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Berenice: Esto no es una carta de amor, Berenice, porque nunca tendré el valor de escribirte ninguna. En cambio sí tengo valor para dejarte leer este… este canto de pasión hacia la vida, Berenice, hacia lo que se escapa por cada uno de tus poros, hacia eso que alguien trató de confinar en un solo cuerpo humano. No te quiero, Berenice, y no voy a caer en el tópico de decir que te amo. Esto no es un canto, me equivocaba, esto es una misiva de desamor, porque todos los enamorados usan esa terrible palabra con ligereza y no quiero que creas que caminamos por senderos trillados, ya gargantas de tantos pies que los han recorrido. Pies, patas, tacones, mocasines, alpargatas. Todos, Berenice, todos pasan por ese sendero menos tú. No siento amor por ti, Berenice. No deseo. Me gustaría decir que te necesito pero no es cierto. Me atormentas, dulce nombre. Dulce, dulce. No eres dulce, Berenice, y eso es tan bueno como malo, porque quisiera que lo fueras para poder cometer canibalismo y que estuvieras siempre conmigo. No me reconozco ya, porque no te quiero, no te amo, no te deseo, no te necesito y sin embargo… sin embargo siento que necesito cogerte, guardarte en mi armario para verte todas las mañanas radiante, Berenice. No soportaría tu suave respiración en mi nuca, ni sentirte roncar eventualmente. Quisiera que estuvieras siempre ahí como eres en mi cabeza: perfecta. Meterte luego en mi bolsillo, salir a la calle contigo y saber que estás ahí, aunque no te saque nunca. Berenice, esto es también una carta de disculpa. Debí advertírtelo, advertirte que soy una montaña, aunque tú nunca me advirtieses de que lo que por tus venas corría era vida en estado puro. Horadaste mis paredes con tu canto inmortal. Te colaste en mis grietas, traidora, y llegaste tan hondo que sin querer encendiste mi cariño de garras afiladas y dientes agudos. Mi cariño asesino. Me hiciste temer la idea de que desaparezcas de mi vida y me hiciste amar la tuya. Porque eso sí puedo decirlo, Berenice. Puedo decir que amo tu vida, quiero tu cuerpo tenue y rudo, necesito tus rizos rubios, deseo tu cara risueña pero no hermosa (lo que más me gusta de ti es que no eres hermosa, Berenice). Lo que me es inasumible es tu vida completa, tu ente entero. Tu cuerpo y tu aura, Berenice. Por eso, cara, cuerpo, aura, rizos, por eso me has despertado. Estaba durmiendo con mi asesino y mi furia y me has despertado. Ya no sé ni quién soy, Berenice, por tu entera culpa. Dime tú quien soy o quien quieres que sea. Si soy hombre, mujer o aún no levanto dos palmos del suelo. Si soy una única persona o si acaso soy muchas. Puede que sea un pueblo entero adorando a su diosa suprema o soy el mismo Dios admirando su obra preferida. Si soy Dios y te he creado, ya puedo descansar para siempre. Adiós Nuevo, Viejo Testamento, Torá, Corán, viejos y arrugados profetas. Vuestro viejo Dios os despide porque ha logrado lo que llevaba buscan desde que el tiempo echó a andar caprichosamente. Todo, absolutamente el todo del universo creado ha sido para encontrar a Berenice y ya está. Destruid catedrales y plantad bosques, sacrificadme curas, rabinos, imanes y esforzaos en crear niñas vivas, rubias, hermosas. Sí, Berenice, mentí porque la mentira es mi vida. Eres hermosa, bella, inconmensurable. No quería decírtelo porque aprecio demasiado mi prosa como para mancharla de sentimentalismo barato. Es demasiado basto amar a alguien hermoso, Berenice, pero yo no te amo y tú no eres hermosa según lo entienden esos gasta-bolígrafos de letra incierta. No eres perfecta pero eres Berenice y con eso me basta.
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