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El Hilo de Abraham
Te debo mi primer colibrí, aunque sea una burda imitación del tuyo; mi primer poema en inglés aunque sea rudimentario; mi primer mini cuento.
Te debo haberme hecho sentir insólita, exclusiva. Te debo horas de angustia, insomnio, ansiedad, espera, rabia, voracidad. Te debo el placer único, imborrable de esa noche de ser yo, sin darme cuenta, ni vergüenza; que me dejaras descubrir y seguir el Hilo de Abraham por algunas grietas del abismo en que muchas veces me despeño, y dejarme adivinar las tuyas, regodeándome en sus pliegues más oscuros.
Te debo que me dejaste sentir y ofrecer sin pensar; y aceptaste hambriento. Te debo que mis demonios hayan sido pasto de los tuyos. Te debo esos instantes de reducirte a suspiros que guardaré hasta siempre. Te debo ese fin de semana de haberte soñado, de haberte odiado, desnudado, deseado, destrozado; te debo haberte besado, golpeado, mordido, fragmentado y de toda esa locura y desenfreno en sordina, te debo, haber vuelto a toda la cordura de la que soy capaz.
Ahora, cuando probablemente solo yo estoy despierta; tus palabras siguen espantando los miedos que nublan mis ojos en su huida. Escucho las súplicas en tus ansias de alma enferma y me extingo en tu voz.
Se desvanece tu silueta entre la bruma de recuerdos intocables. Quiero tender mi mano pero ya no estás a salvo. Te pierdes sepultado en la gula de ti que te devora.
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