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| Autor: | Concurso [ 04 Ene 2012, 22:28 ] |
| Asunto: | Carta nº 84 |
De qué le servirían unas alas al que está encadenado? No harían más que aumentar su desesperación. Miércoles, 20 de abril, 22:53. Acabo de regresar. Anduve por ahí un rato, sin rumbo fijo… pretendiendo, inútilmente, esconderme de esta realidad odiosa que me tocó en suerte. Hecha de frustraciones, evasivas; pretextos todos que terminan invariablemente en lo mismo: la soledad por circunstancia. Con tal idea fija caminé por la carrera séptima hacia el norte. Entre tanto, buscaría formas de olvidar estos dos últimos días a tu lado, hacerle frente a la situación, exorcizarme de esta obsesión perversa de quedarme contigo, de arruinarte la vida a cambio de nada, de empezar a aceptar que te fuiste, que tu adiós es perentorio, y que nunca vas a volver. Dejé de hacerlo, me refiero a que detuve mis pasos, cerré con fuerza los puños en el fondo de mis bolsillos. Acto seguido apreté los párpados; descendió de mis ojos una lágrima amarga, mezcla de dolor e impotencia cuando advertí que en mi afán por reunir fuerzas para aceptar tu partida, recorrí las mismas calles que alguna vez caminamos. Tras unas cuantas horas malbaratadas buscando en vano el consuelo esquivo de la enajenación fueron la agonía y la tristeza quienes me arrastraron de vuelta a casa. C, luego de dejarte tuve miedo de volver. No quería desandar el trecho que caminamos juntos tomados de la mano… esta vez solo, cuesta arriba, sintiendo el nudo en la garganta y el vacío en el pecho que queda cada vez que te vas. Me torturaba la idea insufrible de encerrarme (solitario, abatido) en mi habitación luego de haber pasado todo el día anudado a tu cuerpo desnudo. Tumbarme en el catre (que en tu afán por marcharte dejaste a medio hacer) a respirar tu aroma impregnado en la almohada, a echarte de menos desde ahora y sin remedio aparente. Intentaba evitar escuchar cómo cada cosa en este lugar me habla de ti: el cerro siempre gris y velado, los libros que leo, las páginas que escribo en mi libreta, tu figura reinventada que recorre descalza las esquinas de este cuarto, las notas tristes arrancadas a esta armónica malhadada, la lluvia incesante, el colibrí que a diario canta en mi ventana. Aun así, con todo en mi contra, quería dejar de pensar en tu adiós definitivo. Te fuiste… para ti fue lo más natural. Era una decisión que debía tomarse… sostenerla en el peor de los casos; no dejar lugar a dudas, partir sin mirar atrás. Sabes, aún tengo fija en la memoria tus palabras. No voy a copiarlas; leerlas sobre la página duele. Quizás no sean las últimas que te escuche pronunciar, quizás no sea la última vez que te vea. Quiero creer que habrá tardes en que la cortesía te obligue a hacer un alto en el camino, a intercambiar conmigo impresiones breves respecto de cualquier cosa… nada trascendental. A escondidas imaginarás pretextos que pudieras esgrimir para evadir la situación. Dejarás que aflore en tu rostro la más inexpresiva de las sonrisas, preludio de un “me tengo que ir”: pase mágico con que conjuras al azar inoportuno. Sabes, aún tengo fija en la memoria la imagen lacerante de tu rostro demudado, de las lágrimas suplicantes que se precipitaban en vertical hasta humedecer tus labios, la impresión de tu fortaleza mal fingida. No sé por qué lo hago, pero creo que desde que te conocí desarrollé de manera instintiva la necesidad de atesorar cada uno de tus gestos… llevar siempre conmigo una provisión generosa de sonrisas, palabras, abrazos… y usarlos como mejor me convenga cada vez que debo hacerle frente a esta realidad de estar sin ti. Quiero escribirte pero no sé por dónde empezar… no se cómo decirte adiós... no quiero hacerlo. Sé también que peco de egoísta, que tienes una vida resuelta al lado de tu familia, que te fallé: prometí no enamorarme pero al final no pude hacerlo. Sucumbí demasiado pronto, sin oponer resistencia a tus caricias, sin pensar el desenlace. Estoy aquí, sentado en esta silla vieja e incómoda rodeado de imágenes; evocando diálogos llenos de comentarios simples; recordando risas, rabietas, ocios aletargantes conque solíamos robarle tiempo al tiempo, matar cada tarde antes de volver a la rutina. Este espacio breve e improvisado en que nos prodigábamos placeres prohibidos… hoy sin ti, sin la posibilidad de que vuelvas (desprovisto de todo misticismo) resulta opresivo, depresivo; es apenas la celda en que conminado deberé convivir con tu ausencia. Aun así, con todo en mi contra, quiero dejar de pensar en tu adiós; quiero escribirte pero no sé por dónde empezar. Siempre escuché que en las historias mejores, en las que vale la pena contar, los episodios se suceden sin dilación, las imágenes se superponen, tensión e intensidad subyugan sin tregua al lector abnegado, imponen su respiración. En éstas, el mundo narrado posee voluntad propia, se desmorona desastrando todo a su paso. Generalmente son historias tiranas, reticentes a los finales felices. Sabes, C, fantaseé siempre con la idea de escribirlas. Lápiz en mano emborronaba hojas de papel, confiaba en la trama, creía en los personajes, recreaba para ellos un mundo tosco generoso en vejaciones. Creía de este modo aportar interés al argumento. Pese al esfuerzo invertido el resultado siempre fue el mismo: copias pésimas de historias ya leídas. Dejé, entonces, de escribir, sepulté el lápiz en el fondo del cajón, nunca más (hasta hoy) afilé su punta de grafito. Roto el silencio, escribo con torpeza mi historia; una historia vivida, de esas que duele, que lastima. Cuenta la experiencia que reduce a un hombre al fantasma obsedido tras una quimera inasible. Con todo, dudo que sea ésta una buena historia (no sabes cuanto lamento que seas parte de ella). Soy, con toda honestidad, el remedo esperpéntico de un personaje plano, mal logrado, indigno frente a las circunstancias… burlado por su destino mediocre, justificado por la ingenuidad del atrevimiento. No encuentro un comienzo que valga la pena consignar. Dejo con desgano el lápiz mientras pregunto: ¿tendrá algún sentido evocar situaciones por los dos harto conocidas, empezar por el recuerdo de mi confesión imprudente, de encuentros forzados repudiados después por la culpa? ¿Qué tan interesante puede resultar a otros el mundo en ruinas de un sujeto solitario, desposeído en el sentido más amplio e inmisericorde de la expresión, desprovisto de principios, atravesado por la miseria y la mezquindad? Prefiero no conjeturar respuestas… sin embargo, las preguntas vislumbran ya la causa de mi soledad recurrente. Tampoco encuentro un final que redima. Tal vez lo mejor sea aceptar de nuevo la derrota… dejar que te vayas… aceptar que te fuiste. Decirte adiós. Agradecer en tus besos la revelación de un universo velado. No escribir nunca esta carta… tirarla, en su defecto. Remontar el vuelo esperando que de entre la distancia y la fatiga surja el olvido. Tal vez lo mejor sea aceptar, con tu adiós, la más dura de las derrotas. |
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