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Te escribo convencida y aún así no sé muy bien por qué lo hago. Siempre me prometo ser más fuerte, siempre me prometo no volverlo a hacer, intento defender mi orgullo, mi dignidad, si es que algo me queda… y siempre, siempre vuelvo a caer. Han pasado más de seis meses y anoche volví a llorar como la primera vez, con el mismo dolor en el pecho. No sé por qué se me hace tan difícil superarlo. Vuelo al pasado una y otra vez, reconstruyo los hechos, revivo las palabras, intento comprender qué falló, pero finalmente me veo perdida en un abismo de preguntas, dudas, miedos e incertidumbres desordenadas y bufonas que no hacen más que confundirme y burlarse de mí. Me pierdo en cada gesto conservado entre algodones, en una caja fuerte sin llave ni clave. Otras veces lo veo más claro, me siento más fuerte, me digo con convicción "tú sabes por qué le dejaste", y yo misma me respondo "porque él me había ido dejando poco a poco…". Me bloqueo, no puedo aceptar que los mismos labios que me besaban con esa cálida promesa eterna sean los mismos que ahora se mantengan cerrados ante mis llamadas desesperadas. No puedo creer que ya no sea la cosa más bonita del mundo para ti. Siempre se desea lo que no se puede tener, y yo a tu lado añoré una libertad que ahora se me muestra absurda, añoré una experiencia que ahora me sabe a poco, coloqué en la balanza mi juventud contra el compromiso… Creo que las mujeres sobrevaloramos el orgullo, actuamos de acuerdo a un parámetro que calla a manos dobles nuestro corazón. Ahora me arrepiento de muchas cosas, ahora quisiera pedirte perdón por todas las veces que te grité, desearía no haber abandonado nunca la cama en la que tú yacías, no haberte negado las palabras que esperabas, no haberte declarado nunca la guerra ciega. Porque ahora mismo daría cualquier cosa por volver a los momentos de silencio y luz templada, donde nos mirábamos respirar desnudos con piel anaranjada sobre la nube de sábanas blancas, y cualquier excusa, cualquier razón de orgullo me parecería banal para permitirme alejarme de ti. Pero es tarde, y no podemos ver desde los ojos del futuro a lo que se está viviendo en el momento. Quizá, también pienso, que si volviera a la misma situación límite, volvería a actuar de la misma manera. Quizá si volviera a tenerte volvería a confundirme. Quizá, quizá, quizá… sólo sé lo que puedo sentir, este llanto mudo que no me abandona, no hay palabras que sirvan, ni lógica… Este sentimiento es caprichoso e infame, y no me dejará crecer hasta que se canse de vivir en mi pecho. Creí que cambiando de lugar, viviendo lejos de donde un día te tuve, podría olvidarte. Pero ya he comprendido que por mucho que huya los fantasmas están dentro de mí. Y tu sombra va conmigo, donde quiera que vaya, sea lo que sea lo que haga, tú vives en mí. Y realmente, acepto, que no quiero que te vayas de mí. No quiero ni olvidarte ni dejar de sentirte, porque eso significaría traicionar todas mis promesas, todas las palabras que gravé en tu piel y tus oídos, confesiones sinceras y vivas, eternas, que nunca morirán. Puede ser que no esté hecha para el amor tal y como se debe vivir en esta sociedad, porque no puedo tacharte de mi vida e ignorarte, verte y no sentir nada, aceptar que tú no sientas nada por mí. Si te dije que te amaría siempre no tanto tiempo atrás es porque aunque pasen treinta años, tenga hijos y comparta mi vida con otra persona, si la fortuna me brinda la oportunidad de encontrarte de nuevo, sonreiré con dulzura y pensaré en cuánto te he querido. Desearía volver a quererte, pero probablemente no es el momento. Debo encontrarme a mí misma y dejarte tiempo a ti para hacer lo mismo. Búscate, y sé feliz. Yo, aún después de todo esto, puedo afirmar que soy feliz. Tengo la firme convicción de que nos volveremos a encontrar, y no… no lo sé, pero diría que sucederá algo maravilloso. Sea lo que sea sonreiré, y te abrazaré, lo haré tan fuerte como sea necesario para que sientas cuánto te estoy amando.
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