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Mi querido Fabián: Hace pocas horas que he llegado a Frankfurt, y vengo pensando en ti todo el camino. De hecho, cuando el avión aún no había despegado, se me han saltado las lágrimas y una azafata ha aparecido rápidamente con un vaso de agua sin que yo se lo pidiera… Qué amable. No sé qué habrá pensado… Escucha, sé que tú te has conformado siempre con lo poquito que te dieran. Y que te basta con que haya ido para pasar contigo estos trámites tan engorrosos. Pero quiero que sepas que siento de verdad estar tan lejos en este momento tan difícil. Y me cuesta horrores volverme ahora, después de estos días juntos. Desde que me contaste lo de tu hermana, antes incluso de haber ido a Madrid, no dejan de venirme imágenes desordenadas de ella. Celia en la mesa de la cocina, Celia enseñando su vestido nuevo, Celia durmiendo en el sofá, Celia enfadada… Celia tenía el pelo del color que yo nunca me atreví a ponerme. Siempre miraba sus frascos de tinte en el armario del baño, cuando iba en mitad de la noche… muy en silencio, sin pijama debajo de tu batín. A veces, olí sus colonias y miré sus horquillas. Y un día le di un buchito a su colutorio sin pedírselo prestado. Se me había olvidado el cepillo de dientes. Muchas madrugadas, cuando volvíamos a tu casa, veía la línea de luz bajo su puerta. Y dentro, silencio. Ni sonido de teclas, ni movimiento de hojas, ni el rasguear de un bolígrafo sobre papel… Nunca te dije que me mataba la curiosidad por abrir esa puerta. Me hubiese gustado charlar con ella, preguntarle por quién no dormía… Pero tú siempre llegabas con urgencia de cama. Y al principio yo también, aunque a mí ya sabes que me duró menos... Todavía no sé por qué prolongué el momento, quizás porque sabía, incluso cuando te odiaba, que al final iba a echarte de menos… Y cuando me llamaste por la muerte de Celia, sentí que todos esos años volvían a pasarme por encima, como un bálsamo… Ahora esto es todo lo que me queda de vosotros. La pena. Y no quiero dejarla marchar. La muerte de ella me trae de bruces el pasado. Hace tres años no solo estábamos… también estaba Celia. A veces recuerdo hablar con ella, y que me miraba desde muy lejos, como un cachorro desubicado. Y enganchados a su ausencia, me van viniendo todos los días que viví contigo… Recuerdo el camino desde el Albero a casa, por entre el vecindario dormido…, y las calles con olor a verano, y las casas de dos plantas con sus verjas, y los cristales iluminados de una luz ámbar y las enredaderas colgando sobre las puertas de los garajes… Y pensar: “Ahí son felices, y ahí, y ahí”… Y entrábamos en tu casa con calor de horno y paredes color membrillo… Y una cenefa encarnada, y cuadros, y platos pintados, y acuarela… Y pensaba: “Aquí he sido feliz”… Echo de menos cómo intentaba que me entendieras, todas las noches y las mañanas, y echo de menos que intentaste demostrarme amor y no pudiste. Echo de menos la ternura del intento. Y estar esperándote y verte llegar, con tu traje tan de hombre y tus historias de oficina, tan de nadie. Y echo de menos, incluso tu distancia. Cada recuerdo que tengo contigo es de un domingo. O de la víspera de un domingo. Contigo no tenía nunca sensación de fin de semana. Nos despedíamos en tu coche cuando me llevabas a casa. Un beso holgazán de domingo por la tarde, y a través del parabrisas el cielo clareaba solo a un lado del horizonte... El cielo de los domingos que agoniza es una tortura… Y yo ya solo quería subirme a casa y dejarte marchar… “Noche llega ya, y termina con esta farsa”. Odio los domingos porque son una amenaza de lunes. Al menos el lunes hiere por sí mismo. Pero recuerdo nuestro primer otoño como un rescate. Imaginaba cenas y despachos, y punto de cruz y frutales… Recuerdo el 8 de noviembre, recién encendidas las calefacciones de Madrid. Tú sentado en el sofá, derramado bajo la manta de lana. Yo a tus pies, en el suelo, apoyada en la mesa baja y rellenando ejercicios de alemán. La cena en media hora. Quizás menos. “Ya oigo a tu hermana en el jardín”. “¿Vas abriendo el vino?”. Tu madre aparece en la puerta del salón. Mandil verde oliva con salsa de especias y carne. Te desperezas en el sofá, te estiras, empujas ligeramente mi cabeza con el pie y te echas a reír: “Eh, tú”. Ha llegado el olor a carne tostada y al otro lado de los ventanales ya no se ven los abetos ni las sillas del jardín, ni tu coche aparcado en la entrada. El cristal se ha convertido en un enorme espejo negro desde donde acecha mi reflejo. El reflejo de una chica que observa atenta, con un moño alto y mechones despeinados a los lados de la frente. Una chica sentada en el suelo con calcetines de lana. En mitad de un enorme salón pintado de amarillo. En las paredes cuelgan cuadros a carboncillo y acuarelas, y en las repisas hay adornos de otro tiempo. De antes de que la chica nueva apareciese en el guión. La chica estira el cuello y se arregla las horquillas. Hace años que desea saltar desde el otro lado, romper el cristal. Espantar al reflejo y sentarse en su lugar. Mi amor, no sabes los años que hacía que esperaba esa vida. Quedarme sentada a tus pies, terminando los deberes de alemán. Siempre allí, contigo en el salón… Y nunca en tu cama… Pero al final, así era cada día, que siempre recuperaba la perspectiva del mundo real. Y allí perdías toda la consistencia de hombre perfecto. Tus abrazos siempre insinuaban la urgencia del sexo. A veces, por la mañana en el baño, puse el secador a la máxima potencia y lloré. La garganta acababa doliendo de hilar tantos sollozos. Si solo me hubieses podido escuchar un poco más, si me hubieses querido necesitar… Tú nunca entendiste que al otro lado del cristal, te habría esperado toda la vida… Si hubiésemos podido enamorarnos. Quiero agarrar el primer día que bajábamos la cuesta hacia mi calle, en Navidad mirando al verano. Quiero contigo intentar y volver a fracasar. Quiero estar eternamente fracasando y volviéndote a buscar. Quiero desconocerte y re-conocerte otra vez. Que vuelvas a cambiar mi invierno en la parada del Circular. A soplar de mi cuerpo los restos del miedo… Y que de nuevo haya un día para gritar: “Hoy soy feliz”. La muerte de Celia me ha robado una aliada. Y ya no quiero escuchar a nadie decir que no entiende las razones de la muerte. Yo hoy te he dicho adiós, amor mío, y no entiendo las razones de la vida.
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