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Ojalá nuestros pasos se hubiesen mantenido firmes y nunca la fuerza del amor se hubiese desvanecido, abriendo rendijas por donde se colaran pasiones ajenas, ilusiones efímeras con sabor a pecado y traición. Ojalá los sueños primarios se hubiesen quedado intactos, vírgenes como eran, tan ingenuos como para no ver lo turbio del desaguadero al que un día decidimos lanzarnos para salvar nuestras vidas y salvar lo único verdadero, el amor. Ojalá nunca hubieses tenido que desbordar tus sentimientos, tus parvedades sobre un buzón ajeno, vacío, inútil y falso. Ojalá nunca más te atrevas a querer así a otra, a sufrir por esas ganas de entregarte a quien no te quiso, a quien no te mereció. Ojalá nunca más pretendas robar una mirada que no sea la mía, y que jamás un beso inmoral, falso y perverso haga arder tu carne, esa misma que se inmolaba conmigo alentada por el amor verdadero. Ojalá nunca hubieses tenido la osadía de manchar tu honor, de transpirar tus agitados deseos en una cama cualquiera, presa de cualquier cuerpo ajeno que dejara en ti ese amargo sabor de haber sido sólo eso, lujuria e instinto. Ojalá nunca hubiese tenido que enfrentar el coraje y la tristeza de saberte adherido a otra piel; hechizado por gemidos ociosos que una vez comparaste con cantos del paraíso, con puntos suspensivos. Ojalá nunca hubieses tenido que rogar una pizca de amor a otra, teniendo a tu lado a la mujer que más te ha amado. Así no tendrías que pedir perdón a Dios y a la vida. Así no tendrías que arrepentirte de nada Ojalá nunca hubiese tenido la necesidad de escribir estas tristes líneas para expresar la vorágine que encierra mis sentimientos. Ojalá no me supiera tan culpable para no pensar en lo mucho que te amo, en lo invencible que es este sentimiento que ni siquiera estos petardos mortales han podido desahogar el más lógico desenlace. Ojalá la palabra “tuyo” en tus despedidas no hubiese cambiado de dueño. Ojalá nunca hubiese existido en mi vida este Ojalá...
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