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 Asunto: Carta nº 44
NotaPublicado: 13 Dic 2011, 20:29 

Registrado: 04 Nov 2011, 21:27
Mensajes: 7
AMOR DE PECADO

Lo sabe desde ayer, y, seguramente, mis palabras se le habrán quedado grabadas y martillado la cabeza durante toda la noche. Me siento responsable del desvelo que habrá padecido y me culpo sabiendo quién es usted. Lo que me está ocurriendo me pesa como si me hubiesen colocado una bola de mercurio dentro del cerebro. Pero claro, después de darle vueltas y más vueltas, consideré que debía confesárselo, porque ¿quién mejor que usted para comprenderme? Además, según el Decálogo de nuestra iglesia católica, basado en el libro del Deuteronomio y de acuerdo al octavo mandamiento, no hay que decir falso testimonio ni mentir. Vaya que lo que viene a decirnos es que debemos ser sinceros. Y esto es lo que he intentado. Desde que de manera irremediable mi corazón le ama, siento mi cabeza embarullada y vacilante, y las vacilaciones me hacen dar pasos sinuosos.
Aprovecho esta carta, Padre Tomás, para decirle que no soporto los dilemas que ocasionan los amores conflictivos y menos cuando manan de un corazón sumamente enamorado. Entonces, las alternativas son odiosas, ya que, elijas el camino que elijas, siempre piensas que la elección no es la adecuada. Es tan difícil elegir entre el sí y el no, entre lo permitido y lo prohibido, entre los pros y los contras, entre el bien y el mal,… porque ¿qué es el bien y qué es el mal? ¡Terribles dicotomías en lo tocante a los amores complicados! No puedo con ellas, me desestabilizan y mi interior hace crac, se desploma y queda asolado como tras un tsunami. Espero que ahora, al saber el estado agitado y de incertidumbre en el que me encuentro, comprenda mejor mi confesión. No soy una feligresa dieciocho añera pues, ya he pasado la barrera de los cuarenta y buena prueba de ello son las patas de gallo y arrugas que van poblando mi cara. Ya no soy una chavalilla caprichosa que se enamora a lo loco, que hoy le gusta éste, mañana aquél y pasado mañana un tercero y, a su vez, los dos anteriores. Lógicamente el paso de los años nos madura, de la misma forma que muchos días de soles sazonan los frutos. Pero aun así, me siento atrapada en el ámbar de lo prohibido como una mosca que apoya sus patas y no puede levantar el vuelo; y yo soy esa mosca incapaz de alejarme de usted, pues, mi corazón me tiene atrapada con la resina con la que cola el amor.
Al comienzo de la confesión todo iba bien. Usted asumió el papel de confesor a las mil maravillas: ¨Padre, peco contra el noveno Mandamiento de la Ley de Dios, contra el que dice no codiciarás a la mujer de tu prójimo. Claro está que yo no deseo a mujer alguna, sino a un hombre cuyo corazón no está unido al de una mujer. Vaya que… No sé si me entiende Padre… Además cuando veo a este hombre se me abre el alma, y mi corazón empieza a latir y lanza el amor y a su vez el desconsuelo dentro de mis venas. Con este hombre tengo pensamientos impuros, que no serían impuros en condiciones normales, pues imagino que hasta hacemos el amor y es que… y es que, mire Padre, al quererlo y estar enamorada de él, lo deseo irremediablemente. Y la verdad es que no encuentro la manera de borrar de mi mente esa tendencia pecaminosa pues… Ante mi confesión plagada de contradicciones, puntos suspensivos y tras un silencio denso que podría haberse cortado con cuchillos, usted me dijo: ´Siga, siga, porque la verdad es que no puedo comprender cómo es pecado amar a un hombre que no está unido a una mujer¨. ¿O acaso es que está unido a otro hombre? No, no –le contesté– ni a un hombre ni a una mujer, el hombre al que amo está unido a Dios. Allí fue cuando se dio por aludido y cuando comenzó a trasmitirme su inquietud. Sus palabras se tornaron vacilantes y temblorosas, su respiración se entrecortó, y sus ojos vistos a través de las celosías del confesionario me parecieron cómo si estuviese escuchando la historia más espeluznante, eran dos puntos aterrados en su cara desencajada que cada vez iba alejándola más de las cuadriculas del confesionario, como si yo fuese una apestada endiablada y ya no quisiera oír ni una palabra más de mi boca.
Ahora comprenderá por qué esta feligresa atrapada en lo prohibido se presta voluntaria para tantos y tantos asuntos de la parroquia. Siempre he sido colaboradora de la iglesia (esto fue una enseñanza de mi madre) pero, ahora, el ofrecimiento es exagerado. Si hay que colocar flores para algún bautizo o boda, allí estoy yo, la primera. Para limpiar la iglesia no hay pereza que pueda conmigo. Para catequista, recoger ropa y enviarla a los pobres y para cualquier actividad social me ofrezco voluntaria aunque el resto del día vaya con el agua al cuello. También acudo con frecuencia a misa y a muchos rosarios. Y créame que la verdad es que aunque soy creyente no soy ninguna mea pilas (perdón por la expresión, Padre Tomás), con sólo pensar que puedo encontrarlo me siento gratificada. Me basta verle atravesar las naves o revolotear por los confesonarios o por las capillas. Nada más advertir su presencia mi corazón se anima, se agita y revive. Siento que en mi pensamiento bailan mariposas, pero cuando me paro a pensar que usted es sacerdote, por mi cabeza comienzan a rodar cadenas herrumbrosas. ¿Y cómo salir de ésta, Padre Tomás? ¡Ay mi Dios! ¿Cómo sacar la flecha que me lanzó Cupido el día que usted se quedó mirándome fijamente a los ojos cuando en la clase de catequesis explicaba justamente ese noveno mandamiento? Aquel día, usted comprendió que una chavalilla de siete años me estaba poniendo en serios apuros al preguntarme: “¿Qué significa codiciar a la mujer de tu prójimo, señorita Elena?” Cuando le expliqué que codiciar es desear, la niña volvió a la carga: “¿Y por qué no se dice también codiciar al hombre de tu prójimo? ¡Qué raro! ¿Es que las mujeres no pueden desear a los hombres?” Me quedé sin respuesta, y entonces fue cuando usted intuyó mi agobio y mirándome fijamente a los ojos me echó una mano, e ipso facto e incomprensiblemente esa mirada marcó mi corazón.
¿Y qué puedo hacer? ¿Dígame? Si desear al hombre o a la mujer de tu prójimo es pecado, ¿qué no va a ser codiciar a un hombre de Dios? Esto tiene mucho peso, ni siquiera está escrito en ninguno de los cinco libros del Pentateuco ni en el Nuevo Testamento. Debe ser algo impensable. Para nada le estoy pidiendo que usted sea “El pájaro espino”, que divida su corazón entre el amor a Dios y el amor a lo terrenal, pero considero que no tengo por qué esconder mis sentimientos desde el momento que yo no he puesto mi voluntad para que estén alojados en mi corazón.
Esta carta voy a dejarla dentro del Libro de los Evangelios, como marca páginas de la lectura que toca mañana. Lo que quiero pedirle es que comprenda a mi corazón, a mis sentimientos, y que me aplique, con la penitencia que pueda corresponderme, el perdón que no pudo darme si es que a este amor lo considera pecado.

ARIADNA


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