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Escribo estas letras con desidia, mientras una mariposa posiblemente bata sus alas en medio de ninguna parte, y a mí ni siquiera me importe. Quizás, en este momento, tú mente recuerde parte de lo que algún día fui; quizá mientras lloras; o tal vez mientras rías. Tal vez recuerdes que ya no existe ese nuestro que tantas veces pronunciamos y que termino siendo solamente un tuyo, o un mío. Nunca leerás esta carta, pues antes de ser terminada acabará en el cajón del olvido, arrugada y descolorida, para siempre; donde descansan otras más. Mientras el sol brilla en la calle calentando el mundo; yo, en el abrigo del frío de la soledad sigo escribiendo; con desidia. Escribiendo estas letras con la ayuda de una copa de olvido con sabor a vino y que me recuerda al sabor de tus besos; dulces y etílicos. Mañana, cuando el gallo me cante que es hora de despertar y con la ayuda del dios Baco, pasare unas horas sin acordarme de ti, ni de tu nombre, ni de tu sonrisa que ahora recordar me hace daño. Y seguiré sin recordarte hasta que alguien que no me recuerde a ti me haga recordarte, y me lance en brazos de alguna mujer que me preste su cuerpo a cambio de unas cuantas monedas, y busque en el fondo de su mirada vacía la sombra de tu alma. El reloj sigue su curso como de desojar una margarita se tratase; hora te quiero, hora no. Mi mundo giraba alrededor del satélite de tu amor y como una nova que implosiona dentro de mi alma desgarrando todos mis deseos de seguir siguiendo. Todo acabo; el amor dio paso al odio, y de ahí, nuevamente al amor. Ya no sé si te amo, te odio, solo sé que sufro, y el sufrimiento se vuelve desesperanza, y la desesperanza odio, y odio desesperarme y me desespera odiarte tanto como te amo. Mientras aquella mariposa bata sus alas en medio de ninguna parte y a mí no me importe, seguiré escribiendo, con desidia, letras que a causa de las lágrimas de mis ojos se convertirán en frías sombras de lo que un día intento ser una carta de amor.
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