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Espíritus Nuevamente, la figura sombría se detiene frente a la casa deshabitada. Golpeando fuertemente exclama: “¡Te amo Lucía! Déjame entrar” El viento arranca el olor de los jazmines enredados sobre la tapia. Adentro, ella trata de abrir, sin resultado. “¡Juan!” llama. Él no entiende por qué no es admitido. Su mente confusa le muestra retazos de una batalla en algún lugar lejano… explosiones, gritos. En las sombras, el viejo sacerdote del pueblo llora entendiendo; conoce las voces, cómo no, si los bautizó y confirmó; también los hubiera casado, pero Juan nunca regresó. “Ustedes murieron hace tiempo,” se atreve a decir con inmensa piedad, “tú, Juan, en la guerra y tú, Lucía, de pura pena, pero su amor eterno los une, ¡descansen en paz!” Silencio. Lentamente, de la puerta cerrada brota una forma etérea; el amado extiende los brazos, ambos se funden en uno y flotan hacia una luz radiante. Enma
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