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Carta nº 434
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Autor:  Concurso [ 30 Ene 2012, 22:38 ]
Asunto:  Carta nº 434

No soy siquiera capaz de colocar un encabezado a esta carta. No se como dirigirme a ti, ni tampoco porque empleo este medio, ni si tiene sentido hacerlo, y todavía menos el colocar estas líneas en un sobre anónimo prendido del limpiaparabrisas de tu coche.
Lo único de lo que tengo absoluta certeza es que me enamoré de ti, hace ya más de diez años, el mismo día en el cual te vi, allá en el despacho del director comercial, apoyada como una efigie clásica de proporciones canónicas, en una de aquella anacrónicas y desvencijadas mesas.
Te parecerá absurdo, demasiado propio de mí, el que se me ocurra confesar mi amor, precisamente el día en el que dejo la empresa. No he tenido valor para hacerlo, quizás tampoco voluntad, siempre he tenido miedo, y no sé como hoy lo he superado, seguramente por tener la absoluta certeza de evitar, tanto tu sorpresa, como el rechazo esperado a esta confesión, aullido desesperado de un corazón, que en la vergüenza del anonimato te ha adorado, oculto y condenado a ser eternamente sufriente.
Verte casi todos los días ha sido dulce calvario que en la nada se ha materializado, sin encontrar redención siquiera en compartir un sentimiento aunque no sea correspondido.
Oir tu voz, la preciosa cadencia de esa cálida pronunciación, que acaricia y masajea, con virtuosismo melódico, hasta cuando la conversación decae en la simpleza de la profesionalidad cotidiana.
Percibir tus pasos, sentir sobre el techo de mi oficina el taconeo vitalmente rítmico impulsado por la mecánica perfección de esas caderas, por las que de insomnio letalmente lujurioso he penado.
Atrapar, sin ser visto, camuflado en la máscara de la indiferencia artificiosa, la esencia de la belleza, el perfume vaporoso emanado del movimiento, que en tu cuerpo no es más que perfección aromática.
Dejar caer la mirada, amorosa y dulcemente contemplativa, sobre tu silueta empeñada en las tareas más cotidianas, pero engrandeciéndolas hacia la estratosfera de la divinidad.
Guardar y tesurizar cada uno de los roces, aunque fuesen prácticamente imperceptibles e indistinguibles de los cientos que cada día el contacto humano propicia, con la probabilidad aletoria del seguro olvido en la inintencionalidad.
Apoderarme, como un ladrón, o como una criatura carroñera del cariño del amor inconfesable, de cualquier objeto banal por ti tocado, incluso comulgando sacrílegamente de ti, en aquel trozo de pan que dejaste en la única y casi silente comida que compartimos, en la soledad profesional, durante tantos años de incomunicación afectiva.
Esta ha sido mi vida durante tanto tiempo, movida en la quietud de amarte sin compartir ni el deseo, y menos el sentimiento. Combustible extraído con dolor del pozo más recóndito de mi automutilado corazón, para mover, con la violencia de la explosión incontrolable, las bielas insensibles del motor de un amor anómalo, estéril, silente y dramáticamente castrado.
Sufrimiento en la delicia de amarte para mí mismo, egoísmo inexplicable, pues ni siquiera te he compartido contigo misma.
Jamás sabré si tu también has llegado a experimentar una leve, siquiera pasajera tentación de quererme un poco, aunque fuese como amigo tocado por la gracia divina de la predilección. No importa, nunca importó, si no me importó siquiera decirte que te amaba, de frente, mirando al fondo de tus ojos, para luego sumergirme en la fosa de la felicidad de tu alma.
Ya no tiene sentido siquiera la posibilidad de que me quieras, pues yo no he sabido ofrecerte el primer y básico mandamiento del amor: ofrecerte mi vida para tu dispusieses libremente de ella, al capricho y al anhelo del timón vital de tu corazón.
Hoy me siento triste, por fin he sido capaz de confesarme, apuntalado en la cobardía del papel y soportado por la felonía de la huída, y por eso mismo he cegado, para siempre, la vía de ser feliz, y quizás también tu derecho a serlo conmigo.
Lástima que no haya tenido siquiera el valor de firmar esta carta, aunque tu bien sabes quien soy, el cobarde que te ama, y te amará, hasta la eternidad.
Bendito sea el día en que te conocí, y maldita sea el pusilánime pavor que me encadenó a amarte en la soledad anónima.
Dicen que pocos mujeres son tan bellas como tú, quizás en el extremo de esa belleza divina esté y origen de mi cobardía terrorífica malsana.
Perdóname, ten piedad, y si me quieres, olvídate de mí, que yo en el sin vivir de la huída estoy intentando hacerlo.
Te amo.

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