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 Asunto: Carta nº 210
NotaPublicado: 23 Ene 2012, 22:33 

Registrado: 04 Nov 2011, 21:27
Mensajes: 7
Cuando falleció mi abuela María, me tocó a mí, su nieta favorita, la tarea de disponer de sus pertenecías. En su dormitorio, junto a la ventana, había un pequeño escritorio frente al cual se sentaba ella todas las tardes, después que muriera mi abuelo. Allí escribía o leía, pero muchas veces la vi mirando a través del cristal con una mirada lejana. Yo solía imaginar que estaría pensando en el abuelo, ahora ya no estoy tan segura. Entre sus papeles encontré un sobre amarillento que llamó mi atención porque contenía unos pétalos secos entre dos hojas de papel y un recorte de periódico; en la primera hoja, vi una letra masculina; en la segunda, reconocí la caligrafía elegante de mi abuela ¿Eran cartas de amor entre mis abuelos? Al leer la firma me di cuenta que no era del abuelo. No pude evitar leerlas.
“Mi María,
Te escribo en ésta mañana de lluvia, tan fría que ni siquiera los pájaros han salido a volar. Hoy he vuelto a leer tu carta donde me dices que siempre no, que tal vez en otra vida. Tengo el corazón lleno de congoja; anoche lloré por ti, por mí, por nosotros, por la dicha negada; lloré con una rabia y tristeza infinitas, por todo lo que pudo ser, por mi torpeza y necedad de entonces, por tantas cosas, pero principalmente por no poder llevarte a casa conmigo. Quiero decirte que todavía tenemos un poco de ésta vida, aunque sea un pedacito, pero la de ahora. Me duelen profundamente tus palabras, mas no me siento desalentado, pues yo sé que mientras haya vida, hay esperanza, más aún ahora que los dos somos libres. Con esta carta te llegará una dalia, tu favorita, con sus pétalos de un color tan intenso, como es mi amor por ti; ponla junto a tus labios que en ella te he dejado el beso más tierno. Estoy en la selva, pero regresaré antes de tu cumpleaños.
Te envió mi corazón
Tu Alberto”

“Querido Alberto,
Hace una semana recibí tu segunda carta, la tengo acá pegadita a mi pecho; la primera la rompí y me arrepiento; también lamento haberte contestado que no quería volver a verte, que quizá lo nuestro podrá ser en otra vida. Cerrando los ojos me pregunto, cómo todos estos años los he podido vivir sin ti. La vida me muestra la cicatriz donde estuviera la herida. Te quise con la esperanza de la golondrina que se pierde en el horizonte, pero siempre vuelve. Con el ímpetu y pureza de un niño, con mis manos abiertas y mis heridas hondas. Humildemente te amé.
Después de perderte recorrí todos los caminos del mundo; anduve en círculos sin saberlo, siempre volviendo al principio. Te fuiste a donde ni mis pensamientos pudieron llegar. Mi vida se quedó partida. Sentí como si mi fuerza no pudiera sostener mis huesos o estuviera hecha de partes dispersas.
Tú y yo al separarnos, hicimos de nuestras vidas lo que pudimos. Yo construí mis refugios con la laboriosidad de la hormiga y hasta con la testarudez del pájaro carpintero. Tu tal vez hiciste lo mismo, labrando sueños y sembrando un futuro, trabajando incansable hora tras hora.
Lo que no pudimos es ser como los lobos, no permanecimos unidos con el mismo hambre, cazando bajo la luna; juntos los dos, oponiéndonos al olvido. Tal vez, en el duro afán de vivir mirabas atrás de cuando en cuando. Quizá una tarde especialmente sombría, tú también como yo, lloraste nuestros sueños quebrados.
La vida me ha bendecido mucho, casi sin merecerlo. Me ha dado un jardín con margaritas y claveles; sin embargo, sin proponérmelo, encontrándome en la hora de más angustia, en el momento más solo, cuántas veces he detenido mi andar para apretar entre mis dedos torvos tu recuerdo hecho de lava.
Hoy, al final de la vida nuestros caminos se han vuelto a cruzar. Tú me hablas de la esperanza de que antes del final de nuestras horas, tú y yo pudiéramos hacer algo, juntando nuestros retazos y los sueños que nos quedan. Me dices, que todo es posible si se ama. Ya no sé que responderte… me tienes turbada hasta el alma. El miedo es grande, pero el anhelo lo es más. Amor mío al separarme de ti no supe que estaría esperándote toda la vida. Me inclino, tierna y desolada ante los designios de la vida. Me he dado cuenta que siempre tuve dos existencias, una con la que vivía y otra con la que te esperaba. Todavía te amo… todavía te espero Alberto.
Mi amor amado, tus palabras han llegado a donde tú has querido, a mi corazón. El amor sólo es uno y el mío es tuyo… nos esperaremos entonces, bajo el albor de las estrellas, por siempre y después, más todavía.
Tu María”
Cuando terminé de leer, tomé en mis manos el recorte de periódico cuyo título decía: “Ingeniero Alberto Ibáñez muere al caer avioneta en el río Amazonas” Entonces comprendí porque la carta de mi abuela no había sido enviada.


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