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RECORDADA ANA: He dudado muchísimo en el encabezamiento. He desechado términos como querida, añorada, amiga. Me traiciono dándote gusto al emplear el verbo recordar, lo sabes, pero quiero ser coherente hasta las últimas consecuencias, ¿qué esperabas? En el fondo no puede ser más cierto lo que le comentaba Rocinante a Babieca, que asno se es de la cuna a la mortaja, y parece que mi sino es persistir en el empeño de no olvidarte, por muy doloroso que me resulte. Recordada Ana. No, no ensayes ese gesto de princesa altiva agraviada, esta ocasión ya no lo merece. Si te escribo es para decirte que no hay día que no te tenga por motivo, mas no como antes. ¡Qué más quisiera que no encontrarme tu imagen mil veces repetida en los lugares más insospechados! Juro que escudriñé cada rincón de la casa en busca de fotografías que romper, hice añicos álbumes enormes, y al mismo tiempo que cercenaba tus manos (las que tantas veces exploraron la geografía física del placer de mi cuerpo), que partía la sonrisa de tus labios (los mismos que acunaron bellísimas letanías de susurros muy cerca de mi oído), que descomponía en pedazos tu cuerpo entero (en cuyo regazo tantas veces me dormí tras el goce), al mismo tiempo que abortaba futuros y dolorosos recuerdos deshilachando papeles del pasado se agrietaba poco a poco mi corazón. Pero resulta imposible borrar cinco años de nuestras vidas, siempre hay un libro empeñado en descubrir entre sus hojas aquel retrato que me regalaste el día de tu graduación, siempre hay una madre solícita dispuesta a amargarme la tarde: “Mira lo que he encontrado tras el aparador, la foto de Anita en carnavales. Debió caerse cuando vinieron los pintores.” Excusa suficiente para que me repita por enésima vez una de sus frases preferidas: “No dejes que la hierba crezca en el sendero que une tu casa con la de tu amigo.”¡Pobre mamá! Siempre tan espiritual, tan en las nubes. ¿Podrás creer que está convencida de que fue tu boda la que nos distanció? “El que Anita se haya casado no tiene por qué acabar con una amistad como la vuestra”, insiste una y otra vez. Que me acerque a verte, dice, que quede contigo a tomar café, que vayamos al cine, que me busque nuevas amistades... Aún te sigo buscando en el espejo, ¿sabes?, y sigo maldiciendo al azogue cuando me devuelve, reflejado de mi propio rostro, algún gesto tuyo. Lo peor son las noches; no hay jabón, ni lejía ni detergente que acabe con el perfume que dejaste entre mis sábanas. Y el tomillo que germinó en mi almohada de los rizos de tus cabellos ha aguantado sin pudrirse miríadas de lágrimas. Aprendo lentamente a dormir sin ningún pecho al que agarrarme. Aprendo lentamente. Lentamente. Si te sigo buscando con empeño, si me deleito naufragando en tu recuerdo no es por masoquismo, sino porque tanto insomnio de llanto, tantas antevísperas y vigilias de desesperación me enseñaron que sólo lo igual combate lo igual, y recreo tu desprecio para asemejarlo. “No te sumas en el báratro de la no esperanza”. Fueron tus últimas palabras, ¿te acuerdas? No te sumas en el báratro de la no esperanza... Ya no me pareció tan hermosa la frase, ya no te alabé el gusto en el hablar, incluso me pareció pedante lo que horas atrás me habría encantado. Esos vocablos –voquibles los llamabas tú, tan pagada de tu diplomatura- rebuscados, ¿poéticos?, afectados. Afeaban tus cartas, después me di cuenta, mucho después, cuando las releí para descabalar tu imagen idealizada grabada a golpe de besos y caricias en mi alma. Si algún día, Dios no lo quiera, el bisturí de la autopsia ha de encontrar mi alma dará fe de la verdad de lo que digo, plagada de cicatrices la va a hallar, y no interpretes esto como una licencia poética; bastantes tuve con las tuyas. Que morirías por mí, leí en tus cartas. Como ahora sé que nunca tuviste intención de hacerlo ya me encargo de ir matándote poco a poco, pero antes exorcizo el sentimiento que nos unió. Es cierto que de amor nadie se muere ni se cura. Sí, puedes reírte, claro que puedes reírte, aunque sea sin poder disimular tu cinismo. Ríete también cuando te diga que soñé que tus cartas, de tan gélidas, no ardían en fuego alguno, que me fue preciso descongelarlas antes en el frigorífico para someterlas con provecho al escarnio de las llamas. ¿Lo ves? Yo también sé hilvanar palabras bonitas que de tanto decir apenas dicen nada. Compondrías de nuevo tu gesto de princesa ofendida si te escribiera la verdad: tus cartas, las casi cincuenta que escondía en las entrañas del tocadiscos inutilizado, se marcharon hechas pedacitos por el retrete al lugar que más les convenía. Luego tuvo que tragarse el desagüe de la ducha un montón de lágrimas; soy así de sentimental, qué le voy a hacer. Recordada Ana, me río, después de mucho tiempo me río. Mi madre pasa por el pasillo y se contagia de mi risa. Se alegra de ver el sol tras la tormenta. Me asombra recordar que sentí ternura, deseo, acaso pasión la primera vez que vi cómo te desnudabas, ¿lo recuerdas?, cuando me dijiste que aquello no era pecado, que nuestros cuerpos estaban hechos el uno para el otro. Me río porque no sé a qué suerte hay que atribuirle que el descubrimiento de los calzoncillos de lunares que llevabas no rompiese el encantamiento del momento. ¿Tú crees que a tu marido le agradaría conocer ese detalle? Sé que es un buen hombre, mil veces me lo repetiste y otras tantas se lo tuve que oír a mi madre. ¿Morirías también por él? Recordada Ana, estas son las últimas letras –en injusta correspondencia a tus postales navideñas y felicitaciones onomásticas- que me tendrás que leer, y las escribo para que conozcas el sabor de la derrota, que no de la venganza. Si mi intención fuera dañarte me bastaría con hablar con Fausto, se llama Fausto tu marido, ¿verdad? No es tanto mi despecho ni mi mala fe. Él te daría lo que a mí me resultaba imposible proporcionarte –argumentaste-, una familia, un futuro, una relación sin disimulos, casualmente todo lo que al principio de nuestro enamoramiento confesaste no ser tan importante. Dentro de poco tendrás un hijo, tu marido consolidará el grado y podrá aspirar a un puesto mejor, y dedicaréis los domingos a pasear por la plaza agarrados del brazo como los matrimonios bien avenidos tras haber escuchado misa de doce. Con Fausto lo tendrás todo, salvo amor. Conmigo, salvo amor, nada tenías. Me río porque sólo ahora me doy cuenta de quién ha salido perdiendo en esta historia, me río y alguna lágrima furtiva y despistada me vidria la mirada, señal de que, en el fondo, te sigo queriendo y me duele tu triste futuro. Me río y, quizás, también lloro porque acabo de decidir que no la hierba, sino una jungla inextricable comience a crecer en el sendero que durante cinco años me unió a ti. Me río y lloro, como cuando llueve y hace sol, como cuando se casa una bruja, que acaba de decir mi madre al ver a su hija renacida de nuevo para la alegría. ¿Siempre tuya?, Aurora Esmeralda
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