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Adiós, Tienes razón en todo lo que dices, te mereces a alguien que te coja por la cintura y se duerma a tu lado, te mereces a alguien que te empuje el carrito de la compra y que te ayude a subir las bolsas por la escalera. Tienes razón cuando gritas que soy un cobarde. Por cobarde no puedo ser yo el que viva todo eso, porque por cobarde hoy te he visto marcharte improvisando el equipaje con todo lo que te has dejado esparcido por mi vida en las escasas horas que hemos pasado juntos frente a un café caliente. Quizás el momento adecuado para subirme al tren de tu cuerpo fuese el mismo en el que la cobardía se apoderó de mí. Me temblaron las piernas, las vísceras, y no pude acabar lo comenzado con las palabras y los besos. No era la inexperiencia, reconozcámoslo. Tampoco fue desgana. El deseo de susurrarte despacio, con voz tenue pero gastada –la única voz que sale ya hoy por hoy de mi garganta- teniéndote ya presa de un abrazo --vente a mi casa – aún me sobreviene en noches de calor. Sería el agotamiento que me provocaron las batallas que hube de librar antes de encontrarte. Demasiada sangre derramada por juegos de amor mal comprendido. Así que nunca te lo dije. No se acercaron mis manos, como querían, a tu espalda desnuda. No rodeé tu cintura con los dedos con la esperanza de seguir el dibujo curvo de tu vientre. Aunque confiaba en que me estuviese esperando tu piel. Confiaba en que también se estremeciese –como hacía la mía—al rozarte. Quise pasar las horas mansas de la madrugada a tu lado, pero ni una palabra hice salir de mi boca, ni un gesto se atrevió a escapar de mi.. No llegaron mis incisivos a tu cuello esperando que se liberase de ti un aliento delator. No llegó mi lengua hasta tus lóbulos en busca de una señal. ¡Cuánto de mis manos se rompió por no entrar en tu ropa y encontrar tu centro! No pasé de imaginarme mimándolo hasta que el sudor resbalase por tu espalda, dejar de ser dos para comenzar a ser uno. No llegué a desnudarte, --ni a desnudarme- para besar con lascivia recovecos más íntimos que los labios. Nunca supe si te estremeces o gritas, si te revuelcas o te hielas al jugar entre sábanas. No seré quien te ayude a bajar los platos del mueble alto de la cocina, no elegiremos ropa juntos, no tendremos que decidir el nombre de hijos que no serán nuestros, y que, sin embargo, sigo imaginando corretear por el pasillo. Tenías razón al marcharte, así que perdona que te pida una vez más que vuelvas con los gritos sin volumen de mis cartas. Te sueño.
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