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| Carta nº 425 https://rosasyversos.es/viewtopic.php?f=31&t=4806 |
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| Autor: | Concurso [ 30 Ene 2012, 22:32 ] |
| Asunto: | Carta nº 425 |
Querida Teresa, Después de veinte años, por fin hace unos días he dado con tu paradero, Teresa, y cansado de lamentar y preguntarme por qué el destino nos separó de una manera tan cruel, no reparo en escribirte esta carta cargada de nostalgia, amor y esperanza. Nunca he dejado de pensar en aquella muchachita rubia que me hablaba de una historia de amor entre dos jóvenes campesinos de familias enfrentadas que, como muestra de juramento de eterna fidelidad, plantaron una cepa de vino. Y así como su amor aumentaba, iba creciendo la cepa y cuando dio fruto era éste tan dorado y sabroso como ningún otro conocido. Y nos mirábamos a los ojos y sabíamos que de alguna manera, tú y yo éramos esos jóvenes, y plantamos nuestra cepa. De haber sabido antes dónde te encontraba, me hubiese creído un dios que como lluvia de oro te alcanza a través del ventanuco de tu cuarto, y te hubiese dejado correr libre como una bella ternera blanca sabiendo que en cualquier momento rescataría tu alma y te podría poseer. Tu eres para mi, Metis y Hera, Io y Danae, todas las esposas y amantes de Zeus en una sola mujer. Sin embargo, yo soy humano, Teresa, cuando desapareciste y nadie quiso decirme nada de ti, excepto que te habías ido porque quisiste, no puede evitar desear que te sangraran los ojos, que el pelo se te volviese paja seca, que sapos y culebras saltasen de tu boca, que el fuego quemase tus entrañas que con tu corazón hiciesen pócimas las meigas. No soy un dios, soy humano y tan sólo me quedó la desesperación de la incertidumbre y la desilusión en el intento de olvidar. Tan pronto soñaba que era Teucro y tu mi nereida, navegando juntos, hasta crear otra Pontevedra o que era la mano de San Adrian remando para que no ahogaras con una tormenta en el mar, como te pensaba en un claro del bosque en noche de luna llena, removiendo en el caldero sapos, alas de mochuelo, ojos de lagarto, huesos de murciélago, tuétano de los muertos. Sin embargo, más veces fuiste noble doncella y yo vasallo enamorado que te libera del moro salvaje y cruel que te tiene secuestrada en una cueva o el que da muerte con un simple puñal, al jabalí que te quiere atacar. También fuiste sirena y yo príncipe seducido por tu encanto que te besa para que seas persona y reina. Después, yo soy humano Teresa, te llegue a odiar tanto que te imaginaba rociada de los ungüentos de Satán, grasa, sangre, corazones de niños no bautizados, víboras venenosas, rabos de lagartijas, arañas, huesos molidos de un ahorcado, belladona, beleño y cicuta, volando al aquelarre. ¡Ay Teresa! Que pronto volvías a ser la Princesa de quien se enamora el mismísimo demonio y yo el pobre campesino que por tu amor engaña a Belcebú. Dicen Teresa que los gallegos somos los más infieles de la península, sin embargo, Teresa, yo siempre he tenido para ti mi corazón y mis sueños. Por eso, no pude dejar de recriminarte qué no fueras la princesa encantada que renunció a su reino para ser la esposa del pescador que la libra del maleficio. En aquellos atroces momentos, entrabas en mi mente como meiga Marimanta robando niños y haciéndolos desaparecer. Y otra vez en la calma, te pensaba con tanto amor como el que tenía Isabel de Castro a su esposo Pardo de Cela, que tras viajar a Castilla para que su prima Isabel le concediera un indulto real a su esposo, portadora del mismo, fue retenida en el puente del “Pasatempo” mientras en la plaza del pueblo rodaba la cabeza de su Mariscal. Y así nos ha ido pasando el tiempo a los dos, Teresa. Tu prisionera en una celda y yo prisionero de tu corazón. Hace unos días, como mi casa está a la entrada del pueblo, sabes que para en ella mucha gente, una mocita rubia llamó a mi puerta. Al ver su rostro, no pude evitar llamarla Teresa. Ella me ha sonreído y me ha pedido ayuda. Ha llegado caminando muchos kilómetros tras escapar de la casa en que la pusieron a servir al salir del orfanato. Una Hermana antes de morir, le dijo que sus padres eran de este pueblo, su madre, se llamaba Teresa, y era monja de clausura. “¿La conoce usted?”, me preguntó. “Si yo fuera Rey de Portugal, como en la historia, a Teresa y a mí, una vida desalmada nos ha sido dado llevar, si hoy estuviera muerta, yo la haría reinar después de morir”. Respondí. Hoy he paseado con la mocita y he vuelto a regar nuestra cepa, Teresa, sus frutos se secaron o pudrieron, ácidos y agriados, durante todos estos años. Espero que aquellos dos jóvenes que la plantaron, puedan recordar juntos el día en que removieron la tierra para que echara raíz, mientras saborean sus dulces y doradas uvas. Escribe tan sólo un “si quiero” y correré en tu busca. Siempre tuyo, Manuel. |
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