró que realmente no le importaba esa situación en una amistad que yo valoraba tanto, porque pasara lo que pasara, yo seguiría enamorada como estaba. Ciertamente era incómoda la situación, tras haber dicho lo importante. No negaré que me ayudó confesarlo, quedé en paz conmigo misma y liberada de la posibilidad del sí y su ignorancia. Pero tampoco negaré que sentí un pinchazo en alma y corazón al caer en la absoluta certeza de que un sentimiento tan grande que yo tenía se topaba con el vacío. Sin embargo, no me importa. Seguiré queriéndole, seguiré esperando, siempre, siempre se puede cambiar de parecer. Cierto es que no es como antes, ahora no tengo esa lacra ni esa agonía… Pero el amor no se va con una palabra y es un sentimiento demasiado pleno como para no querer tenerlo y rechazarlo. Estará ahí, aún cuando todo parezca imposible. Estoy mejor, no repuesta, ni bien, pero mejoraré y volveré a ser yo, alimentada por el sentimiento más bello en su estado más puro y sano.
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