|
Querida Lucia,
Huyes de mí y te escudas tras murallas, temerosa. Así quise empezar esta carta, apelando al lenguaje poético de los hidalgos… Pero no, no es momento de esconderme tras palabras complicadas y frases rebuscadas, mis sentimientos claman por una respuesta. Me es difícil aceptar que todo fue mentira y que, de nuevo me enamoré solo. ¡Yo sentí reciprocidad…! En ese transitar de los días, de nuestras conversaciones y todo lo dicho por mí, fuiste paulatinamente abriendo las puertas. A sabiendas que el futuro se presentaba hostil y lleno de complicaciones, conscientes de las muchas cosas por superar, me diste esperanzas. Y yo, ávido de señales – que confieso no saber interpretar — me lancé sobre ellas y llené mi cabeza de hermosas fantasías. Te imaginé a mi lado, cálida y amorosa; bajo aquel árbol que desconoces y cuya mágica leyenda te cautivó. ¡Oh Cotoperí!
Llegar a El Palmar es quedarse Debajo del Cotoperí pasó Que tronco e’ broma se echó Sin querer enamorarse
No te arrepientas de haber confesado aquel sentimiento efímero que — ¿Murió? — cuando debía florecer. No te arrepientas de haber sentido.
¡No soy el príncipe de un cuento ni un héroe de caballería! Soy un caminante de senderos accidentados y veredas bifurcadas. Un chico, sólo eso.
¿Sí no crees en él como puedes temerle al amor? “¡Tengo miedo — dijiste — que sean tus ojos los que hagan que en mi se despierte el amor! Seria cruel y triste imaginar que solo serán pocos los instantes en los cuales encontraré mi reflejo en ellos” ¿Habrán que han ganado los prejuicios? Hoy escribo con melancolía y tristeza, con amarga sonrisa en mis labios y consciente de mi dura realidad.
¡Vaya, no puedo escribir sin caer en el mágico vicio del lenguaje! No me culpes, resultó inevitable para mí, como inevitable fue amarte y quererte.
Sufro, sufrir no es malo cuando se ama; lloro, porque sólo así haré justicia a tu pérdida. Nunca me amarás y eso me perturba… No puedo reprocharte nada. Lo sé, es hora de hablar con claridad. Debe ser tu voz, calma y apacible, la que culmine el trabajo, quien deje caer la guillotina del rechazo sobre el noble cuello del amor.
Indeleble será tu recuerdo y perpetuo mi dolor.
Remus
|