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Querida Claudia: Las noches pasan y se me clavan en el pecho como dagas desde que tú no estás. No puedo evitar pensar que ya no me quieres, que te has olvidado de mí y que es otro el que te roba los suspiros. La absenta disminuye y mi borrachera aumenta, al tiempo que las paredes se tiñen de un tono negro soledad. Quisiera olvidarme de ti, sin embargo no es mi cabeza, que divaga, la que no me deja. Ésa sólo me tortura y más, a cada instante, imaginándote con otro que te desee más, pero te bienquiera menos. Ojalá no fuera cierto que te has ido, que esta carta no existe y que yo no lloro tu ausencia. ¿Qué sería peor que el olvido?. -Tu indiferencia. Que no me respondas. Desastre como éste no hubo, ni lo habrá jamás. Sería como si hubiera muerto y nadie llorara mi alma, ni mi cuerpo. Y entre lágrimas, por el muerto idiota que parezco ser, mi mente se inunda de recuerdos: de tu risa y tus miradas, de tu voz de terciopelo, de tu piel blanca y tu negro cabello, de los paseos en el parque, de las riñas fugaces anunciadas por tu fruncido ceño, de las tardes de cine, de las piedrecitas en tu ventana y de los gritos en el cementerio para ver si se levantaba algún muerto. Palabras, palabras, que se lleva el viento, como las de aquel poema que ahora aparece tan lejos, ¿te acuerdas?. Fuiste tú la que un día lo escribió. Espero que todavía siga en tu memoria, pero por si acaso, te lo recuerdo: Indigno de andar entre mortales, quien ni el más bello canto de las nueve hermanas, pudo inspirar, a quien los dioses miran con desdén y por los hombres es odiado, la de velo rosado guía por sendas de púrpura en cada amanecer. ¿te has perdido en estos mundos, pequeño? ¿es que no eres mejor que cualquiera de ellos? ¿acaso no te envidian los mismísimos señores del Olimpo? Mira a Adonis, quedó relegado por ti, ¿o tal vez te atreverías a cuestionar a la propia Afrodita, por más que tú puedas, al aventajar a todo dios y mortal? Mas si a mí tornas la mirada, quede lejos tu altivez esquiva, el orgullo insolente y esa mirada furtiva, si en mi boca, el pecho sangra el que llaman, amor del verdadero, ése que no entiende ni de espacio, ni dinero, ni de razas, ni de tiempos, ése que aun en polvo, los siglos hacen eterno.
Pero, dime, si es que de aquello queda algo, si había algo de cierto, que ya no me quieres. Dime que soy el bobo sentimental que llora por algo que ha muerto, dime, si esta vez, soy yo la Dido que se deshace en lamentos.
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