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 Asunto: Carta nº 194
NotaPublicado: 22 Ene 2012, 15:03 

Registrado: 04 Nov 2011, 21:27
Mensajes: 7
Queridísima:
Ha pasado un año desde aquel fatídico momento que te fuiste para siempre. Mi herida, lejos de cicatrizar sigue sangrando. Agonizo sin posibilidad de morirme al fin…
Amor mío, no es consuelo lo que busco escribiéndote esta carta. No es en absoluto recon-fortante esclarecer a mi conciencia con estas pocas líneas que te dedico, la gran penuria por la que transitan mis anodinos días. La pluma con la que te escribo escampa por todo el pa-pel la desdicha que tengo anidada en mi interior. La pluma no es más que el sismógrafo de mi corazón que pone de manifiesto al mundo la agitación que se produce en las profundi-dades de mi ser. Más que con tinta, esta dolorosa carta está escrita con lágrimas, sollozos que brotan de una tristeza inconsolable.
Me gustaría poder olvidarte, empezar una nueva vida, poder llevar una existencia normal en la que el trabajo y las obligaciones y también las diversiones y los esparcimientos ocupasen todo mi tiempo. Pero no, no puedo. La vida ha pasado a ser para mí una mera subsistencia, un simple paso del tiempo que observo como un espectador que sabe que nada de lo que ocurre le afecta en lo más profundo de su ser.
Sólo quiero poner término a la agonía de no poder estar a tu lado. Acabar con este sufri-miento que me va aniquilando, devorando poco a poco, pero que, para mi desgracia, no logra eliminarme de una vez por todas. Mi alma desgarrada lucha por salir de este infierno en el que un capricho del destino ha convertido mi vida entera. Pero no es posible. Tú lo eras todo para mí: mis alegrías y aun mis tristezas giraban siempre entorno tuyo. Ya no soy capaz de sentir más que un dolor que me consume. ¿Por qué te fuiste de mi lado? ¿Por qué Dios nos unió de modo tan efímero? ¿Por qué completó mi alma con la gracia de tu ser para que después me fuera arrebatada así, sin más, quedando desde entonces mutilada para siempre?
¿Recuerdas el momento exacto en el que nos conocimos? Fue en la universidad. Aquel día me senté justo detrás de ti. Vestías una camiseta blanca a rayas negras y una falda larga hasta los pies y como siempre llevabas tu pelo rubio impecablemente peinado. Entonces fue cuando me pediste los apuntes y entablamos nuestra primera conversación. Nunca podré olvidar aquella timidez con la que me mirabas y aquella dulzura que desprendías. Quedé prendado de ti desde el primer momento. Poco a poco, nuestros encuentros fueron hacién-dose más frecuentes. De una hermosa amistad, el tiempo se encargo de hacer germinar un fuerte amor que sobrevino en nosotros con la naturalidad de un cambio de estación.
Aún recuerdo vivamente nuestros primeros paseos por el parque. Entonces el otoño no había hecho más que comenzar y nosotros, siempre cogidos de la mano, caminábamos entre las acacias y los sauces que nos miraban con admiración y complicidad. ¿Te acuerdas cuánto nos gustaba observar a los patos y a los cisnes del estanque? ¿Y aquellas inacaba-bles y monótonas conversaciones de enamorados, tremendamente tediosas para un oyente cualquiera, pero que a nosotros se nos antojaban sumamente trascendentales? Amor, no puedo olvidarte. No quiero olvidarte. Aunque mi sufrimiento es insoportable, quiero tenerte siempre presente. Gracias a ti he podido probar los más grandes deleites que la vida tiene reservado a un puñado de privilegiados. He de intentar conformarme con eso. Caminar de
espaldas al futuro mirando sólo ese punto del pasado que, aunque ciega con sus brillos de piedras y metales preciosos, es la única realidad que consigue reconfortarme.
Muchos días paso de nuevo por la universidad con la esperanza de encontrarte nuevamente sentadita en aquel banco. En nuestro banco. Donde siempre me esperabas leyendo algún libro y de cuyas páginas, como prevenida por algún ángel cómplice, levantabas la vista justo en el momento en que aparecía yo por las majestuosas arcadas del claustro y me dedi-cabas la más tierna de las sonrisas para terminar, momentos después, con unos cálidos, dul-ces y sonoros besos. Por desgracia, nuestro banco está vacío. Me siento un breve instante, cierro mis ojos rebosantes de lágrimas y creo sentir tu olor, advierto el sonido de tu cálida respiración exhalando tu suave aliento en mi cuello. Pero no, a mi lado no hay nadie, al igual que mi corazón el banco está absolutamente vacío. ¡Cuánto te echo de menos! ¿Por qué no estás allí conmigo? ¿Por qué no puedo tenerte a mi lado y hablarte y acariciarte y besarte? Sin ti estoy perdido… Desearía que toda nuestra historia no fuese más que un sueño para que así todo el dolor que tengo por tu pérdida se desvaneciera, al despertar, en unos pocos segundos. Pero no tengo esa suerte y esta pena que se ha enclavado en mi alma me consume día tras día sin remedio.
Ahora que sé que he perdido para siempre la felicidad de mi vida no dejo de imaginar cómo hubiera sido estar a tu lado. Seguro que hubieran sido años de vida normal, tranquila, sin más incidentes que los cotidianos. Me imagino en una casa con jardín y un pequeño huerto, ¡te hacía tanta ilusión tenerlo! Tres pequeñuelos traviesos corretearían a nuestro alrededor y nos llenarían de júbilo todas las horas de nuestros días. Con el paso de los años, nuestro amor y nuestra afecto sería mayor que en nuestros primeros tiempos y tú, aunque más en-vejecida, seguirías igual de bella que siempre y si cabe aún más encantadora. Por las tardes saldría a dar un paseo mientras tú te quedarías en casa haciendo algún quehacer doméstico y entonces, en mi soledad, tomaría consciencia de mi felicidad, del privilegio de tener una mujer como tú a mí lado y de haber tenido la suerte de formar una familia contigo.
Pero la fatalidad no quiso que las cosas ocurrieran de esta manera y truncó ese maravilloso futuro que nos esperaba a ambos. Te arrancó de mi lado para siempre y me dejó en vida como un espectro vagando por el mundo sin otra ambición que la de morirse de una vez para siempre.
No, amor mío, no llores cuando leas esta carta. Seca tus lágrimas y sonríe como siempre has hecho. No sufras por mí, deja que recaiga sobre mí el peso de tu desgracia. No temas por nada y ten esperanza. Ni la muerte puede ser tan fuerte como para romper un amor como el nuestro. Pronto nuestras almas se reencontrarán en alguna parte. ¡Qué dichoso será el momento en que volvamos a estar juntos!
Siempre tuyo,
El guardián


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