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Bárbaro, mi sueño:
Mi padre era un apasionado de las carreras de caballos. Yo era un apasionado de los caballos. Y el momento más emocionante de mi vida fue cuando te conocí, Bárbaro, en la pista del hipódromo. Eras el purasangre más fantástico que había visto nunca. Y ten por seguro que había visto muchos caballos. Desde niño, no había domingo que mi padre no me llevara al hipódromo con él. Que no aprovecháramos cada fiesta, cada día de vacaciones, para ir a visitar los pueblos donde sabíamos que aún pastaban los caballos en las praderas. Me gustaba acercarme a ellos, acariciarlos y oírlos relinchar. Siempre soñé con tener uno, pero nunca pudo ser. Costaba demasiado una caballeriza de alquiler. Y a mi madre nunca le pareció una buena idea tener un caballo en casa. Vivíamos en la ciudad, en un piso pequeño, sin más zona verde que un diminuto parque cerca del barrio. Era del todo impensable tener un caballo, hacerlo subir tres pisos por las escaleras y que durmiera conmigo en mi habitación. “Nos tendríamos que salir de casa para que tu caballo pudiera entrar. Todos aquí no cabemos”, me decía mi madre siempre que volvía de las carreras y le pedía un caballo para mí solo. Lo más parecido a un caballo de verdad que tuve fue uno de madera. Era un balancín, y cuando me subía en él, trotaba y relinchaba sin parar de correr. Los dos vivimos miles de aventuras, y juntos vencimos a los piratas más sanguinarios, a los guerreros más fieros y a los caballos más veloces. Siempre éramos los primeros en llegar a la meta, adelantando al tres, pisándole los talones al cinco, rebasando al dos, y con un pequeño esfuerzo más alcanzando al uno… gritando “¡¡¡CAMPEONES!!!” con todas nuestras fuerzas. Éramos los mejores, hasta que llegaste, Bárbaro..., y me arrebataste el corazón. Eras invencible en las pistas. Adelantabas al tres, pisabas los talones al cinco, rebasabas al dos, alcanzabas al uno…, ¡¡¡y ganabas todas las carreras!!! Pronto comenzaste a ser tan famoso que dejaste el hipódromo del barrio para concursar en otros hipódromos más importantes, en ciudades lejanas de las que nunca habíamos oído hablar. Pero de ti sí hablaban. Hablaban los periódicos y la radio. Todos se hacían eco de tus éxitos, y tu porte elegante y majestuoso aparecía en las vallas publicitarias y en la televisión. Eras el caballo más importante del mundo, el más hermoso, el más veloz. Eras mi caballo de madera hecho realidad. Muchas veces se te veía cansado. Por todos los viajes, por todas las competiciones. Pero nadie parecía darse cuenta, como si fueras del todo invencible y no pudieras llevarles la contraria. Una tarde, en una carrera, caíste rodando por la pista sin poder hacer nada para detener tu caída. Te rompiste tres huesos de la pata. Pasaste por el quirófano. Te operaron una, dos, tres veces..., y te pusieron tornillos en el hueso de tu pata malherida. No te faltaron regalos, ramos de flores, cestas de manzanas y zanahorias, y miles de tarjetas que te animaban a recuperarte: “¡Ánimo, Bárbaro! ¡Te pondrás bueno!”. No podías andar, y te enseñaron a andar de nuevo. Pero nunca más pudiste correr. Y desde entonces, pensaste que todo fue un sueño. Que todo fue mentira. Pero cuando duermes, recostado en la paja del establo, tus patas se mueven, como si estuvieras en una carrera y escucharas los aplausos y los gritos de alegría del público por llegar el primero a la meta. Y entonces sabes que eres Bárbaro, el purasangre más bello de toda la tierra. Mi caballito de madera.
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