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Amor de domingo 10 de enero de 2012
Amado Luis,
Te escribo esta carta, aunque sé que jamás la leerás, pues se me ha prohibido enviártela, mas bien la redacto por instrucciones de mi psiquiatra como una estrategia “de olvidar”, dice ella, “de liberar mis sentimientos”. Sin embargo yo me resisto a dejarte ir, pues me satisface quererte aunque sea en secreto, porque con este amor he aprendido que aun cuando el silencio es un sanguinario genocida, una bestia tosca, mezquina con el corazón, no es el amor unidireccional un castigo. Al contrario, me gusta, me enciende. No lo niego, me complace mirarme al espejo y ver que ahí tú estás, en saber que mi reflejo se ha vuelto el tuyo, se ha hecho uno, y ya no puedo recordar si yo vivo porque tú habitas hasta en mis más recónditos pensamientos o porque naturalmente, sin razón alguna, mereces que yo viva para ti. Sí, te has apoderado de mi existencia de un solo golpe, y la singularidad de lo que un día fue mi “yo” ha perecido, se ha apagado, ha cedido su reinado a la maravillosa pluralidad del “nosotros”. Ahora sólo somos nosotros… Tú y yo cohabitando en mis adentros, en mis reiterativas ansiedades, en mis redundantes obsesiones y allí se repite el milagro de amarte, una y otra vez, hasta el desgaste de mi cuerpo. Y así, entre placeres callados, yo me renuevo, vuelvo a ser con tan sólo pensarte. No me importa lo que diga la sociedad, mi psiquiatra o lo que establezca el mismísimo Dios sobre este amor que padezco, que sufro, que me tortura y me deleita, yo sé que un sentimiento tan vivo, tan ardiente, tan genuino jamás podría ser enfermizo o pecaminoso… Porque aunque es un amor oculto, es el más bello de los amores. Lo sé… Estoy segura, convencida de que así es. Admito sin vergüenza alguna, sin pudores o recelos, que te amo desde el instante en que te conocí, desde la metamorfosis del mundo, su reinicio, desde ese momento fantástico en el que un cosmos de vicios y perversidades evolucionó para transformarse en un mundo justo, virtuoso, sensible… Jamás olvidaré la tarde en que tus ojos, tus hermosos ojos verdes… provocativos… tentadores como fruto fresco y prohibido me revelaron el más grande de los secretos, ojos que me hablaron de la pasión y el heroísmo… Y en esa fugacidad de segundos imaginé que nos hicimos amantes, que nos quisimos con demencia, con la vida misma, todo entre una mirada y un pestañeo… Te juro que aquel domingo lo llevo inmortalizado en mi memoria, el sacro domingo en el que te descubrí, porque con un simple cruce de miradas me enseñaste la relevancia del verbo. Y te amé, y viví, y creí… Me niego a continuar solapando con gestos comunitarios el fuego que consume mi espíritu, el deseo que yace en mi vientre y exclama a gritos que tu físico me invada como ya lo ha hecho tu alma. Te anhelo con furia, con el cuerpo, con coraje y mientras tú desconoces de los caprichos de mi piel mis hormonas se alzan, se sublevan para exigirme tu consumo; sin embargo, por alguna razón que ha logrado ser más fuerte que las fogosidades carnales, te niegas a entrégame lo que por deber tendría que ser mío… Tu actitud terca, reticente, me impulsa a acariciarme… Me disfruto yo misma como una solución temporera de calmar las ansias, como un intento de controlar lo irrazonable. Poco a poco voy autoexplorando mi geografía, invadiéndome, colonizándome, atacando mis estuarios y puedo afirmar que aún sin tú estar yo te siento, te vivo a través de mis manos, mediante mis dedos tú logras poseerme, adueñarte de mí… Y el dulce pensamiento de creerte tan mío, tan propio, brota en mis entrañas y siento que el vientre se me quema, que se deshace como meteorito durante su travesía descendiente en la atmósfera… Se me hace imposible olvidarte, no quiero controlarme ni obedecer las instrucciones de mi psiquiatra, pues al fin de cuentas ¿qué sabe ella de amores? Ella jamás comprenderá nuestro romance… No importa qué dicte el mundo, yo te quiero sin dudas. Te amo de mi parte y me amo de parte tuya. Te sigo y me persigno, te adoro y me desvelo. Dentro los silencios que moran en mi cabeza me he vuelto tu concubina, tu esclava, tu seguidora, y aunque para cualquiera la mudez de este amor terminaría siendo el asesino de mis sentimientos, el inicio de mi locura, no es así entre nosotros, este secreto oculto en mi corazón crece con la indiferencia, con tu desconocimiento. Ya se lo confesé a Dios y a mi insensata doctora, y ahora, con esta carta procuro pretender que desde ahora también lo sabes tú. Sí, te amo desde el segundo en que descubrí tu rostro, desde el instante en que tu imagen se pasó frente a mí, desde aquel domingo en el que estabas en el altar, de pie, con actitud sublime, altiva y gloriosa, repartiéndole a los fieles el vino y las ostias.
Por siempre tuya, nuestros, Valeria
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