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 Asunto: Carta nº 317
NotaPublicado: 28 Ene 2012, 21:41 

Registrado: 04 Nov 2011, 21:27
Mensajes: 7
Te miro de soslayo y tal vez reconozco en tu rostro a quien soñé. Sin embargo no acabo de creer que sea cierto y rebusco en tu sonrisa una duda, un tal vez o un quizás que dé razón a esa costumbre tan mía de perder. Cuando he creído estar seguro, un instante después mis sueños se despeñaban, terminada apenas la sólida muralla de una felicidad tan absurda como efímera.
Que nunca supe contener en sus orillas la alegría es un defecto que tú no has llegado conocer. Ha de ser porque me encuentro tan cansado de querer para después caer en el vacío que ahora...
Al principio tenía la obligación de no fijarme en ti. Así, te huía la mirada para no quedar enredado en esa dulzura que emana de tus sonrosados labios; nunca manchados por el carmín. Nos atendías tras el mostrador con amabilidad y estricta corrección. Cuando me sonreías mi corazón se azoraba, sintiendo vergüenza y miedo.
Tú afirmas ahora con soltura que jamás me invitaste a aquel concierto, pero yo recuerdo con la misma claridad que se me representa en la mente el rostro de mi hijo que me dijiste que fuera... o yo creí entenderlo de esa manera. Te aseguro que en mi fuero interno deseé cometer el disparate de ir, conocerte mejor, qué sé yo. Mas mi deber era muy distinto. Mi gran amor cogía poquito a poco un peso adecuado y a nosotros, sus padres, nos llenaba de enorme felicidad. Aunque un muro entre los dos se empezaba a levantar: reproches y desaires que ella no tenía reparos en representar con público...
Terminó años después esa forma de hacernos daño que fue la convivencia. Por mi parte, me he declarado perdedor de esa batalla a cambio de ver a mi Adrián diariamente, entretanto recupero la dignidad de poder mantenerlo. Aguanto las humillaciones, aunque me siguen hiriendo... Escampará.
Y te volví a encontrar. Estabas casi igual, aunque no tenías ya esos voluptuosos rizos salvajes adornando tu carita de muñeca. El estrés comienza a pasar su humillante factura también a la mujer. ¿Cuántos años han pasado?
Me dices que lo nuestro no tiene futuro, que tu hijo... Que su padre es educado y te respeta en esa convivencia de piso de estudiantes que os traéis y yo bien he conocido en carne propia. Excusas, despedidas que no se cumplen porque no eres capaz de soltarme de tus brazos, porque interrumpes tus palabras con besos, porque no dejas de acariciar mi rostro triste que te mira descreído y resignado a la vez, en un vaivén de emociones que nos destroza al mismo tiempo que nos lleva a tocar el cielo.
Disfrutemos el presente, te digo y me repito en mis adentros. La vida me ha golpeado tan fuerte que sólo sé aguantar un día más. Me lo repito cada mañana: Un día más, aguanta un día más. Y salgo a repartir folios con mi foto por fábricas y empresas, buscando, con mi edad, un sitio para mí, para mi hijo, para ti, para tu hijo.
Algunos días me regalas tu presencia, libres de nuestra particular obligación familiar, de la que tanto presumimos en fotos. Son pocos los días pero tan necesarios. Nos vemos, nos tocamos como para asegurarnos de que no somos una aparición, un delirio provocado porque nos fallaron las fuerzas al fin. Así, nos quedamos estáticos, por no decir como pasmarotes, mirándonos frente a frente, quizá esperando que nuestra imagen de pronto desaparezca como se desvaneció la esperanza. Otras veces paseamos por la ciudad cogidos del brazo, nos decimos que somos novios y que nuestro cariño es tan puro y tan lleno de ilusión que parecemos una pareja de las antiguas e inocentes películas españolas, con Tony Leblanc y Conchita Velasco. Yo me pongo celoso y tú te ríes, con razón pero complacida en el fondo, te abrigo con mi bufanda para que no vuelvas a toser y te ayudo a vestir con primor cuando salimos de alguna tasca en la que me invitas a un palo cortao mientras tú te tomas un zumo de piña.
¡Qué sensación de hombría y dignidad bulle en mi interior cuando me tomas del brazo! Qué afortunado me siento de que estés a mi lado. Por eso te doy las gracias tantas veces por otras tantas cosas sencillas y necesarias de las que no recordaba su existencia.
Tú me dices que puedo estar perdiendo el tiempo en lugar de buscarme una mujer que sí se atreva a dar el paso de coger la maleta y a su hijo de la mano y empezar una nueva vida. Yo te respondo que sólo he perdido el tiempo que no estuve contigo. Tú eres mi luz, el aliento de mi vida. Un día más, sólo un día más.
Cuando quisiste conocer a mi hijo, tras avisarte de cómo era, y él te solicitó con gestos que lo aupases, a duras penas lo tomaste en brazos, y te besaba... No puedo explicar el sentimiento tan intenso que en mi corazón ajado conseguiste forjar. Soy incapaz de expresar con palabras la intensa felicidad que se desbordó en llanto.
Transformas mis penas en júbilo cuando, al verme llegar, tu preciosa sonrisa me recibe mientras dejas ver en tu cuello el pañuelo que te regalé, como si de un anillo de compromiso se tratase, para apagar mis dudas.
No quiero que lo nuestro se acabe como no desean los niños que termine el verano. Aunque me cueste creerlo, contigo he recuperado la ilusión, no sólo de vivir, sino también de amar. Ahora sé que puedo amar, que no es demasiado tarde para mí. Que no acabó todo cuando todo acabó. Simplemente se terminó lo que yo creí que sería la historia de mi vida, pero que sólo ha sido una historia en mi vida.
Aún queda mucho por hacer en esta tardía primavera de nuestros corazones.
Durante la semana, mientras estoy con mi hijo, le abrazo o le hago cosquillas, te imagino con nosotros, mirándonos complacida o participando de nuestros juegos. También a tu hijo, uniéndose como un futbolista se lanza sobre sus compañeros para festejar un gol. Te imagino aconsejándome o dándome ánimos en los momentos difíciles.... Y te imagino, sí, apoyada en mi pecho, regalándonos una suave caricia mientras soñolientos reposamos ante el televisor cuando los niños por fin duermen, tras un duro día de esfuerzo afrontando la vida que nos tocó vivir. Pero feliz, felices de estar juntos; felices por estar juntos. Nada más.


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