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Carta nº 43
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Autor:  Concurso [ 13 Dic 2011, 20:28 ]
Asunto:  Carta nº 43

CESIÓN DE SOBERANÍA

Ahora que el teléfono parece haberse quedado mudo, y el sofá del salón ha enviudado como un abedul en pleno otoño. Ahora que recorrer el pasillo de mi casa se me antoja una carrera de fondo, y me falta el oxígeno en las mismas proporciones en que me escasea la sensatez. Ahora, que mi fortaleza que presumía de tener carácter de roble, ha adoptado el cuerpo de un sauce llorón, y mi interés por la vida se limita a continuar respirando. Ahora que la deriva se ha convertido en la única dirección que reconoce mi GPS. Ahora, que simplemente estoy sin ti. Justo ahora, en un momento de lucidez, tal vez inoportuno, en esta noche sin fecha de caducidad, he descubierto cual es la verdadera naturaleza del amor. Del nuestro, si es que algún día lo tuvimos, y me siento en la necesidad de hacértelo saber.
El amor es una cesión de soberanía. Supone entregar una parte de tu territorio, someter tu autonomía a un factor ajeno. Igual que lo hacen los países tras haber perdido la guerra. Y lo cierto es que a nadie le gusta verse obligado a firmar una cesión de este calibre. A nadie le agrada depender de otro para sentirse completo. Es por ese motivo y razón, que yo, que además de ser poeta soy cobarde, celosa de mi soberanía y temerosa de perderla, retiré mis labios de la firma de aquel beso. No dudé en escaparme, como la Caperucita que corre huyendo del lobo, y en realidad lo está haciendo del guardabosque de sus sueños. No dudé en escaparme de tus manos, tomándolas por esposas, cuando en verdad sólo ansiaban ser mis alas. Dibujarlas a golpe de caricia en mi espalda. Me negué a la cesión de mi territorio, sin saber que mi piel hacía tiempo que era territorio conquistado. Me resistí ante la ocupación de mi espacio, sin saber que todo el que necesito es el que media entre tu aliento y el mío. Rechacé el pacto que tu voz proponía a mi oído, y tu boca entreabierta anticipaba. Por no perder ni un gramo de mi soberanía, y hacer de mis pensamientos tus vasallos. Pero qué inconsciente fui al no darme cuenta de ya había perdido la guerra. Desde el mismo día en que ocupaste un asiento junto al mío en el autobús, habías invadido mi territorio. Desde la primera vez que me miraste, mis tropas se habían batido en retirada y mis versos sólo suplicaban que tu recuerdo los gobernara.
Desconocía entonces que la sensibilidad lejos de ser defecto, es arma. Desconocía que un corazón que necesita del tuyo para estar completo, lejos de ser una enfermedad, es una fortuna. Desconocía que el mundo que pretendía poner bajo mis pies es el mismo que cabe en uno sólo de tus besos. Olvidé que tan sólo en un corazón incompleto hay sitio para alguien más. Y sólo ahora, a tenor de esta noche que parece haber sido concebida sin ningún amanecer que le ponga fin, he comprendido la realidad. La vida que pretendía construir es tan sólo un puñado de andamios vacíos sin ti. Nunca tuve futuro como arquitecta, y prueba de ello es que tan sólo he sabido edificar muros entre tú y yo. Y el miedo suele ser un buen ladrillo.
Con la esperanza de poder trazar un puente entre ambos te escribo esta carta. Porque se me da mejor diseñar paisajes de palabras, y porque hay algo sobre la cesión de soberanía que no sabes aún. Y es que sólo entregando parte de esta autonomía, de tu propio espacio, se forjan las grandes alianzas. Es así como se fraguan los Imperios, como se consolidó el sistema feudal de los ilustres caballeros, como se conforman las confederaciones de países. Aspirar a la grandeza, al igual que aspirar a la felicidad, no lo puede hacer uno solo.
“Tú”, “yo”, son sólo dos letras, palabras muy pequeñas compradas con un “nosotros”. Ahora sé que a veces es mejor ser una mitad en vez de un todo. Espero no haberme dado cuenta demasiado tarde, no me dejes incompleta para siempre. Tú eres el tacto para estos diez dedos que buscan desesperadamente atravesar la frontera de tu ropa. Tú eres el contrapeso perfecto para esta desequilibrada balanza de sentimientos encontrados. Tú eres la melodía, el ritmo y el pentagrama, de esta voz que te susurraría al oído hasta quedarse afónica. Tú eres el rehén de las musas, la tinta, y la razón de su derroche. Yo sólo moldeo las palabras, tú les das sentido. Tú eres la calefacción central del iglú en el que vivo.
Y aquí me encuentro, al final de este compendio de renglones huérfanos de tu cariño, suplicando por tenerlo. Tan sola como una poeta llenando hojas en blanco en un vagón de tren. Tan nostálgica como la lluvia que muere al estrellarse en su ventana. Tan arrepentida de ese último beso, como lo estuvo Judas del suyo. Tan paralizada como un reloj sin agujas. Sin ti soy una escultura de piel y huesos. Por suerte, fui tirando migas de pan que me recordaran el camino hasta tu casa. Igual que fui tirando las migas de tu amor sin fijarme siquiera en el camino al que eso me llevaba. Tan sólo dime, si hoy me aferro a la esperanza y retrocedo siguiendo ese rastro de migajas hasta ti, ¿podrán tus labios ofrecerme una tregua? Hazlo, quédate a mi lado, no me dejes ser una silueta de versos inacabados.

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