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Hace dos años comencé a trabajar en la oficina. Dos años no son nada. Para la segunda semana me sentía seguro de mis movimientos y los resultados. Aunque mi parte favorita era escucharla. Contando alguna anécdota del fin de semana o sobre esos pequeños desquicios de la vida diaria. Hace un año comentó una película que había visto. Un año no es nada. Recuerdo cuánto le había gustado. Era una historia peculiar, luego me enteré. El guión era un trabajo intermitente que duró nueve años. El hombre que lo escribió decidió presentarlo y la historia fue dirigida por él, en la pantalla grande: El mundo de los sueños, y un hombre capaz de encontrarse a sí mismo dentro. Una historia de nueve años en una oración. Nueve años dentro de un sueño. Nueve años de edad que entre nosotros existen. Nueve años no son nada. Es dentro de ese sueño en el que suelo sumergir. El sueño de una semana de nueve días en la que estoy vivo sólo cinco. Cinco días, con cinco oportunidades para animar la sonrisa con la calidez de su mirada cruzando con la mía, e intercambiar un buenos días. Luego, dos amaneceres de catorce horas y dos lunas de diez horas de vigilia, esperando el comienzo de una nueva semana. Sé que sabrás apreciar el furor de mis emociones por la cautelosa reserva en mi exterior. Esta carta no será la excepción. A usted debo largas horas de estudio, logros académicos más allá de mis más locas expectativas. Le debo el apaciguamiento con el cual recibo directivas aquí, en estas oficinas, sin importar cuan rigurosas o desagradables. Le debo los mil quinientos metros de piscina que ejercito cada semana. Le estoy agradecido por la inspiración que emana, interminable, de sus rubios rizos. Por cada bucle que, con su presencia ondulada y resplandeciente, me llama a ser un mejor hombre. Para que mis manos puedan por fin tocarla. Y que en ese primer recorrido de mis yemas por su dulce piel usted no piense en los tres mil trecientos cincuenta y dos días que entre su nacimiento y mi aparición en el mundo se suceden. Sino que me vea, desnudo para siempre ante usted, con los ojos de un amante. Erguido por la fascinación de su presencia. Platón escribió que la única que ve el final de la guerra es la muerte. Por ello quiero ver el principio de la vida, unido a usted, a través del amor. Quiero volver a odiar el frío. Como lo solía hacer. Antes de que usted recostara su esbelta cabellera en mi hombro en aquella fiesta de invierno. Volver a odiarlo, pero no puedo. Por que su nariz tocó con su punta congelada mi cálido cuello, mientras usted suspiraba descansando sobre mí. Cómo su rostro se enlazó a mi cuerpo y descansó acoplando sus facciones a mí. Creando ese punto final donde el mar encontró el océano. Y las aguas calidas comenzaron a calmar, bajo el signo de la inmensidad. Hoy despierto triste. Porque nunca podré imitar con la almohada la perfección de nuestros cuerpos unidos. Porque este es el último intento de recuperarle a mi cuello su rostro amado. Mañana parto. Hacia las montañas. Con la posibilidad al hombro de que usted nunca acompañe mi sueño ni despierte en mis amaneceres. Quiero que me acompañe. Que busque en la alberca pequeños peces que hagan cosquillas a nuestros pies mientras nos bañamos desnudos a la caída del sol. En el dorso de este sobre están las direcciones para llegar a la cabaña. Y en sus manos, la vida de este pequeño insensato que decidió intentar. Porque voy a sumergirme en la caja de Schrodinger y esperar a que su blanca mano desate el cerrojo con un suave movimiento. O veré el ocaso con lágrimas en los ojos esperando que el sol se lleve mi vida tras el horizonte, para que regrese a usted, como siempre he hecho, firme pero sigiloso. Porque en ese silencio, quizás pueda entrever el mundo por una rendija en la tapa de la caja. Y así saber que existe algo más, entre la vida y la muerte, donde usted permanece resplandeciente, lejana e impenetrable.
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