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 Asunto: Carta nº 189
NotaPublicado: 22 Ene 2012, 14:30 

Registrado: 04 Nov 2011, 21:27
Mensajes: 7
¿SÓLO OCHENTA LÍNEAS?
Querida amigos:
Me ofrecen ochenta líneas para escribir y describir todo lo que la quiero, todo ese amor incalculable que siento por ella. Me dan únicamente ochenta míseras líneas para dar a conocer al mundo todos los sentimientos que albergo, que me produce su calor, su mirada, su sonrisa, su voz, su piel, sus labios, sus manos, sus abrazos, sus palabras de aliento, su belleza, su bondad y el resto de las cualidades infinitas, físicas o espirituales, de las que podría pasarme horas hablando. Me piden que hable de todo eso, que se lo escriba a ella en tan sólo ochenta líneas. Sería imposible hacerlo. ¿Cómo resumir en tan poco espacio mis sentimientos hacia ese maravilloso y pecaminoso cuerpo creado para mi deleite, para dar constancia al mundo de que el cielo existe, de que Dios es bueno y generoso con nosotros? Probablemente necesitaría ochenta tomos de una enciclopedia ilustrada para escribir lo que es, todo lo que su sonrisa me inspira, todo lo que sus ojos me dicen, simple y llanamente, con una mirada. Necesitaría mucho más espacio para narrar lo que es besar sus labios, saborear su piel y abrazarme a ella como si de un salvavidas en medio del mar embravecido se tratase. Y, evidentemente, no puedo hacerlo. Me es total y absolutamente imposible, conseguir modelar todo lo que ella significa, todo lo que nos hace sentir, ya no sólo a mí sino a toda la gente que la rodea, en tan pocos caracteres, con tan pocas frases, con esta pequeña carta. Porque sus manos por sí solas merecen una oda, sus piernas un cantar de gesta, sus ojos una tragedia, sus pechos un romancero entero, su espalda la más romántica de las novelas jamás escrita y, por supuesto su boca… ¡Oh Dios mío! su boca merecería un pasaje entero de la mismísima Biblia.
¿Cómo resumir un amor tan inconmensurable en tan poco espacio? No lo sé. Intentar compactar mis sentimientos es enjaular a un ave libre y deseosa de volar. Ellos crecen cada día, ella me hace crecer con todo lo que me aporta, con todo lo que me regala sin esperar nada a cambio. Pensar que este amor es eterno, indestructible y duradero es el maná celestial que necesito para levantarme cada mañana de la cama, y ella bien sabe lo que me cuesta alejarme de allí cuando la veo desnuda a mi lado.
La quiero, se lo habré dicho quince millones de veces y ahora, en estas ochenta líneas se lo repito: te quiero. Te quiero como jamás quise a nadie y como estoy seguro de que jamás volveré a querer. Un amor que no se refugia en lo pasional a pesar de querer caer en ello durante las veinticuatro horas del día… pero que es mucho más, muchísimo más. Un amor puro, de cuento de hadas, de los que la sociedad actual no está acostumbrada a ver ni a degustar. Un amor que traspasa lo real, lo humano y que se envuelve en la más divina sensación a la que sólo unos pocos están llamados a entrar. Te amo, con toda la fuerza que tengo, con cada soplo de aire que tomo, con toda mi alma y con todo mi corazón.
Vino a salvarme cuando no me daba muchas esperanzas, cuando el César parecía que iba a bajar su dedo y condenarme a la muerte en la arena del Coliseo, apareció como mi ángel de la guarda y me protegió, me redimió de mis pecados y me llevó a una vida de paz, armonía y amor… sobre todo mucho amor. Cuando más perdido me hayaba apareció para ser mi brújula, para ser mi guía en esta selva misteriosa que es la vida, para llevarme por los senderos de la paz y alejarme de la tentación y los peligros que acechan. Como la estrella polar para los marineros, ha sido mi referencia celestial para ser mejor persona, para completarme del todo, para poder llegar a este grado de felicidad completa en el que me hayo y de donde espero no volver a salir en mucho tiempo.
Y ahora me piden que concrete, que busque las palabras justas y precisas para enumera todo ese amor. Mis estimados señores, por mucho que lo intento, no puedo. Lo intentaría pero no sabría por donde empezar, por qué parte de su cuerpo o de su alma comenzar mi relato. Me perdería en un mar de adjetivos al intentar describir toda la bondad que alberga, todo el sentimiento de paz absoluta que tengo cuando me mira, cuando me acaricia el pelo al apoyarme en su regazo. Necesitaría ríos de tinta para explicarles a ustedes lo que es y cómo es mi mujer, mi amante, mi mitad, mi mejor amiga. No podría nada más que analizar la ínfima parte de su bondad, de su belleza, de sus saber estar, de su inteligencia y de sus enrome corazón. Sólo sería describirles la epidermis de una piel que merece ser analizada al completo, sería escavar unos centímetros en una montaña llena de tesoros y por tanto, sería total y absolutamente injusto por mi parte, dejar fuera de su alcance tantos y tantos virtudes que la mujer que amo posee. No sería gentil ni apropiado.
Les ruego me perdonen, pero me es imposible describírsela, contarles mis secretos más íntimos y mis emociones más afanosas sobre ella en tan poco espacio. Si ustedes la conocieran, si hubiesen tenido la fortuna de verla aunque sólo fuera una vez, comprenderían lo que digo. Entenderían por qué no me atrevo a completar la ardua tarea que me encomiendan. Sería como intentar guardar el mar en una botella, el cielo en una caja o la arena de la playa en una bolsa. Cosas inverosímiles que aunque intentamos abarcar, se nos hace más grande de lo que podemos encerrar. Es la imposibilidad de recrear en unas pocas frases lo que es la perfección hecha persona. Me piden algo quimérico, quizás otro si pueda hacerlo aunque lo dudo mucho, pero desde luego yo no estoy capacitado. Vivo encerrado en esa cárcel de subjetividad total y absoluta que es el amor. Vivo ensimismado en unas facciones, en unas cualidades y en unos atributos que me impiden sobremanera condesar todo lo que puedo y tengo que decirles en esas pocas palabras que me ofrecen para hacerlo. Les agradezco la oportunidad, realmente lo hago, porque así me ayudan a volver a pensar en ella y en todo lo que la amo. Pero es absurdo. Porque ochenta líneas no serían suficientes ni para el más virtuoso de los poetas, imagínense para mí. Mi espacio se agota, mis palabras se acaban y las líneas que les prometí se van terminando poco a poco sin yo haber siquiera comenzado a hablarles de la maravilla de nuestro amor. Perdónenme, me fue imposible.


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