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Romeo mío: No sé cómo tendrás el cuerpo después de ingerir un veneno letal como el que te tomaste cuando me creíste muerta. La verdad es que yo continúo con una punzada muy desagradable en el pecho desde el episodio de la daga. He tenido mucho tiempo para darle vueltas a lo nuestro y, tras mucho tiempo de investigación, estoy en condiciones de darte una explicación para nuestra desventura. Ya sabes que no podíamos dar crédito al hecho de que perteneciéramos a familias enemigas, y menos aún al que aquella pendencia te llevase al asesinato de mi propio primo y, como consecuencia ineluctable, al destierro. Recordarás que ya entonces nos preguntábamos de dónde nos podrían venir tantas desventuras y de tamaña dimensión trágica. Tras dar vueltas y vueltas al asunto, concluimos que se trataba de un destino fatal empeñado en contravenir nuestro amor a toda costa. Yo fui la primera en creer que tantas contrariedades sólo podían proceder de un albur abiertamente adverso. Sin embargo, ya me pareció demasiada casualidad para el azar el hecho de que tú te envenenases ante mi ficticia muerte, creyéndola real, y yo me determinase a clavar una daga en mi pecho frente a tu cadáver. Fue entonces cuando descubrí quién estaba detrás de tantos desmanes como nos acaecieron. Fue entonces cuando me enteré de que el religioso que tenía que trasladarte la noticia de mi ficticia muerte -para evitar un casamiento indigerible- fue apático, abúlico y lentísimo, dando lugar a que te llegase antes la noticia a través de tu mensajero en el destierro, quien asistió a mi sepelio sin sospechar su falsedad. Pero no culpes al religioso, porque yo lo he meditado largamente; aunque el religioso no se caracterizase por su celeridad, alguien se empeñó en que tú no asistieses a mi despertar, sino a mi muerte transitoria, para ti definitiva. Ese alguien es el culpable de nuestro inasumible desenlace. Se trata de un flemático inglés que al parecer se cree muy sofisticado y tocado por la genialidad. Creo, Romeo mío, que nuestra historia de amor genuina pasa por hacérselas pagar todas juntas a ese tal William.
tu Julieta
P.D.: Romeo mío, no me traigas rosas, tampoco te pido versos; pero, te lo ruego, igual que burlaste aquel destierro por homicidio, escápate de este destierro literario que dura ya demasiado ahora que ya sabemos quién es el culpable de nuestra fatalidad.
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