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Querida Rosa:
Te escribo esta carta para confesarte cuáles son mis sentimientos. Hace mucho que nos conocemos, y siempre nos hemos llevado bien. Aunque al principio de todo no nos conocíamos de nada, conectamos al instante (nunca mejor dicho, porque precisamente nos conocimos por internet). Éramos de la misma ciudad, de distintos barrios, pero teníamos amigos en común. Y un día, te conocí. Me pareciste muchísimo más guapa al natural que en las fotos del perfil de tu cuenta de correo. Congeniamos al instante, nos empezamos a llevar muy bien. Y poquito a poquito, yo me fui enamorando de ti. Recuerdo que te lo confesé en su momento, y tú te lo tomaste bien, aunque me dijiste que no era posible, que no me veías como algo más que una simple amistad, y que te dolía rechazarme. Aunque al principio lo pasé muy mal, con el tiempo el dolor se fue mitigando, pues el cariño que seguía teniéndote me impedía alejarme de tu vida, y prefería tenerte a mi lado como mi amiga, que a no tenerte en mi vida. El tiempo pasó, y nos fuimos distanciando. No podía seguir hablando contigo, pero seguías estando presente en mis recuerdos, y en mi corazón seguía habiendo un sitio reservado para ti. Las únicas noticias que tenía de ti me llegaban gracias a los amigos que teníamos en común. Me decían que estabas mejor, que habías tenido tus problemas, pero que estabas mejor que nunca, siguiendo con tus estudios y pasándotelo bien con tus amigos. Yo me alegraba por ti, pues a pesar de no poder verte, con saber que eras feliz me bastaba para serlo yo también. Un tiempo después, el destino quiso que nos encontrásemos de nuevo, aunque de una manera que a mí me resultó dolorosa. Cuando me reunía con mis amigos en un lugar al que siempre frecuentábamos, uno de ellos trajo consigo a su novia. Y mi corazón se rompió en mil pedazos al ver que aquella chica eras tú. Fueron los peores momentos de mi vida; especialmente cuando os veía besaros y abrazaros, compartiendo caricias y secretos. Una parte de mí se sentía feliz, pues jamás te había visto tan sonriente y contenta, y aquella razón, junto a tu sonrisa, me dio fuerzas para que la relación con ese chico fuera más soportable para mí. Recuerdo que por aquel entonces volví a confesarte lo que sentía por ti. Obviamente, volviste a rechazarme. Y el tiempo quiso que, dos años atrás, nos volviéramos a encontrar. Ahora eras tú la que frecuentaba aquel lugar. Ya no estabas con aquel chico, lo que me dio nuevas esperanzas de tener una nueva oportunidad. Pero tiempo después, empezaste una nueva relación. Una vez más, el dolor regresó a mi corazón, pero esta vez no resulta tan doloroso. Ahora te veo más feliz que nunca, muchísimo más feliz. Parece que tu actual pareja es la que ha conseguido hacer que te sientas la persona más importante del mundo, tal y como te lo mereces. Me sigue doliendo verte con otro, pero una vez más, tu sonrisa y tu felicidad hace que mi corazón palpite de alegría. Hace muchos años que comenzó nuestra amistad; eres una de las poquísimas personas a las que puedo llamar realmente “amiga”, alguien que, siempre que estoy mal, se mata para hacerme sentir mucho mejor, ayudarme en todo lo que puede. Una vez más volví a declararme, y de nuevo me rechazaste. Pero no me importa; te tengo como amiga, y es más de lo que podría desear. Mi amor y mi cariño hacia ti nunca se irá del todo, y aunque es posible que no pueda estar nunca contigo, sé que mientras tú seas feliz, y tengas esa sonrisa que tanto me gusta y tanto me gustaría tener a mi lado, yo seré igual de feliz. Con todo el cariño que te tengo, y es mucho, quiero decirte que te quiero muchísimo, y que pase lo que pase, siempre voy a estar a tu lado. Te quiere, Gabriel
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