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Para M.
Tú eres como una montaña y yo soy como el viento. Tú eres terca, leal, paciente, imponente. Yo también soy terco, pero voluble, impaciente y a veces pusilánime. Reconozco que tengo debilidades, y que no entiendo del todo porque te has fijado en mí. Es cierto que te hice la corte, que me declaré y me aceptaste. Pero ya han pasado dos años y medio de noviazgo y los fuegos pasionales del amor se las han arreglado de seguir ardiendo. ¿Cómo? No estoy seguro. Y aun así no me siento satisfecho.
¿Por qué? Porque es difícil mezclar la tierra con el viento. A menudo discordamos. Yo te molesto con mi costumbre de tomar el camino más rápido, ruta que a veces trae más problemas de los que soluciona, es mi deber admitirlo. Tú insistes en tener la razón, y con frecuencia la tienes porque tus juicios son sólidos como la roca, producto de la experiencia y el razonamiento científico. Pero no todo se resuelve con la mente y la ciencia, a veces se necesitan dosis de corazón e instinto, que tú tienes, pero rehúsas depender de ellos porque “son desacertados”.
Me he cansado de pedirte que huyas conmigo y me has rechazado. No me darás tu mano hasta que no tenga una cuenta con ingresos constantes en el banco. Y no es que seas avariciosa, pues no he conocido un ser más generoso que tú. Quieres evitar un paso en falso, pues te aterra fallar y darle oportunidad a las lenguas insidiosas que tanto mal te desean. Tal vez fui injusto al pedirte que escapáramos de tu plan y del que dirán, pero no puedes culparme por haberlo intentado. Veo tan lejano el día en que pueda cumplir tus expectativas. Mi única habilidad consiste en leer rápido y escribir lento, no estoy seguro de que con eso se pueda enriquecer una persona en poco tiempo. En el fondo estás en contra de mi vocación, yo mismo lo estoy, desearía ser bueno para otra cosa, pero no lo soy. Con resignación sigo escribiendo, no hay remedio para este mal de tener algo que contar. Y lo has aceptado con tu corazón de oro, tu bondad es tan grande que a veces me aplasta y quisiera no ser tan diminuto en comparación. Yo a ti te amo y escribo con la esperanza de lograrlo, a sabiendas de que no es oficio rentable, pero lo sigo haciendo porque es el oficio de mis sueños. Y tú te sacrificas al aceptar acompañarme en esa larga espera.
Y vuelves a ser como una montaña cuando te contradices. Me haces prometer que no escaparemos y luego suspiras porque no tenemos nuestro hogar, te lamentas de que no seamos más que novios, y a veces me tientas con la posibilidad de que conozcas a otro que si tenga fortuna y logré conquistar tu amor. Te digo que eres como una montaña cuya cima apunta al cielo, como queriendo tocar las nubes. Y yo vuelvo a ser como el viento, porque montó en cólera porque no te puedo hacer feliz, porque no puedo abrazarte y reclamarte como mía, porque si te enamoraras de otro que te pudiera hacer más feliz que yo, me haría a un lado y te dejaría ir. Me enojo conmigo por mi impotencia, me entristece mi incapacidad. Y me molesta que tu corazón no sea pragmático como tu corazón. Yo puedo resistir esta espera, después de todo el viento no se cansa de soplar, aunque luego lo haga en otra dirección. Pero te he sometido a una tortuosa agonía que no te imaginabas cuando nos enamoramos. Te he pedido más de lo que podías dar, por eso…
Por eso es tan embarazoso pedirte que lo sigas haciendo. Que me esperes más. Y no puedo decirte cuanto tiempo, ni prometerte que será poco. Porque yo sigo escribiendo, y tú sigues esperando, a pesar de que luego he insinuado la posibilidad de que me dejes y te busques un mejor partido, aun sigues fiel a mí, porque nuestro amor es sincero y grande, arrebatador y liberador, y ambos sabemos que no encontraremos estos sentimientos en ninguna otra persona del mundo.
Te juro que lo lograré. Nada me detendrá en la búsqueda de tu felicidad. De nuestra felicidad. Me comprometo una y mil veces a que lo lograré con mis propias manos y dedos, cansados de tanto escribir, pero que nunca desfallecerán. Sello esta promesa con mi alma, que te ha pertenecido desde siempre.
Tuyo por siempre,
C.
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