
Nuestros valles ya no existen

Subiendo por la colina diviso el valle difunto no veo arboles frutales, ni la espiga del arroz las casas abandonadas del campesino amoroso ya no hay agua en los arroyos el tiempo no es generoso. La sequia fue ganando y aquella tierra de encantos hoy parece un camposanto pero solo con arbustos. La flor de la madrugada esa que alegraba el alma enfermo y no dijo nada muriendo como una santa Senti dolor y hasta frio y de mis ojos brotaron dos lagrimones dorados al contemplar el vacio. Y en un ademan sombrio toque mi pecho convulso Deje escapar un gemido, luego grite en desespero por el amor a mis valles que ya desaparecieron.
 Autora Adelaida Garcia G. Cruz Aidaluz

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