|
Botella número 15 (última), cristal ámbar
Taponada con el final de mi camisa, enero, frío.
Amada:
No podré enviarte más mensajes por esta vía, notarás que el papel es pequeño y las letras diminutas; sobre las botellas todo está dicho… se agotaron. Esta isla me engulle poco a poco, me estoy poniendo verde como los penachos de sus cocoteros y escasean los troncos en que no esté grabado tu nombre.
Me acompañan algunos papagayos a los que he enseñado la letra de tu canción favorita. Aquí, no existen luces, ni ciudades, el cielo es un enjambre que late hasta el alba y como lo único que deseo es tenerte en mis brazos, es eso lo que he pedido a infinidad de estrellas fugaces en todos estos años.
Podrás imaginar mi lucha constante con las olas que se afanan en borrar las letras de tus iniciales, que dibujo constantemente de un extremo a otro de esta inmensa playa. Levanté un cúmulo enorme de conchas, de aquellas que tanto te gustaban, semeja uno de los megalitos de la isla de Pascua, las he ido recogiendo día a día y he dado un beso a cada una, rogando que aparezcan tus labios.
Mi imaginación se ha enriquecido tanto con tu ausencia, que alcanzo a ver tu rostro dibujado en las nubes y cuando los cirros escasean, trastocando el cielo en un manto azul, entonces se me antoja que la
bóveda es un pedazo de tus ojos.
Cuando han llegado las tormentas y el sordo rumor del trueno enfada la tarde, recuerdo entristecido el día del naufragio, nuestro último abrazo y el juramento firmado a gritos entre la fiereza de las marejadas, en ese instante nos prometimos no olvidarnos a pesar de las islas, de la falta de remos o de brazos.
Te ama eternamente,
Tu náufrago.
|