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 Asunto: Carta nº 47
NotaPublicado: 13 Dic 2011, 20:31 

Registrado: 04 Nov 2011, 21:27
Mensajes: 7
La cortina del baño

Hoy, por fin, he tenido el valor de volver a nuestro piso a por mis cosas. Estaba tan desangelado, tan solo, que pareciera que el sol se hubiese instalado en él borrando cualquier huella que pudiera seguir viva. Me ha recordado a esas películas neblinosas, donde nada es lo que parece y la luz es la única chispa de bondad que antecede a la desgracia.
No sé si me entiendes, aunque tampoco importa.

He llevado un montón de cajas vacías, aunque no habían demasiadas pertenencias que quisiera conservar de nuestro más que fugaz encuentro, al final las he ido llenando todas como un autómata sin conciencia ni arrepentimientos. Ya lo ves, las intenciones nunca me han bastado cuando se trata de ti, ni tan siquiera en esta despedida a solas frente a un taquillón sin fotografías ni figuritas de comunión.

Cuando he entrado al cuarto una mitad de mundo se ha derrumbado frente a mis pies, de repente un "No digas que no" de Urquijo, de aquellas noches de insomnio, me ha retumbado en las sienes y un olor a madrugada enjaulado en tu pelo me ha amordazado allí mismo sin dejarme respirar. Pero he conseguido sobreponerme, como casi siempre y, tras coger un par de calzoncillos y una camiseta licenciada en años, he proseguido con mi reconquista de enseres por el resto de la casa.

He salido al balcón, a respirar de aquel aire que supuestamente nos iba a durar de por vida, a mecerme en el vaivén de los naranjos y dejarme soñar con las risas de algún niño que nunca llevará nuestros escudos. Me he tumbado en el sofá esperando el sonido de una puerta que ya siempre permanecerá abierta y, más tarde, he abierto el cajón de los tesoros para terminar de morir antes de la hora de comer.
Allí, en el fondo, bajo tantas cartas que he vuelto a escribirte con los ojos, sobre una mancha de tinta de sabe dios quién y al lado del álbum de momentos que me regalaste por nuestro único aniversario, estaba el lienzo doblado de nuestro amor eterno.
Tal vez para ti sea una insignificancia, es posible, pero yo he dejado resbalar una lágrima en honor al arte y la imaginación de aquella primera tarde.

Lo recuerdo tan nítidamente que casi me da miedo, que he temido por un instante no ser o no estar en el lugar que creo que me corresponde.
Aquel día nos instalamos en estas cuatro paredes, éramos dos ilusos con un par céntimos en el bolsillo y el alma de punta. ¿Recuerdas?. Nos anotamos en una servilleta todo aquello que nos iba a hacer falta en nuestra nueva vida en común y salimos, tan decididos como enamorados, a comprar al chino de la esquina. No nos daba para más, pero la ilusión no hubiera podido caber en un cielo al completo.
Allí compramos esta cortina blanca, la más barata, humilde como nuestro amor sin más pretensiones que el propio amor, suficiente para guarecernos de los besos húmedos y los baños milimétricos.
Y esa misma tarde, tras la mudanza y con una pizza sobre la alfombra, comenzamos a desbordarnos el alma sobre ella.

Allí, de un millón de formas distintas, de mil colores, de mil sabores, dibujamos nuestras iniciales guarecidas por las curvas de corazones en celo, nos dedicamos frases propias y de otros, nos juramos, nos convencimos, nos imaginamos caminando al ras de un sentimiento indestructible.
Allí inventamos una poesía propia, capaz de protegernos de todo y de todos.

Más tarde nos dio pena y decidimos guardarla, hubiera sido un crimen acabar con ese derroche colorido de creatividad tan pronto.

Debiera haberla roto en mil pedazos, haberla calificado de absurda y haberla lanzado al vertedero junto con tus labios. Pero no puedo. Además, quedó muy original.
La he guardado en una caja, junto a un puñado de calcetines y la freidora, he mirado atrás como un galán de película destronado y me he fugado de allí para no volver.

La he colgado en mi bañera, en la de mi piso sin ti, en mi vida sin ti.
Eso sí, del revés, quiero que el agua sea la única culpable de diluir cuanto fuimos, yo no tengo valor.

Cada día, cuando me duche, apuntaré sobre nuestros corazones hasta arrancarle un pedazo, sobre tu nombre para que al pronunciarlo los labios no me sepan a ti, y sobre el epicentro de nuestras promesas para no sentirme más culpable.

Así, quizás, aunque los recuerdos vayan cojeando y todavía sean capaces de llegar hasta mí, algún día consigan desvanecerse por completo y esa cortina vuelva a ser blanca, como antes de conocernos, como mucho antes de amarte como todavía lo hago.

Y nada duela demasiado como ahora.


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