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Querido Samuel: Esta mañana amaneció con una densa niebla, el invierno asoma con pasos helados y alienta maliciosa la nieve. Después del desayuno, mientras ojeaba una revista, algo llamó mi atención. El llamativo enunciado de una receta de cocina decía así: “Caldo de Láminas Recién Tostadas con Morrones y Ajos.” Toda una avalancha de sensaciones me asaltó con un ímpetu desconocido, pero no quise quedarme sólo en la superficie del recuerdo; necesitaba ahondar en su significado pues se trataba de algo muy querido, tu plato favorito: las sopas de ajo. A pesar de que la despedida –así lo creía– había sido consumada, el dolor del adiós aún permanece latente, quieto, desgarrador. La espita de la añoranza se ha abierto dando paso a momentos pretéritos que yo creía dulcemente dormidos. De este fluir de emociones no he podido apartar la imagen durante toda la jornada. Se trataba de un rostro plácido frente a un plato humeante: el tuyo. Lugares y objetos que estaban dormidos han despertado para evocar momentos que sólo fueron nuestros. Chuf, chuf, chuf..., hervían pacientes las sopas en el interior de un pucherillo de barro. Al caer la tarde, a la vez que remendaba o hacía primores, cuidaba con mimo la lenta cocción de unas láminas finísimas de pan tostado que, acompañadas de un pimiento seco, un par de dientes de ajo, una pizca de pimentón y un cachillo de chorizo de la matanza componían el plato repetitivo e imprescindible para la cena. El pan se abrazaba al embutido rojo y jugoso hasta fundirse en él, eso sí, tenía que ahogarse en agua pura; agua recogida en un botijo al atardecer en la fuente del “Berro.” Decías que el agua de ese manantial tenía propiedades especiales para los guisos en los cuales el principal ingrediente era la harina y que no había otra igual en kilómetros a la redonda. A veces, te regañaba sin comprender el motivo de semejante rutina, pero pronto olvidaba el enfado, sólo tenía que mirarte a los ojos para adivinar que nunca habrías de renunciar a tan arraigada costumbre. Al concluir la jornada, ya de anochecida, volvías con la azada al hombro, visiblemente fatigado, pero con el fuego intacto en los ojos. Atrás quedaba la espadaña de la ermita, la chopera y el río que cruzabas saltando las piedras. Alcanzada la otra orilla acelerabas el paso para disfrutar de un merecido regalo: nuestro apasionado encuentro. Yo te recibía en el zaguán con los brazos abiertos y al verte sudoroso secaba las gotas que perlaban tu frente con la punta del mandil. En un descuido, por mí provocado, mi falda salía volando tras nuestro efusivo abrazo. Pasó el primer invierno de nuestra vida de casados, le sucedió la primavera y el verano sacó de sus escondrijos a decenas de lagartijas de color verduzco; ese mismo verano advertí las primeras molestias de un embarazo deseado. Terriblemente mareada, los humores de mi cuerpo parecían calmarse de su baile incesante de jugos amargos cuando, con suma delicadeza, me dabas unas cucharaditas de sopa caliente. “Verás que bien te sientan –me decías henchido de orgullo–. Mi madre asegura que entonan el estómago de las primerizas. Verás que bien te sientan.” El tiempo pasaba, las estaciones se sucedían y nuevos hijos llenaron nuestra casa de alegrías y cuidados: padecimos los desvelos en las noches eternas que la fiebre atormenta a los niños, disfrutamos de los primeros avances escolares y aún compartimos con ellos desproporcionadas carreras pedestres entre padres e hijos. Como los tiempos no eran buenos, sosegamos la rebeldía originada por la decepción de los primeros empleos escasamente remunerados y, de acuerdo con nuestras posibilidades, remediamos sus problemas económicos. Poco a poco fuimos envejeciendo a su lado hasta abandonar la juventud alegre y bulliciosa mientras ellos se hacían hombres. Entre tanto la vida continuaba, noche tras noche, tanto si el sol derramaba su fuego adueñándose de las calles del pueblo como si el viento helado de diciembre lanzaba cuchilladas de frío que hacía temblar a los brezos, cenabas siempre lo mismo. Y lo hacías con el placer de la gente sencilla y bondadosa que no abdica de lo aprendido durante la infancia, que venera igual que un rito sagrado los hábitos heredados de sus ancestros como un homenaje reverente a los hombres del campo, a la tierra y sus costumbres. Así acepté aquella contumaz liturgia hasta hacerla mía y cenar los dos juntos unas coloradas sopas espesas. Más tarde, nuestros pajarillos, uno tras otro, dejaron el nido y volaron en busca de horizontes nuevos. Fueron despedidas desde el zaguán de la casa, despedidas como bofetadas al alma. Nos quedamos solos en esta casona grande y silenciosa. “Es ley de vida” –decías–, pero nunca nada nos había afligido tanto ni herido con daño tan fuerte. Abrimos puertas y ventanas para que el aire puro de la montaña ahuyentara la soledad que ya arañaba las esquinas enmudecidas de nuestro caserío. Apagado el entusiasmo, desvanecidas las ilusiones, aquella actitud tuya de observador silencioso te había envejecido prematuramente. Una tarde mientras contemplábamos la ermita de la Virgen vecina de las nubes, te apoyaste sobre mi hombro dispuesto a emprender el camino en busca de lo inefable. Te fuiste sin hacer ruido, sin un gesto crispado que anunciase el final del ocaso. De nuevo otro invierno se acerca. La oscuridad anda ya metida en el monte, pronto llegará con su velo húmedo para empañar los cristales. Recordándote, prepararé mi pucherillo de sopa. Será un momento mágico, mi ánimo se elevará y estarás a mi lado de nuevo. Añorado Samuel, todos tenemos una historia interminable después del instante en que nos acoge la tierra. Lo que importa es el mensaje que dejamos tras haber cruzado los condados de la muerte. ¡Cómo son las cosas! Parece mentira que unas sencillas sopas de ajo hayan sido capaces de provocar el recuerdo de todo lo bueno y hermoso vivido a tu lado. Por siempre.
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