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Mendoza, 14 de Enero del 2012 Mi querido soñador: supongo que debería comenzar esta carta saludándote y preguntando qué tal tu vida; sin embargo, sabemos perfectamente que la palabra “hola” no es la que mejor encaja en el contexto que nos rodea… Sé que si te encontrás en este momento leyendo estas líneas es porque seguro mis manos se han desprendido de tu cuello y te has subido a aquel taxi sin voltear, para evitar que mis ojos cambiaran tu decisión. También doy por sentado que al tener esta hoja en tus manos, ella te ha hecho recordar la textura de mis labios rozando por última vez los tuyos y te has llevado tu dubitativa mano hacia tu boca esperando hallar en ella la manera de materializar los recuerdos pero, en el intento, has descubierto que la memoria almacena imágenes y no esencias… Seguro te preguntarás cuál es la necesidad de prolongar el dolor con esta última carta y de qué sirve agregarle a los adioses ya pronunciados otro más, que nos recuerde nuevamente el infortunado desenlace de lo que yo me atrevo a llamar “lo nuestro”. Y mi respuesta es que tan sólo necesito recordar. Recordar para aseverar que el permitirte conocerme no fue un error, que mi mano no encontró por casualidad la calidez de la tuya y que tu pecho no fue mi refugio únicamente como resultado de una serie de eventos desafortunados. Necesito recordar que fui yo, y no el destino, la que eligió quererte y necesito que sepas justamente que esta es la principal razón por la cual no lucho contra tu deseo de perseguir tus sueños. No te guardo rencor, espero que lo recuerdes, ya que vos sabés muy bien que yo entiendo lo que es la amar la profesión de uno. Eso es una de las tantas cosas que en un principio nos unió y supongo que, ahora nos separa… necesito creer que de manera indefinida y no definitivamente como sería la forma más sana de encarar la situación. No te enojes por mi obstinación y no creas que olvidé la promesa que te hice. La recuerdo muy bien. Tomaste mi mano debajo de la sombra del sauce, acariciaste mi rostro y yo me recosté en tu hombro sabiendo lo que pasaba por tu mente. No quería que lo dijeras porque sabía que sólo sería otra verdad fingida sin una voluntad real. Me miraste y agachaste la cabeza. Separaste tus labios para hacerme prometer una mentira y yo adelantándome a tu falsa propuesta dije “lo prometo”. Pero sabés muy bien que esa promesa nunca fue verdadera, porque desde el momento en que tus pies atraviesen el umbral de la puerta yo te estaré esperando y, desde que vos tomaste la decisión de irte también ya comenzaste a esperarme sabiendo que, a pesar de lo que pudieras decirme, yo también lo haría. Admitámoslo, no servimos para estar con alguien más, nuestra unión nos averió para completar al otro… ahora solos, no somos más que el fragmento de la novela completa. Y sé que esto podrá sonar masoquista y triste pero, esa es la simple realidad… Desearía –como es de esperar- que la despedida ocurriera dentro de varios años, cuando el cuerpo comience a deteriorarse y nuestra historia ya haya dejado rastros de nuestro paso por la Tierra. Sólo en ese momento tendría la certeza de que el mismo adiós que nos separa, nos uniría. Sin embargo, ahora con este adiós… nada es seguro y ambos hemos quedado a la deriva, con la única certeza de que vos necesitás aprovechar esta oportunidad y que, yo necesito dejarte que la aproveches, a pesar de que una gran cantidad de kilómetros cubiertos por agua nos separe sin saber por cuánto tiempo. Es por ello que, cuando baje las escaleras y mis brazos lleguen a tu encuentro, me he dispuesto a soltarte cueste lo que cueste. Sé que seguramente las lágrimas intentarán brotar, yo las contendré y vos dándote cuenta, me abrazarás. Me mirarás con tu ternura característica y viéndome tentada trataré de pedirte que te quedes pero, recordando toda tu lucha mentiré diciendo que todo está bien. Vos lo repetirás mecánicamente y luego, en un momento de honestidad, nos besaremos -deshaciéndonos por unos minutos del guión que nos hemos dispuesto a interpretar- siendo enteramente nosotros en cada promesa, en cada suspiro, en cada respiración… Y únicamente así me propondré recordarte –y tú a mí- hasta que mi enloquecido corazón pierda su orgullo y renuncie a sus obligaciones para, de una vez por todas, ir por vos…
TE AMO (y perdoname que lo diga recién ahora). Tuya a pesar de todo… Yo.
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