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 Asunto: Carta nº 28
NotaPublicado: 06 Dic 2011, 13:44 

Registrado: 04 Nov 2011, 21:27
Mensajes: 7
Carta de amor y de desesperanza
Ayer nada más tu voz venía a mi recuerdo como viene el cierzo en el invierno destemplado. Y yo sentía que aquella voz penetraba en mí con su raudal de años y de memorias, y que luego se alejaba, paulatinamente, como cuando nuestros pasos se alejan en la arena, dejando huella momentánea con nuestras pisadas. Te sentía entonces como antaño, cuando solías estar cerca de mí, merodeando. Yo te amaba entonces, y tú, tal vez a tu modo, también me amabas a mí; si bien nunca podré saberlo.
La lejanía de nuestra edad, nuestros remotos pensamientos y estados, nos llevaron a separarnos más de que hubiéramos deseado. Yo reconocí que faltaba algo en aquel momento, entre nosotros dos, aunque nunca supe qué. La desesperanza es un mal intrínseco, un mal que se alza sobre los pilares de la desolación. Tanto tiempo esperando ¿para qué? Tu lejanía duele en la impaciencia de mi alma.
Ayer te amé; ayer eras canto de mi afán y hoy dueles tan dentro, que ese mal aciago que provoca el amarte me hace no poder soportar su tormento. Ayer te amé y hoy mi espíritu estoico se abriga en su propio padecimiento, en su desasosiego. Quise ser de ti, permanecer a tu lado, y tú me has rechazado con un ímpetu impropio de un amante. Rogaba tus caricias en vano; suplicaba tus besos ardorosos y tu sólo me has cedido un “no” rotundo e hiriente; y así con esta llaga he vagado todos estos años.
Aún te amo y este malestar que siento es inmenso. Tú nunca me has prometido nada, bien es cierto, pero no me logro arrancar tu imagen permanente de mi ser.
Ayer te amé y aún lo hago. Y busco a tientas, sin consciencia, tu cuerpo todo y tu alma envenenada. Pronuncio tu nombre a solas y me sabe a vano; y su regusto amargo se vuelve acíbar en tus difusos labios. Pronuncio tu nombre y me pregunto qué hice mal para que te alejaras de mí.
Ayer te amé y tú lo sabes; todo es dolor en mi pecho al recordar el pasado.
Siempre sentí una afinidad por tu forma de pensar, por tu inteligencia preclara, por tu suave voz. Creí encontrar en ti un hombre cabal, único, un hombre que supiese hacerme feliz como no lo había hecho ningún otro, pero… ¡cuánto me equivoqué!
Tú en todo momento te negaste a mí. Sólo me quedabas tú en el mar infinito de la desesperanza. Hubiera anhelado tomar tus manos y mirarte a los ojos como mira aquel que desea encontrar un espíritu afín en los ojos que lo miran; hubiera deseado… ¡tantas cosas! Si bien, ninguna de ellas se ha cumplido en tu persona. Antes alimentabas mis ilusiones con tu presencia constante, con tu voz grave que llenaba hasta el último rincón de mi cuerpo. Ahora tú me faltas y yo desfallezco languideciendo de pesar.
Los sentimientos fluyen dentro de mi ser, inevitables, pese a que no acudes al ruego de mis palabras. Te pediría, no obstante, que acudieses a mi llamamiento, que hicieras acto de presencia ahora que te necesito. ¿Dónde estás? ¿Te has olvidado acaso de mí? ¿Es que no recuerdas cuánto me querías? No, no te acuerdas; lo has olvidado todo. ¡Es tan inútil el afecto y la fidelidad en un hombre! Y ayer afirmabas que yo te era infiel, que no te quería, que me había cansado de ti; ayer yo te idolatraba porque eras mi maestro y el guía de mi amor incondicional; hoy, sin embargo, no eres más que una sombra que se desvanece, memorias inevitables de un pasado marchito.
Aunque te quiero porque para mí quererte es igual que respirar. Consuélame al menos con unas palabras: dime al menos que no me odias. Reconozco que he sido egoísta en muchas ocasiones y me culpo de no haberte querido como tú te merecías. Perdóname, si es que te está permitido, pero no me apartes de tu lado, no me alejes de ti, al que tanto he amado en esta desesperanzada vida.
Y en el delirio, al ver que no te puedo retener, ansío llorar largamente. Esta languidez que me envuelve no es más que hija del sufrimiento, vástago de la continua lidia. Sufro y deploro el estado en el que hallo.
Quisiera acercarme a ti en la penumbra, a tu abrazo invisible para fundirnos en él, pero es imposible tu solo contacto. Quisiera al menos tu voz, sentirte cerca, verte de lejos, palpitante y único, y no como una ensoñación incorpórea.
Ayer te amé y tú lo sabes.
Ojalá esta carta desesperanzada caiga en tus manos y la leas con detenimiento; en ella van mis alegrías y mis pesares, en ella mis lágrimas y la dicha que tú te has llevado contigo.


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