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 Asunto: Carta nº 297
NotaPublicado: 27 Ene 2012, 23:00 

Registrado: 04 Nov 2011, 21:27
Mensajes: 7
Te lo he contado muchas veces a lo largo de nuestras frecuentes excursiones matutinas en el pinar cuando esperamos que los primeros rayos se cuelen entre las copas e incendien de fuego amigo la retama, pintando en tus ojos negros apenas un reflejo de cobre ardiente; o en los paseos de la tarde por la orilla cuando apenas me miras ocupada como estás en vigilar a las ruidosas gaviotas o en dar la última sonrisa al sol – portentosa y deslumbrante tú - que se hunde orondo entre las nubes negras del horizonte.
Te lo vuelvo a contar cada día con esta manera especial que tenemos de hablar sin palabras, con esta danza de miradas, caricias, pasos y paradas tan nuestra que pronto descubrimos y nos hizo prescindir del intento de entendernos de la misma manera que los demás. Porque, por ejemplo, yo sé lo que quieres cuando, de repente, me abandonas y te pierdes a lo lejos en una soledad que, adivino, te es tan necesaria y grata quizás como mi compañía. Alguna vez, cuando aún no confiaba en lo que leía en tus ojos, te busqué ansioso esperando encontrarte triste o cuando menos melancólica y me sorprendí al verte - imprevisible y furtiva tú - inmóvil en medio de la calle, el parque o la espesura moviendo leve la cabeza para buscar la fuente de una canción o un trino. Ya no voy a buscarte cuando te pierdes. Sé que cuando te fugas asfixiada de mí y de mi mundo anodino, siempre regresas reclamándome urgente y me recorres y te abrazas a mí exigiendo los mimos atrasados. Eso me conforta más que un millón de contratos y promesas.
Cuando llegaste a mi vida -imprevista, abrupta y azarosa tú – alguien jugó a Dios contigo y calculó que apenas viviríamos juntos una decena larga de años. Así lo confirmaba la gente experta, los libros y los dictámenes y aunque al principio me pareció una cifra casi excesiva, a medida que me acostumbraba a tus ojos, a la manera que tienes de llenar tanto espacio con tan poquito cuerpo, a tu presencia reconfortante, empecé a sentirme estafado por Dios si no por haber unido nuestras vidas tan tarde al menos por haber diseñado tan efímera la que para mí era ya tu indispensable presencia. En las ocasiones que el amor y la desesperación, en amarga comandita, inundaban de lágrimas mis ojos y mi pecho de suspiros, tú te dedicabas golosa - juguetona e inconsciente tú - a aprovechar la ocasión para beber de mis mejillas y robarme algún beso en los labios. Yo – obstinado y frustrado yo - que sólo quería llorar, no podía por menos que reírme de tu desapego ignorante.
Sobrevivirte entonces me parecía una tarea improbable. Imaginar la casa fría y grande sin tu presencia pequeña y holgazana, inventar nuevas historias para ganarme la vida sin que tu nariz se asomara - divertida, pícara e insolente tú- al teclado; atravesar tantísimo invierno sin tu cercanía caliente y serena, calcular en fin el futuro sin tus expresivos silencios dictando el ritmo de mi corazón se me hacía empinado, inútil, imposible.
Cuando ya la amargura amenazaba con tragarse nuestra diaria rutina de caricias, amor y cercanía apareció la primera mancha en mi costado. Roja, redonda, rasposa al tacto, tan diferente a las otras, tan solitaria y misteriosa que llamó alarmantemente la atención de mi dermatóloga. Mil pruebas, análisis y biopsias después, la misma compungida doctora me reveló – curioso y desprevenido yo - el diagnóstico. Para entonces la mancha primigenia se había extendido y otras similares poblaban mi torso y parte del cuero cabelludo.
Hay palabras – “linfoma, oncocitos...”- que asustan hasta al diablo con sólo pasar cerca de ellas, con oírlas someramente – “...cáncer, melanoma...” – en una conversación ajena, con leerlas de refilón -“metástasis, quimioterapia...” en un informe descuidado quizás sobre una mesa. Yo escuché sin demasiada atención a mi doctora, quizás abrumado tras su primera andanada verbal y por eso no recuerdo de dónde brotó la única pregunta que acerté a hacerle aquel día : “¿ Y cuál es el pronóstico, cuánto puedo vivir?” La respuesta de la doctora duró bastante rato. “...cálculo difícil, bla, bla, bla, quimioterapia, bla, bla, bla, cuidados paliativos, estadios, bla, bla, bla, en el mejor de los casos...” Cuando volvió de los cerros de Úbeda, yo – aliviado y comprensivo yo- había respirado ya relajado.
A lo sumo, ocho o diez años, deduje. Sólo deseo vivir un día más que tú, ahorrarte la única despedida en 15 años de cariño. Aunque sé que no te preocupa el futuro a diez años vista te prometo que no te dejaré aquí sola – seguro anciana, quizás ciega, desorientada tú - y que si ya no puedo seguir queriéndote y cuidándote, haré todo lo necesario para que vayas por delante y me esperes allí – sea donde sea, exista o no - en los pocos días que habrá de diferencia entre nuestras partidas. Pero... ¡ven aquí!
¿Ves, R? Lo has vuelto a hacer. Me pones tierno y cuando te abro mi corazón y estaba casi llorando, en lo mejor de la carta, aparece él y tú sales corriendo y te vas a olerle el culo, al chucho blanco ese que siempre te chulea. ¡Menos mal que no soy celoso! Anda si, menea la cola, desagradecida que nos vamos de vuelta a casa.
¿Te he contado que fuiste tú la que me elegiste en la protectora? Verás...


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