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CARTA A TODAS LA MUJERES QUE HE AMADO Voy a cumplir 63 años y debo confesar que sin ustedes mi vida no tendría sentido. Todas ustedes, de alguna manera, son putas, en el buen sentido de la palabra, unas más que otras. Pero todas putas, finalmente. Miremos mi historia afectiva con ustedes a lo largo de estos años: Miriam, mi primer amor, léase mi primer sufrimiento y mi primer orgasmo, me dejó por un drogadicto, un día antes de jurarme fidelidad eterna. Casi muero de tristeza. Huí de mí, del mundo, de todo. Luego vino el olvido, aparente, porque el primer orgasmo nunca se olvida. Un día llegó a mi vida Patricia, la venezolana pianista, quien también me amó para dejarme por un poeta loco, sin decirme nunca adiós, aunque sus blancos senos se llevaron el recuerdo de mis labios sedientos. Y llegaste tú, pero perdona, mi memoria te olvida, te deja para el final, por obvias razones. Luego vino Patricia, la pelirroja erótica quien trajo a mi vida momentos muy felices, pero sólo momentos que se esfumaron con el paso del tiempo, aunque nunca supe por qué me dejó. Un día conocí a Ana María, la alemana del coro de la universidad, a quien recuerdo porque en la intimidad me decía que mi pene era muy espiritual. Pero también una mañana partió con un músico, dejándome de recuerdo la melancolía, ese sentimiento que los psiquiatras llaman depresión. Tengo ganas de hablar de ti, pero dame unos minutos, te confieso que debo desahogarme, déjame liberar las anclas psicológicas que carcomen mi yo. Un día cualquiera aparece Claudia, la morena de ojos verdes que decía que me amaba mientras compartía el lecho con mi mejor amigo, hasta que huyó con él más allá del mar. Vino otra vez el olvido, lento, cruel, doloroso, hasta que conocí a Leo, mi última pasión loca, mi aventura del medio día de mi vida, mi cómplice perversa, mi maestra de sexo, por quién llegué a derramar lágrimas de sangre cuando supe de su romance con un marino español de visita en la ciudad, con quien después también levó anclas. Puta era también, pero la amé y me amó. Pero todo cambió cuando me enamoré de ti, la mujer que me acompaña siempre, en los días amargos y en los felices días, tú la mujer que con frecuencia engaño, tú la mujer a quien amo y que a veces olvido, a pesar de que eres la ternura hecha pan, aguja, hilo y silencioso llanto. Tú, mi mujer, mi compañera, mi amiga de veras: hoy quiero confesarte que sin ti, nada de lo humano, nada de lo divino, puede tener sentido. Hace 35 años eres mi esposa y a pesar de mi pasado oscuro y de mi infidelidad constante, aún estamos juntos, nuestros hijos crecieron y nuestros nietos nos ven envejecer tomados de la mano en las tardes de inverno. Hoy quiero decirte que sin ti no podría vivir porque en verdad, te quiero, porque nunca has sido, eres ni serás puta como aquellas que marcaron para siempre mi atormentada y loca vida.
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